sábado, 7 de mayo de 2022

𝗘𝗹 𝗮𝗺𝗶𝗴𝗼 𝗠𝗮𝗿𝗶𝗼, 𝘃𝗲𝗶𝗻𝘁𝗶𝗼𝗰𝗵𝗼 𝗿𝗲𝘀𝗲ñ𝗮𝘀 𝘆 (𝗰𝗮𝘀𝗶) 𝘂𝗻 𝗮𝘂𝗱𝗶𝗼𝗲𝗻𝘀𝗮𝘆𝗼

 

   








   No me gusta coleccionar sellos de correos, y además, estoy preocupado por el futuro inmediato, ése que resulta ser el presente pero con un par de minutos de ventaja. Hasta aquí esta pequeña confesión hecha para agradar a un viejo amigo por cuya amistad sería capaz de volver a leer Los perros del paraíso, aunque el asunto que impulsa este texto tiene que ver con…

La mirada quieta (de Pérez Galdós) (Alfaguara, 2022). Mario Vargas Llosa.

   Todo comienzo es una incógnita o eso creen algunos seres, incluido yo, pero ocurre que tras la lectura de unas cuantas líneas del nuevo libro, surgió en mi interior literario un estado de agitación que identifiqué rápidamente cuando recordé el vídeo con motivo de la ceremonia de apertura del curso 2020-2021 de las Reales Academias del Instituto de España. En tal solemne acto, celebrado el 7 de octubre de 2020, Vargas Llosa dio una conferencia titulada En favor de Pérez Galdós, así que puse en marcha el reproductor de vídeo y junto al flamante ejemplar recién salido de la imprenta, mis ojos se deslizaron por la blanca superficie en armoniosa cadencia envuelta por la voz del autor arequipeño. Efectivamente, una parte del texto que sirve de introducción a la novela (págs. 13-23) es prácticamente el mismo que usó en la mencionada ceremonia, mientras que el grueso de su lección inaugural –dedicada a los Episodios Nacionales (págs. 299-334) supone la última parte de las tres en las que se divide este escrito que el también autor de Conversación en La Catedral afirma que es un ensayo sobre la obra de Benito Pérez Galdós, eso sí, reconoce que le faltan los artículos de prensa que «constituyen una inmensa tarea –voy avanzando en ella, poco a poco–» (pág. 15). No obstante lo dicho, el académico apunta que hasta la llegada de aquello que los gobiernos dieron en llamar pandemia junto con los famosos e inconstitucionales estados de alarma (al menos en España) –todo eso lo afirmo yo–, él «desconocía el conjunto de su obra. Dieciocho meses después estaba terminando», tan colosal empresa. Y esto último resulta una confesión sorprendente viniendo de un literato de la talla de Vargas Llosa, aunque tal vez no tanto, y únicamente sea la constatación de que en este gremio como en los demás, hay quienes ignoran las luces cercanas y caen rendidos ante los brillos externos.

De los amigos me guarde Dios…

   Me permito la osadía de volver a recordar el título de la conferencia de octubre de 2020, En favor de Pérez Galdós, porque si hay una constante en las más de trescientas páginas del libro, que él se empeña en calificar como un ensayo, en nada se parece a una defensa hacia la obra de Don Benito, a pesar de que el premio Nobel vaya dejando constancia en varias páginas de su admiración por el escritor grancanario. 

Pero esta no es la principal queja que pudiera hacerse al trabajo, sino el hecho de esperar un texto original y hallar la transcripción, –un refrito con un ligero engorde–, de esa reflexión junto con varias reseñas que desde mi punto de vista no aportan elementos cualitativos que supongan el descubrimiento de matices en la obra galdosiana y mucho menos, si como insiste el autor, lo leído es un ensayo, no se encuentran tesis con unos razonamientos que pudieran servir como base para un debate sustancioso. Y dijo: «Tenía muchas ganas de leer a Pérez Galdós de principio a fin» (pág. 15).

Ahora me detendré en el negociado de las biografías donde el autor de La tía Julia y el escribidor señala que el trabajo de Yolanda Arencibia (que leí en su momento), Galdós, una biografía (Tusquets, 2020), es «de lejos, la mejor (y la más abultada) biografía que se conoce de él» (pág. 16).

