martes, 1 de septiembre de 2026

𝗖𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝘂𝗻 𝗺𝘂𝗿𝗼

 









   La historia de España y los españoles podría resumirse como una sucesión de golpes contra un muro, que según la época, transitaron entre simples impactos y traumatismos de consideración. Podría ser un resumen, mas resultaría un patético borrón a pie de página y de esos vamos sobrados. Así nos va.

Quien tiene a bien leer las publicaciones que alberga este espacio digital sabe, que además de mi obvia querencia por la literatura, no rehuyo la crítica cuando entiendo que el texto protagonista se pasa de frenada o ni siquiera llega a la primera curva. Pero quien más o quien menos sabe, que las opiniones son como el culo.

Diario secreto de José Antonio (Espasa, 2026) José Antonio Martín Otín.

   Manipulación, medias verdades, equívocos sin mala fe (o con toda la intención), miradas esquivas... y la ausencia. Así podría describirse cómo ha tratado y aún trata la figura de José Antonio, tanto la historiografía como el común de los mortales, y a pesar de los pesares, quien fijara su mirada en el fascismo italiano para alejarse del mismo, fue algo más que esa figura asexuada potenciada por el franquismo o el tipo despreciable que la izquierda patria soñaba con ver acribillado a balazos, a mayor gloria del anhelado soviet Ibérico.

Reconociendo el interés que suscita el hallazgo del diario -a pesar de la amputación que sufrió y que denuncia Martín Otín-, y que la prosa del autor carece de esa intensidad que emociona (más si cabe con los apuntes de un hombre encarcelado que se huele su trágico final) sin llegar al punto lacrimógeno, recomiendo su lectura porque de la misma se extrae información útil para acercarse un poco más al político español.

   De entre algunos aspectos que resultan dignos de mención, uno es particularmente curioso y tiene que ver con la fundación de Comisiones Obreras, cuyo núcleo fundador tiene, entre otros falangistas a Ceferino Maestú y a los comunistas Julián Ariza y Marcelino Camacho. No quiero imaginar cómo lo llevarán los próceres de ‘ceceoo’.

   Por otro lado, y refiriéndome a Falange, sería imperdonable no apuntar en estas breves líneas el compromiso con el movimiento joseantoniano del anarquismo, -anarcofalangismo-, según definición del poeta republicano Victoriano Crémer. Son estos «individuos de formación libertaria que eligen la Falange como una herramienta política sin dejar de trabajar en los dos frentes». Y una nota más: «Bastantes de estos anarquistas que pasan por la Falange habían sido legionarios».

Entre las páginas del diario, que abarca desde el 1 hasta el 29 de marzo de 1936, se hallan datos, reflexiones e instantes fugaces (José Antonio era muy celoso de su vida privada) que por mínimos que sean o lo parezcan, hablan de un hombre que no fue lo que dijeron, y nada mejor que recordar a Unamuno, ni los «hunos ni los hotros».



martes, 4 de agosto de 2026

𝗠𝗮𝗱𝗿𝗶𝗱 𝗱𝗲 𝗺𝗼𝗿𝗮𝗹 𝗱𝗶𝘀𝘁𝗿𝗮í𝗱𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝘀𝗰𝗿𝗶𝗽𝗰𝗶ó𝗻 𝗻𝗲𝗴𝗿𝗼𝗹𝗲𝗴𝗲𝗻𝗱𝗮𝗿𝗶𝗮


 








  


   Denostar a las gallinas acusándolas de llevar una vida licenciosa es como si se afirmara que algunas mujeres, por no cortarse un pelo en sus relaciones con hombres, resultan unos seres que merecen todo lo malo que les pase. Sin embargo, cuando se habla de los hombres, parece que llevar la bragueta a media asta es la constatación de su estado natural. Pues ni lo uno ni lo otro, aunque si nos ponemos estupendos ¿sería causa de reproche social defender la pervivencia de los pendones, mujeres de moral distraída y hombres, que sin ser gallegos, ignoramos si van o vienen?

Dicho lo anterior, empezamos con un refrán que viene al pelo pubiano: «Puta la madre, puta la hija y puta la manta que las cobija».

Burdeles, picaderos y lupanares (Almuzara, 2026) Javier Rioyo.

   La novela objeto de esta pieza es un texto trufado con cierto aroma derrotista, con ese puñetero síndrome noventayochista y diría que apunta maneras negrolegendarias que tanto gustan a quienes, incluso afirman sin cortarse un pelo, que la Edad Media es un agujero tenebroso y de peor calidad que el de algunas señoritas de apertura rápida y cobro inmediato. Pero esto es sólo una opinión.

