De cómo una parte de la
ficción literaria descartó la estupidez
Llevados
por alguna crisis existencial o tal vez obsesionados con su infancia
(y de ahí quién sabe si gana
la primera opción), lo cierto es que muchos autores han
plasmado,
negro sobre blanco, un futuro postapocalíptico
tan oscuro
que ríase de la caverna platónica, ¿y?,
se pregunta usted, pues resulta paradójico que se hayan
esforzado
tanto por advertirnos de los horrores que nos depararían
los siglos futuros mientras descartaban
o despreciaban
por ¿aburrido? el tiempo que nos ha tocado vivir, y
los que leímos aquéllos textos, hoy contemplamos con una expresión
cercana a la idiocia que el ‘futuro’ no es más que el presente.
Y
ahí está el papel jugado por una parte de la ficción literaria,
tan preocupada en adentrarse en el proceloso mar de la especulación
de los espantos venideros que pasó por alto las señales diarias;
que nos ofreció vehículos y monopatines que no tocarían el suelo,
viajes intergalácticos y unos alimentos metidos en bolsas de
plástico (!) que serían la envidia de alguna civilización por
descubrir. Pues bien, el coche de combustión ¡afortunadamente! no
se ha rendido a pesar del discurso apocalíptico-climático, mientras
que en el mejor de los casos, el trasto eléctrico ofrece una batería
capaz de aguantar hasta lograr el tan ansiado hueco para estacionar,
alcanzada semejante proeza sólo queda ir a la búsqueda de un
generador de gasoil. ¡Vaya estafa!
Pero
no todos los creadores optaron por un discurso estúpido, los hay que
aplicaron una disección a fondo en el cuerpo de la condición humana
mostrando al lector toda la crudeza de la que somos capaces.
La
peste escarlata (1912)
Jack
London (1876-1916)
La
epidemia aparece en el año 2013. Han transcurrido sesenta años
(2073): «Soy la única
persona viva que vivió en esos tiempos»,
afirma Granser, refiriéndose a la existencia de las monedas
acuñadas. Este anciano convive con un grupo de jóvenes a los que
intenta transmitir conocimientos que él conserva, aunque tal empeño
tropieza con la indiferencia de una generación cuyo vocabulario es
tan pobre que apenas entendían al viejo. Cuenta Granser, mientras
dan buena cuenta de unos cangrejos, que tras la epidemia, San
Francisco pasó de cuatro millones de habitantes a sólo cuarenta y
que ése mal volvía de color escarlata todo el rostro y el cuerpo en
sólo una hora.
Pero
hay unos aspectos que me permito destacar por hallar en ellos alguna
que otra similitud con una experiencia a la que fuimos sometidos no
hace tanto tiempo: ¿Recuerda el año 2020 y siguientes. Qué decir
del comité de expertos, fenómeno paranormal donde los haya. Y qué
decir de la censura a toda información que discrepa del relato
oficial?, porque en la novela como durante la Primera Guerra Mundial
(la epidemia de gripe), los gobernantes dicen poseer la verdad y toda
la verdad.
En
el texto de London se narra cómo se organiza la Junta de Magnates
que controlaban todo, incluida la elección del presidente. También
se cuenta que tres años antes de la eclosión pandémica (2010) la
población mundial había alcanzado la cifra de 8.000 millones ¿Le
suena el reto demográfico? En un determinado momento, Granser, que
antes de la barbarie era James Howard Smith, profesor de Literatura,
afirma: «La raza humana
está condenada a retroceder cada vez más en la noche primitiva
antes de que comience su sangriento ascenso hacia la civilización».
Metrópolis
(1925)
Thea
von Harbou (1888-1954)
Quien
fuera esposa del director de cine Fritz Lang, figura central del
expresionismo alemán, escribe una de las historias más
inquietantes, cuya versión cinematográfica es fiel al espíritu
literario.
Metrópolis
es una ciudad de la prisa razonada y metódica descrita en un texto
donde existe una constante: la presencia de Dios al que «no
puedes robarle nada, pero sí al hombre»,
si bien, comparte
espacio con figuras de la superchería.
