Aproximación
sutil al psicópata del centeno, la tontería de Scout o el
mequetrefe de Lucien, frente
a las
virtudes
del Lazarillo, Marianela y Zalacaín
El
consenso y la opinión mayoritaria, los expertos dicen; y el canon,
convertido en una suerte de oráculo, de luz cegadora ante la que no
se debe rechistar so pena de caer en el puñetero inframundo donde
Hades espera, con la punta del lápiz afilado, para contabilizar las
almas de lectores que no pudieron aguantar tanta mentecatez
encuadernada a pesar de la opinión experta cuya única misión es
hacer tragar sus gustos hasta añusgar al más valiente.
Y
es este un sinvivir que imita al peor de los herpes cuya única cura
pasa por ignorar su existencia, aunque siempre habrá un imbécil
apostado en una esquina de borrones. Pero vayamos al meollo de esta
pieza literaria, que seguro, provocará un sinfín de muecas no
siempre agradables.
¿Qué
tienen en común Lucien Fleurier,
Holden
Caulfield, Scout Finch, Tom Sawyer, Oliver Twist, Martín Zalacaín,
Lazarillo de Tormes. Marianela y
Marcelino?
¿Existe algún nexo entre Benito Pérez Galdós, Mark Twain, Goethe,
J.
D. Salinger, Pío Baroja, Charles Dickens, Harper Lee o Jean Paul
Sartre en el desarrollo de estos pipiolos
literarios?
¿Es
posible que alguno de los personajes haya sido investido de
propiedades ‘curativas’ por encima de sus posibilidades fruto,
todo ello, de un análisis buenista (o en el caso anglosajón,
wokista)
cuando ni
siquiera
se conocía el término?
Porque,
si hay una diferencia sustancial, ésta lleva un marcado signo
temporal: desde el siglo XVI, picaresca mediante, pasando por el XIX,
las aportaciones de Twain, Dickens y Galdós ofrecen una visión
ética en las antípodas de la insufrible levedad con la que Salinger
o Lee han hipnotizado a una miríada de lectores incapaces de
sobreponerse a un simple resfriado.
Y
no sólo ellos, porque sobre esa acera se arrastra el existencialismo
sartriano y el insoportable tránsito a la madurez de Wilhem Meister,
Goethe mediante, y por eso el joven teutón pregunta a su madre si
hay algo de utilidad en «todo
aquello que no llena rápidamente la bolsa de dinero, todo aquello
que no nos procura una posesión inmediata»,
aparentando con esa duda una altura ética imposible de
hallar.
En
esta novela -Los años de aprendizaje de Wilhem Meister-
calificada como la obra cumbre del género de formación o
Bildungsroman, el
chaval no pierde la ocasión para restregar su felicidad en el iris
del lector, y así, afirma ante quien él pensaba que era una dama
que perdía el seso por sus cualidades, sentirse «extraordinariamente
feliz hablando del pasado, porque el mismo tiempo avisto la
encantadora tierra que podemos recorrer cogidos de la mano»,
si bien, el pobre no observa que el sueño (culpa
de un aburrimiento
insoportable) ha hecho mella en el ánimo de su amada damisela. Pero
él, dale que te pego con la matraca del teatro hasta que el padre
decide liarlo con los negocios, asunto mundano que lo conduce por
lejanas
tierras con tan buena fortuna, que se tropieza con una panda de
cómicos de la legua -que
siendo alemanes, atesoran mensajes tremendamente profundos-. ¡Y
Wilhem se vuelve a liar!
A
pesar de todo, no intente
huir de ese monstruo decimonónico: el romanticismo es más rápido.
Ich glaub mein Schwein pfeift.
Tras
mucho tiempo dedicado a la reflexión, rodeado de dudas, emboscado
por sentimientos contradictorios, al borde de abismos de certezas que
únicamente eran trampantojos, a pesar de todas las dificultades, no
albergo duda alguna cuando afirmo que Lucien Fleurier (La
infancia de un jefe) y Oliver
Twist (Las aventuras de Oliver Twist)
se adelantaron en el tiempo al mostrarse como seres sensibles
-mequetrefes
de cristal- con un alma que no era de este mundo, convertidos
en el paradigma del flojo de solemnidad por culpa, en el caso del
gabacho, de un padre malvado, mientras que el pobre inglesito vino a
este mundo entre la sucias paredes de un hospicio de mierda. Los
padres, siempre los padres. Y
antes de proseguir, confieso que aquí hay filias y unas cuantas
verdades como puños (fobias, dirán otros) de un servidor cuya
única misión es mostrar el horror que esconden tan ‘inocentes’
textos.