En este asunto como en otros que nos rodean, soportamos, queremos o simplemente hacemos como si no existieran: opiniones, estados de ánimo o chascarrillos, siendo el hábitat de la famosa viña donde hay de todo: Sí, también queda espacio para las filias y las fobias.

Mas si como el caso que nos ocupa, el estudioso quería ponerse al día en torno a la vida y milagros de Pérez Galdós, provoca asombro que se le pasara por alto: Galdós. Maestro de las letras modernas (Ediciones Valnera, 2020) que firma Germán Gullón y que más que una biografía –que aquí huye del estilo empalagoso que únicamente tiene cabida en una hagiografía, decisión que se agradece sobremanera–, encontramos un trabajo que resulta, esta sí, una pieza ensayística que reconforta. Tal vez fue un olvido motivado por el sobrepeso de otros textos.

Flaubert de mis entretelas

   Y ahora, no veo mejor oportunidad que la de adentrarse en otro de los asuntos que Vargas Llosa no perdona a Galdós: la figura del narrador. ¡Dios mío!, vaya perreta que se ha pillado. «Su gran defecto como escritor fue (…) no haber entendido que el primer personaje que se inventa un novelista, lo sepa o no, es el narrador…» (pág.22) –dejo el enlace a un artículo publicado en 2021 en el que se explaya al respecto Gustave Faubert, el verdadero creador de la novela moderna-, pero como no quiero ser tachado de mala persona, aporto otra visión en torno a la figura del narrador, en este caso de Jorge Edwards La invención del narradorY tal pecado, supongo que venial, ha estado fuera de nuestras entendederas hasta tal punto que, ignorantes del tsunami, hemos disfrutado de los textos galdosianos sin reparar que esa ausencia nos hurtaba otros recovecos; que íbamos acumulando carencias que harían de nuestra existencia literaria un infierno. Tal vez esté confundido, pero he leído y disfrutado de los textos escritos por mi paisano sin caer en la melancolía preflaubertiana, consciente de quién era el narrador, fuera Tito Liviano o Gabriel Araceli y absorbiendo las diversas atmósferas creadas por uno de los mayores novelistas que ha dado la historia. Digo esto porque a través de las páginas redactadas por el amigo Mario, me fue invadiendo la impresión de que iban supurando cierto menosprecio y a veces detecté, tal vez por error y no por chovinismo, lo que asemeja el comportamiento de un perdonavidas: «Si todas las novelas tuvieran los méritos de ésta [La desheredada], Pérez Galdós hubiera sido uno de los grandes escritores del siglo XIX» (pág. 64). ¡Cáspita! Pues será que el conocimiento de su obra se ha limitado a las fronteras españolas porque la comprensión de todo lo que narró estaba únicamente alcance de los españoles y por tanto, si nos adherimos a la aseveración ‘vargallosista’, deberíamos preguntarnos cómo encajar la existencia de los Congresos internacionales de estudios galdosianos, cuya génesis se remonta a 1977 (la última edición fue en 2017) y que según dicen los organizadores: «Estas reuniones suponen, además de un encuentro entre diversos enfoques de la investigación galdosiana, una apertura de vías de trabajo y un estímulo para la renovación generacional del hispanismo en torno a uno de los escritores españoles más estudiados y conocidos internacionalmente» y doy fe que hay galdosianos a lo largo y ancho de este mundo cruel. Hay más. En su lista de cosas que Don Benito pasó por alto, el novelista de Pantaleón y las visitadoras detecta «Uno de los defectos más evidentes de Pérez Galdós, que aparece tanto en los Episodios Nacionales como en sus novelas: sucumbir a las grandes palabras, a la hinchazón exagerada del lenguaje…» (pág. 58).

Debo suponer que tal contundente afirmación está íntimamente unida al hecho de que para «escribir este ensayo lhe leído [Fortunata y Jacinta] ya por tercera vez…». (pág. 87)una historia que, reconoce, lo atrapó una vez más, bien es cierto que tal ‘abrazo’ no ha tenido los efectos balsámicos en el resto del «ensayo» donde creo detectar –nunca he dicho que yo sea un tipo perfecto– ciertos aromas hermanados con la… 

Leyenda negra y otros asuntos

   No creo decir un disparate si afirmo que la literatura, y el género es lo de menos, no puede ser vendida como una expresión artística pura y por tanto, alejada de los avatares de quienes la inventamos (el hombre), disfrutamos y hasta osadamente, como en mi caso, practicamos. Sea la ficción o el más sesudo de los textos históricos, quien escribe se deja partes de su vida en cada una de las líneas, contamina, si se quiere así, todo el relato, ahora bien, asumida esta evidencia, dependerá de cada cual saber diferenciar (y hasta dosificar) las filias y los odios, y que ninguno de ellos predomine en el discurso; que los hechos ciertos sean expuestos tal cual y no hurtados deliberadamente para que todo lo demás encaje en la idea preconcebida. 