Adentrándose en las entretelas, el autor recuerda que fueron los fenicios quienes introdujeron en el nonato solar patrio uno de los oficios más antiguos de la humanidad (seguro que hay otro, pero aún no existe constancia documental) que no es otro que la prostitución. Luego, la «organizamos con los griegos y la refinamos con los romanos». Hasta en esto, España puede vanagloriarse de haber sido un crisol. Por cierto, que hablando de la ciudad de las siete colinas, Rioyo menciona a Julio César, que al parecer fue un putero y enamoradizo en ambas direcciones: «Quisiera ser el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos».

   Es Burdeles, picaderos y lupanares, sobre todo, un recorrido por la historia del puterío en la urbe matritense. Madrid como un polo de atracción para todo lo relacionado con las artes amatorias, que dicho así resulta algo romántico pero traspasando el umbral de la mancebía, el color rosa se marchita.

Desde los Austria hasta los Borbones, se narra esa afición por darle salida al asunto coital pero sin que la legítima o el legítimo, que aquí la igualdad andaba dando sus primeros pasos, sea el protagonista, de esta forma se consolidan los vicios privados y las públicas virtudes.

Con una prosa de calidad, todo sea dicho, y un sentido del humor que también, el autor traslada al lector por esas calles oscuras y luego con alumbrado público que en algunos casos son «barrancos del género femenino», expresión quevedesca mediante. Cela tiene su espacio en este universo distraído del que da buena cuenta en Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid prologado por Francisco Umbral. En ella, el hombre que décadas más tarde aseguraría poseer la cualidad de absorber litro y medio de agua por vía anal, describe un variopinto mosaico de costumbres con tono satírico. Apunta Rioyo, que un joven Camilo «conoció a la ‘Hebrea’», una señora que en las noches sabatinas se trajinaba a treinta hombres. En fin.

   La zona negrolegendaria anda por doquier porque se desprecia a la Ilustración, las luces y a los liberales; porque aquellos españoles eran cabezotas y malencarados. Llegarán otros tiempos, incluso la República segundona, pero no se detiene en demasié sobre los excesos puteros del universo tricolor, mas quiero suponer que habrá oportunidades literarias para cubrir ese hueco. 


jueves, 2 de julio de 2026

𝗘𝗹 𝗽𝗼𝘀𝘁𝗮𝗽𝗼𝗰𝗮𝗹𝗶𝗽𝘀𝗶𝘀 𝘆 𝗹𝗮 𝗱𝗶𝘀𝘁𝗼𝗽í𝗮 𝗲𝗿𝗮𝗻 𝗲𝘀𝘁𝗼, 𝗶𝗱𝗶𝗼𝘁𝗮

De cómo una parte de la ficción literaria descartó la estupidez











   Llevados por alguna crisis existencial o tal vez obsesionados con su infancia (y de ahí quién sabe si gana la primera opción), lo cierto es que muchos autores han plasmado, negro sobre blanco, un futuro postapocalíptico tan oscuro que ríase de la caverna platónica, ¿y?, se pregunta usted, pues resulta paradójico que se hayan esforzado tanto por advertirnos de los horrores que nos depararían los siglos futuros mientras descartaban o despreciaban por ¿aburrido? el tiempo que nos ha tocado vivir, y los que leímos aquéllos textos, hoy contemplamos con una expresión cercana a la idiocia que el ‘futuro’ no es más que el presente.

Y ahí está el papel jugado por una parte de la ficción literaria, tan preocupada en adentrarse en el proceloso mar de la especulación de los espantos venideros que pasó por alto las señales diarias; que nos ofreció vehículos y monopatines que no tocarían el suelo, viajes intergalácticos y unos alimentos metidos en bolsas de plástico (!) que serían la envidia de alguna civilización por descubrir. Pues bien, el coche de combustión ¡afortunadamente! no se ha rendido a pesar del discurso apocalíptico-climático, mientras que en el mejor de los casos, el trasto eléctrico ofrece una batería capaz de aguantar hasta lograr el tan ansiado hueco para estacionar, alcanzada semejante proeza sólo queda ir a la búsqueda de un generador de gasoil. ¡Vaya estafa!

Pero no todos los creadores optaron por un discurso estúpido, los hay que aplicaron una disección a fondo en el cuerpo de la condición humana mostrando al lector toda la crudeza de la que somos capaces.