Una
funeraria y un francés
En
torno a Oliver se ha levantado un edificio de arrumacos, gestos de
pena y exclamaciones de todo tipo: ¡Ay!, cómo sufre la criatura,
por ejemplo. Pero qué hay de verdad en todo ello, es
un extremo que estoy en condiciones de mostrar y
no existe mejor patrón a seguir que esta afirmación del alguacil
Bumble: «¿Para
qué quieren los pobres el alma y el espíritu? ¡Harto hacemos
nosotros consintiéndoles que tengan cuerpos!».
No
olvide que
este pipiolo literario,
contrariamente a la propaganda que ha extendido sus garras por
doquier, no es más que el pretexto que utiliza Dickens para mostrar
el lado oscuro, tenebroso y repulsivo de la sociedad victoriana. Los
personajes secundarios y el entorno que habitan son descritos con
todo lujo de detalles dejando clara la importancia de la condición
humana. ¿Y por dónde anda la frágil criatura?. Tras abandonar el
asilo, vive su primera experiencia laboral en una funeraria con
pretensiones a
cargo de Sowemberry que descubre unas cualidades innatas en el recién
comprado (contratado) chaval, pero éste no
encaja con buen agrado las condiciones laborales y termina poniendo
pies en polvorosa.
Llegará
a Londres, y por esas bromas del destino, formará parte de una
organización con ánimo de lucro por
cuenta ajena,
aunque sus problemas de adaptación ocasionarán
que el pobre niño
ruegue
sin parar; «Apiádese
de mí, y no me obligue a
ser ladrón»,
clamará a Sikes mientras Fagin tiembla por las esquinas. En
definitiva, Oliver Twist es sólo el pretexto dickensiano, una suerte
de pelele rebosante de penas para hablar del lado oscuro, que
con tanta elegancia muestran algunas mentes ‘maravillosas’.
Ahora
me referiré a Lucien Fleurier, un joven francés atrapado en un lío
con su identidad hasta el punto de que, cuenta Sartre, «tenía
miedo de que los mayores decidieran de repente que no era un niño»
y
sólo lograba sentirse importante los primeros y terceros vienes de
cada mes, porque esos días «venían
muchas señoras a ver a mamá», no obstante, guardaba
serias dudas de «no
ser una niña»
y con ese potaje mental va cumpliendo años y añadiendo piedras en
su camino, confundiendo la sexualidad o no. Porque la aparente
ficción y la cruda realidad de cómo entendieron el existencialista
y Simone de Beauvoir las relaciones sexuales (si
se acepta horror como animal de compañía) con menores de edad,
confieren a esta novela rasgos ¿autobiográficos? De
ahí que en un determinado momento Sartre afirme que Lucien «era
demasiado sensible para ser un jefe, pero no para ser un mártir»
o
un juguete roto.
Añádase
que el personaje principal, y reconozco que llegamos a una estadio
inquietante, cuando paseaba «decapitaba las plantas y las flores con
su bastón»,
y si esta imagen no provoca en usted un instante poético digno de
cualquier pensamiento sublime, detenga sus cansados ojos en lo que
sigue: «Era más divertido arrancar las patas de un saltamontes
porque vibraba entre los
dedos».
Afortunadamente,
Lucien reconoce que estuvo a un tris de perderse, mas «lo
que me ha protegido ha sido mi salud moral».
Mon Dieu!
De
trinos y gramíneas
Llegamos
a un negociado que, seguro, me granjeará el cariño del respetable.
Arribamos al puerto del dúo norteamericano formado por Holden
Caulfield y Scout Finch, los personajes, el
primero
de El
guardián entre el centeno
y la
segunda por
partida doble de
Matar
a un ruiseñor
y Ve
y pon un centinela,
obras
de J.D. Salinger y Harper Lee, respectivamente. Se
masca
la tensión, pero
vayamos por partes, como diría Jack el Destripador.
¿Es
Holden un
adolescente confundido, cariñoso con su hermana y ligeramente
trastornado cada vez que el recuerdo de Allie se planta en su memoria
y, por tanto, la historia que narra Salinger no es más que una
novela para la chavalería envuelta en una atmósfera
de
inocencia con lapsus?
¿Acaso a lo largo de estos 75 años de vida impresa,
la opinión experta ha ido deconstruyendo el
texto hasta
encajarlo en un ecosistema de
exaltación de quienes lloran por su acné y
así
evitar entrar en el meollo de la cuestión y
separar el grano de la paja (!)?
Creo
que Caulfield se aleja del estereotipo de adolescente con un lío de
mil demonios y por
contra,
la intención del escritor estadounidense no fue otra que retratar
las andanzas de un psicópata, ¡Si!, tal
cual. En tal sentido (y una profunda sensibilidad) qué decir de Mark
David Chapman, Robert
John Bardo o
John
Hinckley Jr.:
los
dos primeros, asesinos de John Lennon y de la actriz Rebecca
Schaeffer, respectivamente, mientras que el último lo intentó con
Ronald Reagan, y
que estaban enganchados
a la lectura de El
guardián… Y
si este ejemplo de cuál es la verdad que se esconden entre las
páginas no fuera suficiente, recurramos a la ficción
cinematográfica Conspiración
(1997), dirigida por Richard Donner, en la que Jerry Fletcher (Mel
Gibson) es un taxista conspiranoico, siendo
una de las claves del personaje su
incapacidad para
evitar comprar un ejemplar cada vez que lo ve
en un escaparate.