   Bueno, pues llego hasta aquí por culpa (!) de algunos momentos, por ejemplo, cuando Vargas Llosa afirma que las cuatro novelas protagonizadas por Torquemada retratan la decadencia de España «luego de haber sido un gran imperio», fue retrocediendo hasta convertirse «en uno de los países menos prósperos del Viejo Continente», pero olvida que siendo la historia de este vieja nación de una gran complejidad, en esa decadencia tuvo un papel destacado la llegada de la casa Borbón con la alargada sombra de Luis XIV, cuyo ‘sol’ cegó definitivamente cualquier atisbo de mejora, así mismo, desconozco si es un ‘creyente’ de todo aquello que rodea a la leyenda negra y aún más, creo que en su crítica olvida el papelón de las élites españolas del momento, cuyo entrenamiento durante el siglo XVIII alcanzará la cumbre de la ignominia tras la invasión napoleónica. No obstante, para saber de este tema nadie mejor que la profesora María Elvira Roca Barea (Imperiofobia (2016) Fracasología (2019)dicho lo cual, no quiero dejar pasar la oportunidad, ya que he mencionado a los franceses, para recordar que en ningún momento don Mario usa el término Hispanoamérica o hispanoamericano, decantándose el autor por el invento gabacho de Latinoamérica: «Nosotros, los latinoamericanos» (pág. 68), de ahí que mis dudas hayan hecho que lo lo mencione por sus apellidos, el nombre o el título de algunas novelas, (algo absolutamente normal) porque ignoro si llamarlo latinoperuano antes que hispanoperuano, sería lo políticamente correcto. De antemano, pido disculpas por lo que sea.

Feminismo, y según quién sea, será doña

   Dicen los que saben de esto, no importa la materia, que no hay peor análisis de los hechos que sacarlos de su contexto, arrancarlos del entorno y traerlos hasta nuestros días para, desde el púlpito digital, vapulear los modos y maneras de una época de la que nos separan unos modestos doscientos años (y pico). Así, sorprende otra vez que el arequipeño se despache afirmando que lo «extraordinario» de las páginas de Tormento (1884) «es el antifeminismo», y añadiendo por si alguien de estos tiempos gritara ¡Cancelación de Galdós! o un ¡Arderéis como en 1808!, que en «aquella época los valores morales afectaban con mucha más fuerza a las mujeres». Claro, cómo he podido ser tan duro de mollera y no entender que la intención del escritor tiene un propósito exclusivamente pedagógico y que criticar comportamientos del XIX sólo es un guiño sin maldad. Continúo.

   En la conferencia a la que me he referido en varias ocasiones hizo mención a las mujeres más importantes en la existencia de Benito María (de los Dolores Pérez Galdós) y que «sus biógrafos han detectado que tuvo tres amantes duraderas y, al parecer, muchas otras transeúntes» (pág. 21). Sé que vamos regular, pero si hablamos, que sea de todo. Así que el académico Vargas Llosa empieza a enumerar a las señoras comenzando por Lorenza Cobián González, «asturiana humilde y analfabeta» a quien «enseñó a escribir y leer». Luego cita a «doña Emilia Pardo Bazán» e informa al lector de que la gallega fue en su vida privada «un diablillo lujurioso», eso sí, también comunica al potencial leedor que la susodicha fue una escritora «púdica y militante cultural feminista». Por último, se refiere a Concepción Morell Nicolau (Concepción Ruth Morell, según indica Germán Gullón en la biografía arriba mencionada) de relación turbulenta. ¿Ha notado algún detalle digno de mención?, pues se lo digo yo. Parece que además de pecar de cierto prejuicio de clase, visto que hurta el tratamiento de doña a dos de las tres señoras, parte de ese párrafo es deudor de la peor literatura cotilla más que de un supuesto ensayo literario.