La peste escarlata (1912)

Jack London (1876-1916)

   La epidemia aparece en el año 2013. Han transcurrido sesenta años (2073): «Soy la única persona viva que vivió en esos tiempos», afirma Granser, refiriéndose a la existencia de las monedas acuñadas. Este anciano convive con un grupo de jóvenes a los que intenta transmitir conocimientos que él conserva, aunque tal empeño tropieza con la indiferencia de una generación cuyo vocabulario es tan pobre que apenas entendían al viejo. Cuenta Granser, mientras dan buena cuenta de unos cangrejos, que tras la epidemia, San Francisco pasó de cuatro millones de habitantes a sólo cuarenta y que ése mal volvía de color escarlata todo el rostro y el cuerpo en sólo una hora.

Pero hay unos aspectos que me permito destacar por hallar en ellos alguna que otra similitud con una experiencia a la que fuimos sometidos no hace tanto tiempo: ¿Recuerda el año 2020 y siguientes. Qué decir del comité de expertos, fenómeno paranormal donde los haya. Y qué decir de la censura a toda información que discrepa del relato oficial?, porque en la novela como durante la Primera Guerra Mundial (la epidemia de gripe), los gobernantes dicen poseer la verdad y toda la verdad.

En el texto de London se narra cómo se organiza la Junta de Magnates que controlaban todo, incluida la elección del presidente. También se cuenta que tres años antes de la eclosión pandémica (2010) la población mundial había alcanzado la cifra de 8.000 millones ¿Le suena el reto demográfico? En un determinado momento, Granser, que antes de la barbarie era James Howard Smith, profesor de Literatura, afirma: «La raza humana está condenada a retroceder cada vez más en la noche primitiva antes de que comience su sangriento ascenso hacia la civilización».


Metrópolis (1925)

Thea von Harbou (1888-1954)

   Quien fuera esposa del director de cine Fritz Lang, figura central del expresionismo alemán, escribe una de las historias más inquietantes, cuya versión cinematográfica es fiel al espíritu literario.

Metrópolis es una ciudad de la prisa razonada y metódica descrita en un texto donde existe una constante: la presencia de Dios al que «no puedes robarle nada, pero sí al hombre», si bien, comparte espacio con figuras de la superchería. Mientras tanto, Freder, el hijo del dios humano que controla la urbe, es dominado por la fiebre «cuando tocaba el órgano llamando a Dios»; también mantiene una relación especial frente el artilugio que todo lo controla: «Nada en la tierra es más vengativo que los celos de una máquina que se juzga desdeñada». Él observa las legiones de trabajadores que marchan en ordenadas filas hasta encontrarse con los artilugios del que no se despegan ni un sólo instante. El palpitar mecánico marca el compás de una existencia atrapada. Han dejado de ser hombres para convertirse en esos engranajes intercambiables. Simples despojos humanos. ¿Qué es Metrópolis?¿Acaso el resultado de una mala digestión o únicamente un lugar desde el que el amo confirmaba, un día sí y otro también, que el sacrificio de un deseo le era algo desconocido?

¿Hemos superado tal ecosistema o ello es imposible porque la posibilidad sólo está al alcance de la ficción?


La naranja mecánica (1962)

Anthony Burgess (1917-1993)

   Alex tiene quince años y lidera una banda de hijos de puta que pasan un rato en el Bar Lácteo Korova mientras piensan cómo emplear su precioso tiempo. Pasean por las oscuras calles y si la suerte sonríe, parten cráneos. A veces, allanan viviendas con sus ocupantes dentro: A ella la violan y a él, que casualmente es escritor, le rompen hasta el alma.

Tal vez porque su esposa vivió en carne propia lo que es ser una víctima cuando en 1944 fue violada por cuatro soldados estadounidenses en las calles de Londres, Burgess traslada al papel la experiencia traumática para contar esta historia, A pesar de lo ocurrido, dicen que el escritor británico estaba convencido de que todo criminal podía redimirse ¿Qué pensaría ahora viendo cómo está Gran Bretaña?

¿Alex pensaba sobre qué motivaba la maldad cuando [al poder] no le preocupa saber cuál es la causa de la bondad?, pues bien, el chaval se despacha con un «Yo soy cliente del otro negocio».