Mientras tanto,
Freder, el hijo del dios humano que controla la urbe, es dominado por
la fiebre «cuando
tocaba el órgano llamando a Dios»;
también mantiene una relación especial frente el artilugio que todo
lo controla: «Nada en
la tierra es más vengativo que los celos de una máquina que se
juzga desdeñada». Él
observa las legiones de trabajadores que marchan en ordenadas filas
hasta encontrarse con los artilugios del que no se despegan ni un
sólo instante. El palpitar mecánico marca el compás de una
existencia atrapada. Han dejado de ser hombres para convertirse en
esos engranajes intercambiables. Simples despojos humanos. ¿Qué es
Metrópolis?¿Acaso el resultado de una mala digestión o únicamente
un lugar desde el que el amo confirmaba, un día sí y otro también,
que el sacrificio de un deseo le era algo desconocido?
¿Hemos
superado tal ecosistema o ello es imposible porque la posibilidad
sólo está al alcance de la ficción?
La
naranja mecánica (1962)
Anthony
Burgess (1917-1993)
Alex
tiene quince años y lidera una banda de hijos de puta que pasan un
rato en el Bar Lácteo Korova mientras piensan cómo emplear su
precioso tiempo. Pasean por las oscuras calles y si la suerte sonríe,
parten cráneos. A veces, allanan viviendas con sus ocupantes dentro:
A ella la violan y a él, que casualmente es escritor, le rompen
hasta el alma.
Tal
vez porque su esposa vivió en carne propia lo que es ser una víctima
cuando en 1944 fue violada por cuatro soldados estadounidenses en las
calles de Londres, Burgess traslada al papel la experiencia
traumática para contar esta historia, A pesar de lo ocurrido, dicen
que el escritor británico estaba convencido de que todo criminal
podía redimirse ¿Qué pensaría ahora viendo cómo está Gran
Bretaña?
¿Alex
pensaba sobre qué motivaba la maldad cuando [al poder] no le
preocupa saber cuál es la causa de la bondad?, pues bien, el chaval
se despacha con un «Yo
soy cliente del otro negocio».
Ensayo
sobre la ceguera (1995)
José
Saramago (1922-2010)
Cuando
no hay peor ciego que el que no quiere ver ¿es el momento ideal para
la entrada en acción del tuerto? De momento, uno a uno, los
personajes ‘ven’ cómo se les mete por los «ojos adentro un mar
de leche». Lo que parece un hecho anecdótico se irá transformando
en una hecatombe, pero los gobernantes de turno que aún ven,
recluyen en un antiguo manicomio a esos otros que son un peligro para
el resto de la comunidad, ¡El bien común!, gritarán.
¿Cómo
se comportarán los humanos del otro lado del muro?, tiene una
respuesta conocida: Depredadores sin la obligación de mancharse las
manos, sin conciencia moral. Resulta que los ciegos ‘verán’
cosas desconocidas hasta entonces… o descubrirán que «ya
éramos ciegos en el momento en que perdimos la vista».
Otras
dos novelas requieren su presencia, la primera escrita por George
Orwell (1903-1950),
Mil novecientos ochenta
y cuatro (1949) y
luego está Sumisión
(2015) de Michel Houellebecq (1956).
Separadas por sesenta y seis años, son un ejemplo sin
refutación posible, del escritor que carece de ombligo (o jamás lo
tuvo en cuenta); del autor
que en lugar de instalarse en verdes prados y deleitarse con el
trinar del jilguero mientras acarician su despejada testa y
se balancea en una hamaca. Ellos optaron por otro tipo de
observación,
reflexionaron sin miedo al
qué dirán, se cabrearon
o hasta montaron en cólera.
Ni el británico ni
el francés han elucubrado sobre la llegada de seres del más allá
que nos legarán todos sus conocimientos para que
podamos avanzar hacia la
Arcadia, ni siquiera Stephen
Hawking se creía el cuento del marciano bueno, y no sé por qué
demonios me asalta el recuerdo del insoportable Rousseau.
En
definitiva, el postapocalipsis y la distopía se desarrollan entre
nosotros con toda la crudeza, por tanto, ¿Qué sentido tiene acudir
a la factoría hollywoodiense, salvo que se pretenda huir de la
realidad y de sus conocidos sofocos porque la vida es tan bella? O se
puede ser un idiota sin las virtudes antes descritas.