Y antes de que se me pudiera olvidar por causas ambientales y como colofón a este apartado, que quede constancia de la existencia de Teodosia Gandarias Landete (1863-1919) cuya relación duró unos doce años y que cortó la muerte de ella con unos días de diferencia antes del fallecimiento del gran maestro, una mujer que Gullón describe como «sensata, instruida, equilibrada» y que le «ayudaría a vadear los años finales de su vida» (Galdós. Maestro de las letras modernas, Pág. 439)

La conclusión

   La experiencia no ha sido grata por dos razones {tal vez alguna más). En primer lugar porque me ha sorprendido la pobreza en la redacción que sugiere una escritura poseída por la precipitación o cierta desgana acorde, posiblemente, con su opinión sobre el personaje. Y la segunda de las razones tiene que ver con algo parecido a la utilización de los lugares comunes donde convive cierta mala leche en torno a la obra de Galdós y adonde acuden quienes persiguen reafirmar su prejuicios. Pero además, este texto en el apartado dedicado a las novelas ni siquiera abarca la totalidad de la producción, supongo que ha sido porque no le gustaron o porque ignora su existencia. Que en este artículo haya pasado por alto el apartado dedicado al teatro no se debe a olvido alguno y sí al hecho de que Vargas Llosa se repite como el ajo en torno a sus puntos de vista que deja bien claros unas páginas antes. En cuanto a lo que opina sobre los Episodios Nacionales, puede leer la novela o escuchar el vídeo. Finalizo con las últimas píldoras que dedica Mario Vargas Llosa a Don Benito:

«No era un hombre de ideas sino de ficciones, y a la del pensar prefería la de inventar y contar historias» (pág. 335) y recuerda que en sus memorias afirmaba «Es que lo imaginario me deleita más que lo real» y en uno de los apuntes finales, el hispanoperuano dice que la obsesión de Galdós «con los problemas y la historia de España, a la vez que da lumbre a su prestigio, señala una cierta estrechez e incluso síntomas de provincianismo» (pág. 346). De ahí, deduzco, que la legión de galdosianos que pueblan la Tierra deben ser el fruto de una anomalía digna de un estudio genético. En fin.

Ignoro si alguien parado en la avenida Tacna anda preguntándose en qué momento se había jodido el Perú, mas lo que si tengo meridianamente claro es que «Imagen de la vida es la Novela y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de la raza…». (Benito Pérez Galdós).


martes, 29 de marzo de 2022

Grilletes con la verdad

Marcó una época, un estilo en la gestión de los asuntos espirituales como en esa forma de ver las debilidades de la carne. Fueron treinta años al frente de la Diócesis de Canarias, tres décadas que dieron para mucho y otros tantos disgustos repartidos entre pecadores, creyentes y mediopensionistas. Se llamaba Antonio Pildáin Zapiáin (1890-1973) y más allá de cerrar la Catedral de Santa Ana para evitar la entrada de Franco, desesperarse ante la presencia de cuerpos tostándose bajo el sol o de tener cierta antipatía –Electra tuvo la 'culpa'– a Pérez Galdós, el obispo también hizo otras cosas, sintió y sufrió.

A orillas del Guiniguada (Mercurio Editorial, 2021), de Juan José Mendoza.

Este texto, que obtuvo el accésit del Premio Internacional de Novela Benito Pérez Galdós 2020, hace un recorrido por la vida y obra –los milagros pertenecen a otro negociado– de un hombre que llegó a Gran Canaria cuando aún resonaba el fragor de la Guerra Civil. 

No es una hagiografía pero tiene todos los aromas que desprende una biografía, mas no resulta del todo lo segundo aunque de serlo, según el canon, no habría nada que objetar, al fin y a la postre, el cura natural de Lezo fue un hombre que merece otros puntos de vista en cuanto a su quehaceres.

Con la voz de Rafael Vera, quien fuera su secretario hasta el último suspiro de la existencia del obispo, el lector se adentra en la existencia, querencias y angustias de este prelado, quien ante la perspectiva de una condena a muerte se preguntaba: «¿Es el talión lo que devolverá a este país la espiritualidad que ha estado a punto de perderse?».