Ensayo sobre la ceguera (1995)

José Saramago (1922-2010)

   Cuando no hay peor ciego que el que no quiere ver ¿es el momento ideal para la entrada en acción del tuerto? De momento, uno a uno, los personajes ‘ven’ cómo se les mete por los «ojos adentro un mar de leche». Lo que parece un hecho anecdótico se irá transformando en una hecatombe, pero los gobernantes de turno que aún ven, recluyen en un antiguo manicomio a esos otros que son un peligro para el resto de la comunidad, ¡El bien común!, gritarán.

¿Cómo se comportarán los humanos del otro lado del muro?, tiene una respuesta conocida: Depredadores sin la obligación de mancharse las manos, sin conciencia moral. Resulta que los ciegos ‘verán’ cosas desconocidas hasta entonces… o descubrirán que «ya éramos ciegos en el momento en que perdimos la vista».

Otras dos novelas requieren su presencia, la primera escrita por George Orwell (1903-1950), Mil novecientos ochenta y cuatro (1949) y luego está Sumisión (2015) de Michel Houellebecq (1956). Separadas por sesenta y seis años, son un ejemplo sin refutación posible, del escritor que carece de ombligo (o jamás lo tuvo en cuenta); del autor que en lugar de instalarse en verdes prados y deleitarse con el trinar del jilguero mientras acarician su despejada testa y se balancea en una hamaca. Ellos optaron por otro tipo de observación, reflexionaron sin miedo al qué dirán, se cabrearon o hasta montaron en cólera. Ni el británico ni el francés han elucubrado sobre la llegada de seres del más allá que nos legarán todos sus conocimientos para que podamos avanzar hacia la Arcadia, ni siquiera Stephen Hawking se creía el cuento del marciano bueno, y no sé por qué demonios me asalta el recuerdo del insoportable Rousseau.

   En definitiva, el postapocalipsis y la distopía se desarrollan entre nosotros con toda la crudeza, por tanto, ¿Qué sentido tiene acudir a la factoría hollywoodiense, salvo que se pretenda huir de la realidad y de sus conocidos sofocos porque la vida es tan bella? O se puede ser un idiota sin las virtudes antes descritas.


lunes, 8 de junio de 2026

𝗦𝗮𝗹𝗮𝗺𝗮𝗻𝗰𝗮 𝘆 𝗽𝘂𝗻𝘁𝗼

 










   Presenciamos atónitos, casi desde tiempo inmemorial, al despliegue de un ‘conocimiento’ diluido en una maraña de complejos y vergüenzas sin fundamento que sustenta una corriente de opinión con dos caras. La primera sería aquélla cuyos adalides, simplemente, se niegan a asumir cualquier análisis que ponga en peligro una visión del mundo circundante que emana de fuentes, que según ellos, gozan de total credibilidad, y por tanto, manipulan y desprecian hasta la extenuación el discurso de quienes entienden que abrir las puertas y ventanas de la Historia es el mejor antídoto contra la ignorancia y el desprecio.

En referencia a los otros, que parecen detentar la mayoría de un cuerpo social inane, contemplamos su desplazamiento por el solar nacional abjurando de todo lo que no concorde con el discurso de sus mesías, y respondiendo que a ellos nadie los engaña. Eso sí, esta cara de la moneda destaca por un aspecto que congela la sangre: Detestan lo propio porque se niegan el conocimiento.

La Escuela de Salamanca (SEKOTIA, 2025) José Carlos Martín de la Hoz y León M. Gómez Rivas.

   Un aspecto fundamental que transmite esta obra radica en que quienes cimentaron la que se dio en llamar la Escuela de Salamanca fue la «renovación teológica, filosófica, económica y jurídica». ¿Y cómo lo hicieron?, pues regresando a las «fuentes de la revelación cristiana: Sagrada Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento», acudiendo sin intermediarios a las enseñanzas de santo Tomás, adaptando y aplicando su discurso a los «problemas doctrinales de su tiempo». Corre el siglo XVI y quienes están al frente de este realidad llevan por nombre Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano y Diego de Covarrubias, entre otros tantos que se adelantarán, no sólo a su tiempo, sino, y es ahí donde creo que se halla la clave de bóveda para un hombre del siglo XXI, y es que ellos dan respuesta a un compromiso moral con esta pregunta: ¿Qué habría sido de Occidente, teniendo en cuenta por los derroteros que transita actualmente, si la razón hubiera optado por seguir la senda de la autocomplacencia?