No
me cabe duda, que algún que otro lector se estará tirando de los
pelos, maldiciendo su suerte y jurando en algunas de las lenguas
muertas que inundan las redes, inglés o francés, para no ir más
lejos, pero no es menos cierto, que vivir entre mentiras y
exageraciones sólo conducen a quien así respira, a la mayor de las
irrelevancias. Pero aquí no acaba mi repaso al de las gramíneas.
«Ackley
siempre despierta en mí el sádico que llevo dentro»,
«Hasta
tengo que ir al baño cuando me preocupa algo. Sólo que no voy,
porque estoy demasiado preocupado para ir»,
«Yo
creo que nunca tengo nada que me importe perder»,
«¿Quién
quiere flores cuando ya se ha muerto?»,
«Yo
siempre estaba esperando convertirme en un marica o algo así»
y por último, J.D.
Salinger en todo su esplendor:
«Casi
nunca se puede simplificar
y unificar algo sólo porque alguien quiere».
Y
ahora nos vamos al sur estadounidense
para
destripar otra de las obras que tantas lágrimas ha hecho correr por
las mejillas de incontables lectores sensibles:
Matar a un ruiseñor
con
la esperanza de que el demonio no me confunda y arrastre por prados,
otrora verdes, convertidos hoy en un secarral.
Con
esta obra de Harper Lee nos encontramos ante una singularidad y es
que su fama proviene de la versión cinematográfica con todos los
problemas que ello acarrea y que lleva a confundir el texto original
con los fotogramas, y muchos sabemos que eso resulta un error. Así,
pensar que el
Atticus
Finch del
cine (Gregory Peck) es un tipo comprensivo y amante defensor de los
derechos humanos se cae a pedazos cuando
se descubre que es un maldito cenizo, porque como se indica
en Matar…
«sus
dos primeros clientes fueron las dos últimas personas a las que
ahorcaron en la cárcel del condado de Maycomb»,
¡y
eso que eran de raza blanca!, así que con
esos precedentes nada bueno se podía esperar.
Pero
hay más. En Ven
y pon
un
centinela -en
realidad el primer borrador
de
Matar
a un ruiseñor- Scout
Finch tiene 26 años y tras vivir en Nueva York (bastión de la
verdad democrática) regresa al pueblo de su infancia descubriendo
que su anciano y adorado padre es un poco racista, pero sólo un
poco. Tal descubrimiento casi le
ocasiona un patatús del que su tía Alexandra
intenta rescatarla, pero
evidencia que negar la realidad empeora la existencia: «Un
negro no pasaría al lado de la Mansión Radley de noche; cruzaría a
la acera contraria e iría silbando mientras camina».
No,
estimado lector, las novelas de Harper Lee retratan la vida y obra de
una sociedad en la que «después
de todo [un negro] es solamente un negro».
Incluso, cuando pasean por su querido Maycomb, no pueden evitar
destacar un aspecto que no harían con alguno de los suyos: «El
cálido aroma agridulce de negro limpio nos recibió cuando entramos
en el patio de la iglesia».
¿Entiende
por dónde van los tiros de este humilde escritor (me refiero a mí)?
Si
la respuesta fuera positiva, recomiendo que abandone definitivamente
cualquier
visión buenista de estas dos novelas. Se ahorrará un
sinfín de sufrimientos,
decepciones
y angustias varias.
Otra
literatura. Otros personajes
Si
en la primera parte del artículo se ha tratado lo que califico como
personajes estomagantes que gozan de una fama inmerecida: ni
siquiera
Harold Bloom tuvo
el gusto de incluir algunas de las novelas
aquí
mencionadas en su canon literario universal, aunque también es
cierto, que el muy yanqui
ninguneó (para sorpresa de casi nadie) las grandes aportaciones
realizadas en lengua española -salvo
a Cervantes y Borges- y
de
Peter
Boxall se
puede afirmar lo mismo, esto
no es óbice para recurrir
a un adagio hijo de la ficción: «Las
opiniones son como el culo, todos tenemos uno».
En
las obras que protagonizan esta parte final, con marcado acento
español, destaca un aspecto sobre el resto, y es el de la bonhomía,
como queda patente en el Lazarillo
de Tormes,
a pesar de la mala baba del invidente:
«Después
de Dios, éste [el ciego] me dio la vida y, siendo ciego me adentró
en el carrera de vivir».