Gracias al buen hacer de Juan José Mendoza, el relato transcurre con una exquisita coherencia, lejos de las fobias y con las filias en su justa medida, porque el personaje es tan intenso que sin el temple necesario se corre el riesgo de perder el control del relato. Es A orillas de… una lectura que a muchos sorprenderá y a otros confirmará en su opinión, así que como decía el obispo: «El consuelo es la pomada para aliviar el escozor de lo irremediable».

martes, 15 de marzo de 2022

Sempiternas gavias

Un hecho histórico que cinceló su huella en el frotis del año 1941 arrastrando vidas, haciendas exiguas y haciendo de la existencia de quienes nada tuvieron que ver, eso que llaman infierno al que añado una especia de purgatorio pero en sentido descendente, como parada intermedia hacia la nada.

«Y llegó donde el oído pinza el canto de pájaros invisibles mientras un perro tañe una cascada de ladridos».

La hijuela (Mercurio Editorial, 2021) de Marcos Hormiga.

La historia se desarrolla en La Matilla (Fuerteventura). Y es ahí, en el hábitat majorero, donde el relato esparce todos los condimentos para hacer del mismo un elemento imprescindible, necesario, y por tanto, y en este caso, liberado de todo uso estético, que resulta una suerte de espacio vital, delimitando las partes, el todo del texto. Claro es, que los personajes no quedan rezagados, dado que el autor sabe insuflarles las dosis necesarias para que su participación llene las escenas de vida. Dice Esteban, mientras la desesperación le arranca el alma en el horror de la celda: «Camino porque no hay otra cosa que silencio», mientras recuerda que los otros dos familiares también sufren y padecen en sus carnes los rigores y abusos del sistema en un tiempo en el que el odio gozaba de buena salud: La Guerra Civil aún latente, las heridas sin curar, las ansias por la mera supervivencia y los abusos de quienes pueden…

No puedo pasar por alto el estilo del también autor de Micro retratosporque resulta que La hijuela es una crónica sin artificios contables con una tercera parte que no puede dejar indiferente a casi nadie, donde el monólogo de don Antonio parece un canto a la inocencia guiado por una mano diestra, rebosante de paz y amor… Decía que el entorno es intérprete fundamental del relato, tanto como ese viento que cae sobre las gavias y que ignora las montañas que no pueden proteger a nadie, ni siquiera a quien nada debería temer.

domingo, 13 de marzo de 2022

El ferroviario

Resulta que Teo Álvarez del Pino no es detective sino «un mero diletante del crimen» que en su tiempo libre acude al despacho de la Subdirección General de Vías Férreas del afamado Gobierno regional de Canarias donde sestea apaciblemente hasta la hora de cierre. Ocurre, que tan singular funcionario se ha tropezado con el recuerdo de un robo con asesinato acontecido en Las Palmas de Gran Canaria y que su instinto de investigador se remueve cual felino decúbito supino (!) ante la sospecha de que en tal asunto hubo más…

Aromas de crimen (Hora Antes Editorial, 2021) de Rubén Naranjo Rodríguez.

Ambientada en la capital grancanaria, el autor declara su galdosismo, dado que algunos de los personajes están bautizados con el nombre de otras tantas creaciones de Don Benito. Por ahí anda el doctor Teodoro Golfín en plan de intrépido reportero, un Federico Viera –que lejos de una Incógnita y o de cualquier Realidad– ha devenido en mecánico indolente con trazas de gandul militante. También aparecen Viridiana, Tristana y Marianela, ésta última, es la Nelita de la novela con una adorable participación entre tanto peluche. Continúo.

Que las referencias a la prosa, poesía y música popular son la marca de la casa, es un elemento que según el lector de turno, puede ocasionar empacho, admiración por el bagaje acumulado o simple elemento para la distracción, no obstante, tampoco se debe pasar por alto la originalidad que supone que uno de los personajes sea un tormento poético cada vez que tiene la oportunidad de entablar contacto con del Pino. No son menos destacables los diálogos rebosantes de humor y cierto regusto por el adjetivo adecuado, los canarismos o el sinónimo tiquismiquis. Además, en el negociado de su gusto por los textos, el autor no pierde la oportunidad de mostrar su querencia por Jorge Manrique, a quien deja caer plácidamente con el recuerdo de las Coplas paternas, al igual que con Benedetti y su A tientas, cuyos versos se asoman al texto, a la par que algún que otro bolero arrima la sardina a su ascua. Incluso, hasta Aristófanes hace acto de presencia recordando a Lisístrata, quien harta de tanto abandono, planteó un ultimátum de dioses a los guerreros atenienses: O ardor guerrero o del encamado.