Huyendo de un comentario exhaustivo, porque los descubrimientos corresponden al lector, me referiré a tres aspectos que señalan Martín de la Hoz y Gómez Rivas y que tienen que ver con la creación de universidades en América, la querencia por el buenismo de Bartolomé de Las Casas y la defensa de los pobres que efectúa Domingo de Soto. En el primer caso destaca cómo la evangelización se involucra directamente cuando de esos centros de enseñanza se trata, pues quienes diseñan su implantación tienen como referencia ineludible a Francisco de Vitoria y por ende la institución académica salmantina. Pero hay más, los autores mencionan al obispo de Guatemala, Francisco Marroquín, que en una misiva dirigida a Felipe II, solicita al monarca «discípulos de la Escuela de Salamanca […] para que se hagan cargo de la institución que vendrá, y en la que hoy día sigue habiendo una representación de un aula» y de la figura de Francisco de Vitoria impartiendo clase. Añado algo más que resulta pertinente viendo estos tiempos de delirios precolombinos, así, se relata que de Vitoria era partidario de la inculturación y por tanto entendía que en las universidades americanas las clases debían impartirse en «las lenguas más comunes de América, pues se trataba de llegar al corazón y a la cabeza de los naturales».

   Ahora me referiré a Bernardo de Las Casas, encomendero un día, arrepentido después (de sabios es…) y algo tozudo en cuanto a cómo debía desarrollarse la evangelización, -que según él. debía ser pacífica-, hasta el punto que aplicó esa estrategia tras fundar «una misión en la actual Venezuela, donde había llevado a unas cuantas familias de Castilla que terminaron» siendo masacradas por los indios. Y en tercer lugar regreso a Bernardo de Soto y el análisis que lleva a efecto cuando se refiere a los menesterosos en Deliberación en la causa de los pobres (1545) donde aborda el «intento de algunas autoridades por limitar los movimientos del pueblo» y no sé porqué me vienen a la memoria ciertos episodios acaecidos no hace tanto tiempo, pero en fin, continuemos con el tema. Apuntan Martín de la Hoz y Gómez Rivas que fueron, tanto las cortes de Valladolid como las de Madrid, quienes solicitaron al rey que «prohibiese a los pobres salir de sus tierras para proveer sus necesidades», pero la respuesta de Carlos I fue que los que «pudiesen trabajar fuesen prohibidos mendigar […] y que los verdaderamente pobres, fuesen en sus obispados proveídos y procurados».

Por último, destaco cómo en el capítulo tercero de Deliberación… de Soto argumenta en relación a los haraganes, que es perniciosa la ociosidad y que «debe ser castigada, tanto por la ley divina como por la ley natural...», porque como decía Platón: «la ociosidad es la pestilencia de los mortales».

   Llegado el momento de la despedida, dejo constancia de una discrepancia en torno a una de las conclusiones con la que los autores cierran su interesante trabajo. Se refieren a cómo los «salmantinos se enfrentaron a los problemas de la pobreza y la emigración como también está sucediendo en la actualidad», y engarzan ese comentario con, entiendo, un optimismo desmedido, elucubrando que si Francisco de Vitoria anduviera por estos andurriales del tercer milenio estaría «cómodo en nuestra Unión Europea, liderando la construcción de una sociedad con raíces cristianas y abierta a todas las culturas». No parece que el discurrir de la obra europea vaya por tales derroteros, por tanto, de Vitoria tendría difícil que se respetara «esa cultural milenaria, que es la civilización occidental, viva desde hace más de dos mil años».

   Mientras recuerdo mis paseos por el claustro del salmantino Colegio Mayor Arzobispo Fonseca con el espíritu relajado y el alma en tránsito, no queda otra que zanjar esta pieza donde acaso he olvidado señalar aspectos relevantes, trascendentales o cruciales cuya génesis está localizada en la Escuela de Salamanca, pero no es menos cierto que leer despejará las dudas.


viernes, 1 de mayo de 2026

𝗦𝗶𝗹𝗹ó𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮𝘀

Cuando la muerte toma asiento











   El responsable de que usted esté leyendo esta pieza no es otro que Joseph Kesselring (1902-1967), un famoso dramaturgo a quien no se le ocurrió mejor idea que escribir Arsénico por compasión (1941), una obra de teatro de gran éxito en Broadway que unos años después gozó del buen hacer de Frank Capra, el cineasta que plasmó en la gran pantalla las peripecias de Mortimer Brewster (Gary Grant) y sus adorables y algo traviesas tías, Abby y Martha.

