martes, 4 de agosto de 2026

𝗠𝗮𝗱𝗿𝗶𝗱 𝗱𝗲 𝗺𝗼𝗿𝗮𝗹 𝗱𝗶𝘀𝘁𝗿𝗮í𝗱𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝘀𝗰𝗿𝗶𝗽𝗰𝗶ó𝗻 𝗻𝗲𝗴𝗿𝗼𝗹𝗲𝗴𝗲𝗻𝗱𝗮𝗿𝗶𝗮


 








  


   Denostar a las gallinas acusándolas de llevar una vida licenciosa es como si se afirmara que algunas mujeres, por no cortarse un pelo en sus relaciones con hombres, resultan unos seres que merecen todo lo malo que les pase. Sin embargo, cuando se habla de los hombres, parece que llevar la bragueta a media asta es la constatación de su estado natural. Pues ni lo uno ni lo otro, aunque si nos ponemos estupendos ¿sería causa de reproche social defender la pervivencia de los pendones, mujeres de moral distraída y hombres, que sin ser gallegos, ignoramos si van o vienen?

Dicho lo anterior, empezamos con un refrán que viene al pelo pubiano: «Puta la madre, puta la hija y puta la manta que las cobija».

Burdeles, picaderos y lupanares (Almuzara, 2026) Javier Rioyo.

   La novela objeto de esta pieza es un texto trufado con cierto aroma derrotista, con ese puñetero síndrome noventayochista y diría que apunta maneras negrolegendarias que tanto gustan a quienes, incluso afirman sin cortarse un pelo, que la Edad Media es un agujero tenebroso y de peor calidad que el de algunas señoritas de apertura rápida y cobro inmediato. Pero esto es sólo una opinión.

Adentrándose en las entretelas, el autor recuerda que fueron los fenicios quienes introdujeron en el nonato solar patrio uno de los oficios más antiguos de la humanidad (seguro que hay otro, pero aún no existe constancia documental) que no es otro que la prostitución. Luego, la «organizamos con los griegos y la refinamos con los romanos». Hasta en esto, España puede vanagloriarse de haber sido un crisol. Por cierto, que hablando de la ciudad de las siete colinas, Rioyo menciona a Julio César, que al parecer fue un putero y enamoradizo en ambas direcciones: «Quisiera ser el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos».

   Es Burdeles, picaderos y lupanares, sobre todo, un recorrido por la historia del puterío en la urbe matritense. Madrid como un polo de atracción para todo lo relacionado con las artes amatorias, que dicho así resulta algo romántico pero traspasando el umbral de la mancebía, el color rosa se marchita.

Desde los Austria hasta los Borbones, se narra esa afición por darle salida al asunto coital pero sin que la legítima o el legítimo, que aquí la igualdad andaba dando sus primeros pasos, sea el protagonista, de esta forma se consolidan los vicios privados y las públicas virtudes.

Con una prosa de calidad, todo sea dicho, y un sentido del humor que también, el autor traslada al lector por esas calles oscuras y luego con alumbrado público que en algunos casos son «barrancos del género femenino», expresión quevedesca mediante. Cela tiene su espacio en este universo distraído del que da buena cuenta en Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid prologado por Francisco Umbral. En ella, el hombre que décadas más tarde aseguraría poseer la cualidad de absorber litro y medio de agua por vía anal, describe un variopinto mosaico de costumbres con tono satírico. Apunta Rioyo, que un joven Camilo «conoció a la ‘Hebrea’», una señora que en las noches sabatinas se trajinaba a treinta hombres. En fin.

   La zona negrolegendaria anda por doquier porque se desprecia a la Ilustración, las luces y a los liberales; porque aquellos españoles eran cabezotas y malencarados. Llegarán otros tiempos, incluso la República segundona, pero no se detiene en demasié sobre los excesos puteros del universo tricolor, mas quiero suponer que habrá oportunidades literarias para cubrir ese hueco.