Por cierto, creo no haber contado que el paradero de un lienzo –parte del mismo– que se atribuye a El Bosco tiene una especial importancia en esta Novela oscura, bastante negra.


miércoles, 9 de marzo de 2022

𝗜𝗻𝗰𝘂𝗿𝗮𝗯𝗹𝗲 𝗲𝗶𝗱𝗲𝘁𝗶𝘀𝗺𝗼



   Diría que es poéticamente prosado el verso que baña las páginas, que asoma entre las líneas, unas veces prietas y otras con ese espacio que deja tiempo para el pensar en tiempos que recomiendan el pulsar mortecino de la tecla que augura nadas. 

Rarefacta (Nectarina Editorial, 2022) de Tina Suárez Rojas.

Transitan por los textos de la autora de Yo amaba a Toshiro Mifune diría que el enfado -realmente pensé en la rabia, pero…-, también están presentes el humor, el dolor, la ironía, aquí y acullá, y el amor hacia el texto con un enlace permanente al interior, y a pesar de que las perdices se atraviesen en el estómago, jamás cortan la digestión. Somo cada uno. Estamos cada cual.


Hallo la presencia inmortal de Li Bai. Encuentro, Sottovoce mediante, una suerte de arpegios parisinos, susurros que se pierden, que parecen que no están. Contemplo a una mujer rota con su «llanto de pocos amigos», mujer con cierta «licencia poética» para…, preposición que resurge.

¿Para qué sirve la fidelidad? Odiseo no escucha más que el choque de espadas y la ida de las picas atravesando almas. Es Troya, esa «verbena» vista por una Penélope que ni extrañó ni fue pasto de la añoranza… Sin culpa y a vivir.

«El corazón es un cero recostadito a mi izquierda»

Otra pregunta. ¿Acaso Tres caras de un amante podría ser el resumen de una existencia con todo lo que ello significa. Parece una obviedad apresurada. Busquemos a Jorge Manrique que junto a Beckett, hacen un cameo.

«…tú espérame en Sodoma no 

obstante hasta nuevo aviso»


viernes, 25 de febrero de 2022

𝗟𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗽𝗼𝘀𝗶𝗰𝗶ó𝗻 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗯𝗿𝗮𝘀



   Se habla mucho de la España vaciada, es un asunto que está de moda, resulta un tema que ocupa minutos entre las lenguas de tertulianos, observadores de amplio espectro y bocas sedientas de temas sobre los que tratar, aunque pasados los minutos de rigor, el hastío con el que la ignorancia riega cerebros al borde del abismo, haga que el tema fallezca de forma natural. De todas formas, eso que dan en llamar vaciada es lo que algunos siempre conocimos como despoblamiento, una especie desertización originada por los humanos.

Los ingratos (Planeta, 2021) Pedro Simón.

Dignidad, redención, supervivencia, cariño no correspondido, luego alcanzado y finalmente diluido por unos y aferrado a su alma por la otra. Por Emérita.

Nueve años, curiosidad, miedos, límites marcados entre surcos; una mujer donde él veía dos. Amigos, visita paterna hasta que un día acaba… Sarita que enseña el culo por cinco pesetas, pozos, hermanas y la señorita Mercedes: David.

Llegan al nuevo destino en 1975, «otra vez rumbo a lo desconocido». Una aldea que «vivía hacia dentro con el frío, como si de los caminos no viniera nada bueno».

«Las palabras escritas te hablan al oído». «Saben mejor las palabras bien puestas».


Porque es el cuidado con el texto la llave que abre todo la historia que acompaña las existencias de los personajes, bueno, digamos que de dos, y jugándome el tipo, me atrevo a escribir que Emérita es la clave de bóveda de esta novela –ganadora del Premio Primavera de Novela 2021–. Un personaje al que atribuyo ciertas cualidades que durante la lectura me recordaron a la Benina galdosiana que desborda las páginas de Misericordia. Claro está que salvando todas las distancias entre el «maestro de las letras modernas», según la acertada definición de Germán Gullón y un Pedro Simón que ha elaborada un excelente trabajo.