Y dado que para disfrutar -siempre optimista- del cine y el teatro se recomienda un asiento en condiciones y con una ubicación que evite diagonales, tanto en primera fila como en lo más profundo del patio de butacas, nada mejor que… tener suerte. Con respecto a la lectura, todo lo que no sea una posición vertical (princesa dixit) será una buena elección, porque un sillón con buenas vistas marca la diferencia entre parecer, estar y morir.

Cuando Mortimer, que andaba a la busca y captura del manuscrito de su nueva diatriba contra el matrimonio, grita «¡Hay un cadáver en el arcón!», transmite su sorpresa al espectador, cuya reacción natural no es otra que dar un respingo en su asiento y tras unos instantes de incertidumbre, llegan las explicaciones de la mano de la tía Abby. El finado se llama Hoskins que, lógicamente no se introdujo voluntariamente en el arcón para morir: «Se murió antes. Primero llegó [a casa] y luego se murió», porque un infarto lo sorprendió sentado en el salón.

Qué motivo impulsa a las tías a dar el pasaporte a doce hombres -copita de vino con arsénico mediante-, tiene una respuesta muy sencilla: «Ayudar a otros viejecitos solitarios a encontrar ese sosiego» que sólo se alcanza con la muerte. No me diga que las viejecitas no son una delicia.

Ahora bien, para que la historia de Kesselring despertara mis recuerdos del gran Julio Cortázar (1914-1984), sólo tuve que acudir a las Propiedades de un sillón (1962) que Jacinto tiene en su casa, un sillón para morirse, porque al igual que las ancianitas neoyorquinas, en el relato del argentino se hace patente la preocupación por los seres de provecta edad:

«Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón, que es un sillón como todos pero con una estrellita plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación y después va a sentarse en el sillón y se muere».

   No terminan aquí las posibilidades de morir sentado en una poltrona, por ejemplo en Instrucciones-Ejemplo sobre la forma de tener miedo (1962) se cuenta que en cierto pueblo escocés se venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen -inquietante, ¿verdad?-, de tal manera que si «un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere». Aquí se plantea un dilema de proporciones enciclopédicas, casi un cara o cruz en pos de la supervivencia de la literatura: Leer y morir. ¡Acabar con las páginas en blanco!, mas, ¿cómo arrasar con una superficie virginal cuando de su existencia depende sentarnos en un sillón para leer? Desgraciadamente, aquí no terminan las angustias de este humilde servidor, que dispuesto a desentrañar los recovecos de un sillón, continuó indagando en la obra de quien fue capaz de dar La vuelta al día en ochenta mundos (1967) llegando hasta Bestiario donde en el relato titulado Ómnibus (1951), se describe el terror de dos pasajeros, que sentados según marcan las normas del transporte de viajeros por carretera, observan la forma tan obscena de ser escrutados por el resto del pasaje, unos tipos infames a quienes un ramo de flores parece que les ha investido de una superioridad moral jamás vista.

   Escribiendo, sentado en una butaca, silla de tijeras o lo que sea, y frente a él su Remington y sus sonidos, pasan nubes, se posan hojas sobre duras superficies, caen gotas que antes han dejado un rastro sobre sucios cristales. La urbe donde ocurre esto es lo de menos, pero digamos que es París. Michel ha salido de paseo dejando en casa los textos para que reposen y fija su atención en dos figuras humanas ¿vivas?, una seguro que sí, de la otra y otra más que aparecerá en algún momento, de esas dos quedan pocos vestigios vitales, al menos de aquellos que no provocan la náusea. Sigo con Cortázar y con Michel que ahora se apoya en un muro -que no es un sillón, pero casi-, observa, repaso Las babas del diablo (1959): «Uno de nosotros tiene que escribir, si esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto». Cómo no sentir repulsión al recordar a Sartre y Beauvoir y su mísera existencia de vicios y perversiones.

«Esa mujer no estaba ahí por ella misma […] el verdadero amo esperaba, no era el primero que mandaba a una mujer a la vanguardia, a traerle los prisioneros maniatados con flores». Y ese prisionero al que Michel ha localizado está al filo de los catorce años y quedó prendado de la mujer que «esperaba esto porque estaba ahí para esperar eso».

