Cuando la muerte toma asiento
El responsable de que usted esté leyendo esta pieza no es otro que Joseph Kesselring (1902-1967), un famoso dramaturgo a quien no se le ocurrió mejor idea que escribir Arsénico por compasión (1941), una obra de teatro de gran éxito en Broadway que unos años después gozó del buen hacer de Frank Capra, el cineasta que plasmó en la gran pantalla las peripecias de Mortimer Brewster (Gary Grant) y sus adorables y algo traviesas tías, Abby y Martha.
Y dado que para disfrutar -siempre optimista- del cine y el teatro se recomienda un asiento en condiciones y con una ubicación que evite diagonales, tanto en primera fila como en lo más profundo del patio de butacas, nada mejor que… tener suerte. Con respecto a la lectura, todo lo que no sea una posición vertical (princesa dixit) será una buena elección, porque un sillón con buenas vistas marca la diferencia entre parecer, estar y morir.
Cuando Mortimer, que andaba a la busca y captura del manuscrito de su nueva diatriba contra el matrimonio, grita «¡Hay un cadáver en el arcón!», transmite su sorpresa al espectador, cuya reacción natural no es otra que dar un respingo en su asiento y tras unos instantes de incertidumbre, llegan las explicaciones de la mano de la tía Abby. El finado se llama Hoskins que, lógicamente no se introdujo voluntariamente en el arcón para morir: «Se murió antes. Primero llegó [a casa] y luego se murió», porque un infarto lo sorprendió sentado en el salón.
Qué motivo impulsa a las tías a dar el pasaporte a doce hombres -copita de vino con arsénico mediante-, tiene una respuesta muy sencilla: «Ayudar a otros viejecitos solitarios a encontrar ese sosiego» que sólo se alcanza con la muerte. No me diga que las viejecitas no son una delicia.
Ahora bien, para que la historia de Kesselring despertara mis recuerdos del gran Julio Cortázar (1914-1984), sólo tuve que acudir a las Propiedades de un sillón (1962) que Jacinto tiene en su casa, un sillón para morirse, porque al igual que las ancianitas neoyorquinas, en el relato del argentino se hace patente la preocupación por los seres de provecta edad:
«Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón, que es un sillón como todos pero con una estrellita plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación y después va a sentarse en el sillón y se muere».
No terminan aquí las posibilidades de morir sentado en una poltrona, por ejemplo en Instrucciones-Ejemplo sobre la forma de tener miedo (1962) se cuenta que en cierto pueblo escocés se venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen -inquietante, ¿verdad?-, de tal manera que si «un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere». Aquí se plantea un dilema de proporciones enciclopédicas, casi un cara o cruz en pos de la supervivencia de la literatura: Leer y morir. ¡Acabar con las páginas en blanco!, mas, ¿cómo arrasar con una superficie virginal cuando de su existencia depende sentarnos en un sillón para leer? Desgraciadamente, aquí no terminan las angustias de este humilde servidor, que dispuesto a desentrañar los recovecos de un sillón, continuó indagando en la obra de quien fue capaz de dar La vuelta al día en ochenta mundos (1967) llegando hasta Bestiario donde en el relato titulado Ómnibus (1951), se describe el terror de dos pasajeros, que sentados según marcan las normas del transporte de viajeros por carretera, observan la forma tan obscena de ser escrutados por el resto del pasaje, unos tipos infames a quienes un ramo de flores parece que les ha investido de una superioridad moral jamás vista.
Escribiendo, sentado en una butaca, silla de tijeras o lo que sea, y frente a él su Remington y sus sonidos, pasan nubes, se posan hojas sobre duras superficies, caen gotas que antes han dejado un rastro sobre sucios cristales. La urbe donde ocurre esto es lo de menos, pero digamos que es París. Michel ha salido de paseo dejando en casa los textos para que reposen y fija su atención en dos figuras humanas ¿vivas?, una seguro que sí, de la otra y otra más que aparecerá en algún momento, de esas dos quedan pocos vestigios vitales, al menos de aquellos que no provocan la náusea. Sigo con Cortázar y con Michel que ahora se apoya en un muro -que no es un sillón, pero casi-, observa, repaso Las babas del diablo (1959): «Uno de nosotros tiene que escribir, si esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto». Cómo no sentir repulsión al recordar a Sartre y Beauvoir y su mísera existencia de vicios y perversiones.
«Esa mujer no estaba ahí por ella misma […] el verdadero amo esperaba, no era el primero que mandaba a una mujer a la vanguardia, a traerle los prisioneros maniatados con flores». Y ese prisionero al que Michel ha localizado está al filo de los catorce años y quedó prendado de la mujer que «esperaba esto porque estaba ahí para esperar eso».
Pasamos de la sordidez parisina a un tipo al que la «ilusión novelesca lo ganó casi enseguida» cuya historia se desarrolla en Continuidad de los parques (1956). El susodicho anda arrellanado en su sillón favorito, siempre «de espaldas a la puerta» que molestaba su concentración literaria. Sumergido hasta una profundidad abisal, él pasa por alto algún que otro detalle de esos que cuestan… Mas hete aquí que la puñetera puerta antes señalada, y «entonces el puñal en la mano, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela». Si esto le parece poco, damos el último garbeo por París contemplado desde El sillón maldito (1910), obra que firma Gaston Leroux (1868-1927), las peripecias de unos aterrorizados académicos: ¡«Hace seis mil años, caballeros, que la venganza divina encadenó a Prometeo a su muerte»!, «¡Así pues, no soy de los que temen la furia de los hombres», dijo Maxime d’Aulnay, que apenas había pronunciado esas palabras se desplomó ante la mirada aterrada de los presentes. Y es que la historia gira alrededor de la elección de quién debe sustituir a un venerado miembro de la Academia Francesa, del afortunado que ocupará el sillón vacante. Palmarán los siguientes candidatos e incluso se postula para tamaña hazaña un tipo que no sabe leer, aunque existe constancia de que se sienta para otros menesteres.
El desarrollo de la historia ofrece más, pero acabo con una afirmación del secretario perpetuo de la institución gabacha con la que pretende exorcizar el terror que atenaza a la ciudad de la luz (¡tópico!): «Cuando uno es inmortal, lo es hasta la muerte»
A veces la literatura de ficción; a veces la ficción que se asemeja a la realidad… A veces basta un sillón con vistas.