Y concluyo…

Como en toda novela que se precie, a lo largo y ancho de la misma hay retazos autobiográficos del creador, pero sobre todo, lo más importante es que Los ingratos está hecha con honestidad, sin mirar a la galería, cuidando el lugar de las palabras. Y en estos tiempos, a veces, encontrar literatura resulta harto difícil.

jueves, 17 de febrero de 2022

𝗣𝗼𝗲𝘀í𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗮𝗻𝗴𝗿𝗲

El Charolito sólo se fiaba de su polla.

   A lo largo de mi vida sólo he asistido a una corrida de toros. El hecho ocurrió cuando la década de los setenta barruntaba su final y el coso que visité no fue otro que la plaza de toros de Gran Canaria, ésa, cuyo esqueleto se podía apreciar cuando se viajaba por la autopista del Sur y de la que no queda ni el mínimo recuerdo…

al menos hasta que he tenido la fortuna de leer la novela que protagoniza estas líneas.

Sed de champán (1999) Montero González.

Un texto que podría ser la descripción de una tarde en Las Ventas no sin ciertas premuras sobre todo si el Charolito, genio y figura del relato, estuviera merodeando el lugar, algo que es probable que no ocurra por culpa de una maldita noche. No obstante, el paisanaje que reúne el autor es una suerte de entorno cerrado digno de un sainete, heredero del esperpento y deudor de erecciones varias con un lenguaje lleno de faenas no hechas para el primer espontáneo que surja del frío, so pena de acabar como «una bombilla pelona ahorcada al techo».


Retrata Montero lo que él llama «la geografía de la hipodérmica» con esa fila de muertos vivientes atravesando la «emecuarenta» sin mirar los coches que van ni los que vienen, dejando a su paso un reguero de sangre pestilente y vísceras sin pasado; habla del puterío fino que tanto gusta a quien puede y quiere; como se vislumbra la oferta para quienes no pudiendo quisieran catar y luego terminar en el «cortijo de los ausentes». Incluso, el Charolito cuenta a Carmelilla el proceso que desemboca en tener la peor suerte, proeza que disfruta el tal Mostaza a quien perseguía un «espectro moralista». O qué decir del Tinajilla, experto en ofrecer unos navajazos que «son cuchilladas profundas, hasta donde pone Albacete». 


jueves, 10 de febrero de 2022

𝗟𝗮𝘀 𝗯𝗿𝘂𝗺𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝘂𝗻 𝘃𝗮𝗹𝗹𝗲

   


   Es probable que los vericuetos literarios nos tengan reservada nuestra particular Comala allende el paraje natural de Ijuana, y si fuera así, no cabe otra que dar las gracias a 𝑰𝒔𝒂𝒂𝒄 𝒅𝒆 𝑽𝒆𝒈𝒂, cuya alma quedó atrapada en ese valle «envuelto en las brumas de su especial surrealismo», según describe el lugar su hija María Teresa de Vega.

Esa referencia a la obra de Rulfo no es gratuita –también hay tiempo para reencontrarse con el universo de Kafka– y sí el fruto de mi visión de los relatos que ha recuperado Nectarina Editorial, y que bajo el título de 𝐂𝐨𝐧𝐣𝐮𝐫𝐨 𝐞𝐧 𝐈𝐣𝐮𝐚𝐧𝐚, supone el homenaje por el centenario del nacimiento del escritor tinerfeño (1920-2020), que junto a Rafael Arozarena y otros colegas más, forman parte de lo que se dio en llamar la «generación del bache o generación escachada». 


   Las doce historias que palpitan en este trabajo conviven en tres partes, donde la prosa del hombre que apreciaba los silencios que requieren el intento de pescar se esparcen entre reflexiones que en ocasiones se añoran en estos tiempos de impostura barnizada de nadas: «Después de saludar al anfitrión y señora, tuve la desdicha de caer al lado de otro historiador literario», añádase a esto lo siguiente «Si no sabes apreciar la calidad de una buena pasta dentífrica, tampoco podrás hacerlo con un buen poema».

No obstante lo dicho, las lecturas y sus interpretaciones son hijas de cada cual –un descubrimiento que llegó tras el pedernal o después de la rueda–. Isaac de Vega resulta un gusto para el lector, para quien disfruta escudriñando cada esquina; todos y cada uno de los párrafos, porque «A todo hombre le hace falta industria en su alma, supongo».