   Pasamos de la sordidez parisina a un tipo al que la «ilusión novelesca lo ganó casi enseguida» cuya historia se desarrolla en Continuidad de los parques (1956). El susodicho anda arrellanado en su sillón favorito, siempre «de espaldas a la puerta» que molestaba su concentración literaria. Sumergido hasta una profundidad abisal, él pasa por alto algún que otro detalle de esos que cuestan… Mas hete aquí que la puñetera puerta antes señalada, y «entonces el puñal en la mano, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela». Si esto le parece poco, damos el último garbeo por París contemplado desde El sillón maldito (1910), obra que firma Gaston Leroux (1868-1927), las peripecias de unos aterrorizados académicos: ¡«Hace seis mil años, caballeros, que la venganza divina encadenó a Prometeo a su muerte»!, «¡Así pues, no soy de los que temen la furia de los hombres», dijo Maxime d’Aulnay, que apenas había pronunciado esas palabras se desplomó ante la mirada aterrada de los presentes. Y es que la historia gira alrededor de la elección de quién debe sustituir a un venerado miembro de la Academia Francesa, del afortunado que ocupará el sillón vacante. Palmarán los siguientes candidatos e incluso se postula para tamaña hazaña un tipo que no sabe leer, aunque existe constancia de que se sienta para otros menesteres.

El desarrollo de la historia ofrece más, pero acabo con una afirmación del secretario perpetuo de la institución gabacha con la que pretende exorcizar el terror que atenaza a la ciudad de la luz (¡tópico!): «Cuando uno es inmortal, lo es hasta la muerte»

A veces la literatura de ficción; a veces la ficción que se asemeja a la realidad… A veces basta un sillón con vistas.


viernes, 17 de abril de 2026

𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗲𝗹 𝗳𝗼𝗻𝗱𝗼 𝘆 𝗺á𝘀 𝗮𝗹𝗹á

 









«No podríamos haber tenido civilización sin la intoxicación».


   Y en China se pusieron en marcha alrededor del año 7000 a.C. dándole al pimple como si no hubiera un mañana, porque ellos no sabían que habría otro día y otro; un milenio seguiría a otro y así hasta nuestros días, con tal buena fortuna, que hemos desarrollado unos codos a prueba de raqueta (!). Somos unos tipos la mar de divertidos con un ADN al que le importa un tapón lo mal que nos vaya por el repollo (hígado para los expertos). La evolución ha hecho de nosotros un ¡hip! con pausas para otros menesteres.

Borrachos (Deusto, 2022) Edward Slingerland.

En la literatura de ficción se habla mucho de borrachos, tanto, que los géneros negro y policial han explotado la figura del detective beodo hasta el límite de generar un hastío por esos tipos y su miserable existencia, pero no así por los brebajes que invanden su anatomía, porque eso es otra historia que Slingerland desarrolla con pelos y señales a lo largo de un texto, que siendo sincero, ha provocado que me pregunte cuál es el sentido de la vida.


«Eche, amigo, más champán

Que todo mi dolor bebiendo quiero ahogar

Y si la ven, amigos, díganle

que ha sido por su amor que mi vida ya se fue».


   La respuesta musical corresponde a Los Panchos mientras que a la corteza prefrontal le toca bailar otro ritmo en el que Dionisio y Apolo andan a la gresca por ver quién de ellos se apodera de una vez de nuestros restos, que todavía calientes, se debaten entre la autodestrucción y el mayor de los aburrimientos evolutivos. Mientras tanto, una breve nota de cómo se lo tomaba Fórmula V en 1974.


«En la fiesta de Blas. En la fiesta de Blas.

Todo el mundo salía con unas 

cuantas copas de más».


   En esto de la afición por el trinqui, los humanos se han tomado su tiempo (y sus copas) hasta alcanzar la excelencia pero sin olvidar que al bicho hay que tenerlo embridado, porque de lo contrario se nos puede salir del plato y montar el pollo con esas gafas cerveceras que distorsionan todo lo que ven. Porque cuando el pico se calienta… que lo cuente Palito Ortega.


«Que chabocha la chevecha que che chube a la cabecha

Anda chava chube y chirve otro bacho de chevecha».


   Habla el autor de la confianza entre los individuos y cómo en la China antigua, la misma se alcanzaba sólo cuando quienes participaban en actos de gran relevancia social estaban completamente borrachos. Pero no hace falta ser un sinólogo de reconocido prestigio para reconocer que en estos tiempos de plandemias, fenómenos meteorológicos inexistentes y vuelos espaciales que provocan la risa, ponerse fino, sea con vino, cerveza o bebidas destiladas, allana el camino entre personas que no se conocían; de otras que parecía que eran conocidas y de aquéllas que parecían reconocerse hasta en los andares, aunque la iluminación no fuera la mejor, pero a quienes la vida separó de forma abrupta. Los Coquillos dixit.