Intercalo
a Tom Sawyer porque coincide en esta línea argumental, donde el
personaje creado por Mark Twain muestra esa calidad humana a
la que me refiero. Al
contrario de Harper Lee, su compatriota no
trata a
Jim con esa insufrible condescendencia por todos conocida, para Tom
es simplemente Jim, aunque es cierto que será en Las
aventuras de Huckleberry Finn
donde tiene un papel más destacado. Sawyer posee
conciencia, tanto,
que puede diferenciar entre obligación y libertad: «El
trabajo consiste en lo que un cuerpo está obligado a hacer, y el
juego consiste en lo que un cuerpo no está obligado a hacer».
Llega
el momento para la Marianela
de Pérez Galdós, una niña con unos ojos que «no
tenían el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez
de un organismo en que ha entrado o debido entrar el juicio».
Resulta
una historia de sacrificio alejada de todo artificio, porque el
maestro de las letras modernas siempre rehuyó de semejante
trampantojo. Sus personajes, aquellos
que vivían las penas, el desamparo y hasta el más cruel de los
rechazos,
no
corrían en pos de una historia, eran
directos,
sinceros, hablan al lector sin esperar nada a cambio.
Con
esas ganas de no ser un sujeto indefenso y sí dueño de su vida,
crea Pío Baroja a Zalacaín
el aventurero,
del que nadie se ocupaba, de ahí que «su
abandono le obligaba a formarse sus ideas espontáneamente y a
templar la osadía con la prudencia».
Lucha por lo que considera justo y
todas las empresas que aborda son premiadas por la fortuna, sean
éstas «negocios,
contrabando, amores y juegos».
Habrá una traición que terminará con la vida de Martín Zalacaín.
No
dejaré en el olvido la extraordinaria historia narrada por José
María Sánchez Silva, Marcelino,
pan y vino,
una joya que hace brotar lo mejor del ser humano, un relato que
encoge
el corazón para quien tal órgano es algo más que un músculo. Un
ejemplo de que en la brevedad puede hallarse la magia humana.
Todo
concluye, pero antes de que así sea, me permito la siguiente
licencia e introduzco algunas referencias a los viajes de Charles
Dickens a Estados Unidos en
1842
y de Benito Pérez Galdós a Italia, allá
por el año de 1888.
Describe
el autor de Historias
de dos ciudades
su experiencia por el sur del país (condensada
bajo el título Notas
de América)
que había cumplido 66 años desde su independencia, y aquí cuento
unas impresiones al respecto que, al
menos en la primera,
no dejan muy bien al literato victoriano. Refiriéndose
al uso que hizo de un carruaje, cuenta que «Los
caballos están asustados,
los cocheros negros parlotean con ellos como otros tantos monos; y
los blancos vocean como otros tantos arrieros».
Y la segunda experiencia que narra transcurre en un tren: «En
el vagón para negros en el que viajábamos iban una madre y sus
hijos, que acababan de ser adquiridos».
Aunque Dickens quedó sorprendido por cómo se estaban desarrollando
las instituciones de las
antiguas
trece
colonias,
no pierde la oportunidad de lamentar la esclavitud.
Corresponde el turno a
Galdós y su estancia en Venecia que enlazo, ¡qué atrevimiento! con
La
muerte en Venecia
de Thomas
Mann. Nos cuenta el autor de los Episodios Nacionales que la otrora
Serenissima es el «sueño
dorado de los amantes, de los novios, principalmente cuando dejan de
serlo para convertirse en esposos»,
y será por esos encantos que se esconden entre sus canales, que Mann
sitúa a Gustav Aschenbach, -un
idiota prendado por la belleza del joven, insufrible y estomagante
Tadzio, y eso que al chaval, el autor lo sitúa al fondo del texto-,
escritor con una «delicada
complexión»
que
disfrutaba de una gran robustez moral (y una salud de mierda), con
tal mala
suerte, que su estancia veneciana coincide con la aparición del
cólera, añádase a tal desastre, el siroco que deben soportar sus
personajes y el insoportable olor a mierda de los canales. Pero hete
aquí, que Galdós se refiere a la pureza y diafanidad del aire,
«casi
siempre sin nubes, con el azul intenso del cielo»,
añadiendo que «otra
especialidad de Venecia es que allí no hay polvo».
Pues sí que tuvo mala suerte el autor germano (y su atormentado
Gustav). Los
gondoleros tampoco se salvan en La
muerte…,
porque si en la novela son unos golfos de mucho cuidado, Galdós
destaca de ellos que «usan
un lenguaje particular, un alarido lúgubre para avisarse al doblar
las esquinas».
Por
último, un detalle para
los amantes de las curiosidades:
Un
enemigo del pueblo,
de Henrik Ibsen y La
muerte en Venecia
están
separadas
por
treinta
años.