«Borracho hasta el amanecer

Sigo el método Stanislavki de interpretación

Únicamente preciso de una botella de ron Artemi

Un enyesque de queso de Guía y, por supuesto, tu ausencia».


Este libro se presta a la reflexión, tiene datos, sorpresas, alguna que otra tontería y mucho, mucho alcohol para el que el mundo anglosajón, donde el puritanismo se pasea con aires de altivez, no está preparado porque nunca ha sabido dar sentido al espacio por antonomasia para el bebetorio, el bar…


«Bares, qué lugares tan gratos para conversar

Jefe, no se queje y sirva otra copita más

No hay como el calor del amor en un bar»


miércoles, 1 de abril de 2026

𝗦𝗶𝗻𝗳𝗼𝗻í𝗮 𝗴𝗮𝗹𝗱𝗼𝘀𝗶𝗮𝗻𝗮


 








   He leído a Pérez Galdós disfrutando de su prosa inigualable y descubriendo la profundidad de sus personajes diseccionados con la maestría del artesano que desbasta la otrora pieza deforme de donde emerge la imagen de la vida. Leo al gran maestro de las letras modernas y quedo conmocionado. Y tal vez, a partir de ahora, ‘escucharé' con más atención las sinfonías presentes en parte de su obra.

Beethoven y Galdós. Vidas paralelas (VERBUM, 2025) de Marta Vela.

Confieso mi sorpresa cuando tuve conocimiento de la existencia del trabajo realizado por Marta Vela, cuyo proceso de investigación queda patente en las casi doscientas páginas, porque siendo consciente de la querencia de don Benito por la música no había reparado en las, nunca mejor dicho, claves que salpican las páginas del insigne literato universal, Pero claro, la autora es pianista, profesora universitaria y musicóloga, y yo…

   Es justo reconocer que Vela despliega su saber pedagógico a lo largo y ancho de la obra; ofrece las claves para que los neófitos puedan apreciar el engarce entre la historia (literatura) y la elección musical de Galdós; no es menos cierto que para los duchos en la materia que atesoran las partituras que salpican el ensayo, la lectura ofrece otra perspectiva. Como ejemplo de lo dicho, Vela afirma que Pérez Galdós teorizó en torno a la asociación entre la música y narración, «inspirado en la tensión psicológica de la obra beethoveniana», recordando un pasaje de Electra «La buena música es como una espuela de las ideas perezosas que no fluyen fácilmente; es también el gancho que saca las que están muy agarradas en el fondo del magín»Y esa concordancia simbólica entre literatura y música, alcanzará, afirma la autora, «una de sus cimas en el texto teatral Amor y ciencia, donde Galdós presentaba sobre las tablas un pasaje de la Novena Sinfonía» del compositor germano.

   Siendo fiel a la costumbre de este espacio literario en torno a mostrar algunos aspectos de la obra protagonista del momento y dejar que sea el lector, si así lo decide, quien descubra la totalidad, llega el instante de la despedida, pero eso será cuando corresponda (!). De momento, me referiré al alegato final de Marta Vela al referirse al compromiso de Pérez Galdós con una educación universal en «favor del conjunto de la sociedad, desde las clases acomodadas hasta los colectivos más vulnerables», sin que pueda obviarse la importancia de su denuncia por el papel al que se veían sometidas las mujeres, mujeres cuyo protagonismo en la obra galdosiana, como sabe cualquiera que haya prestado atención a la producción del maestro, no tiene nada de anecdótico. Afirma la también directora de orquesta, que tras el acceso universal a la educación «logrado al fin en buena parte de las sociedades occidentales durante la segunda mitad del siglo XX», nos hallamos ante una paradoja sangrante que se materializa, según Vela, «con la actual renuncia a los valores ilustrados por buena parte de un espectro político rojo y feroz, que arroja de la mujer la triste imagen de un ser inferior».

   Aunque puedan llamarme de todo menos bonito, aprovecho uno de los apuntes finales del ensayo: «[Beethoven y Galdós], pródigos en discretos amoríos, eternos solteros...», y en el caso del escritor grancanario, los personajes femeninos que nos ofrece su producción literaria destacan sobremanera. Y así, me permito señalar contra la corriente establecida, -salpicada de tópicos, meñiques en pie de guerra e impertinencias varias, y porque creo que es de justicia-, el nombre de dos mujeres que marcaron la existencia de Benito Pérez Galdós más allá de cualquier duda: doña Lorenza Cobián González, madre del único hijo, María Pérez Galdós Cobián.

Tal fue la impronta de Lorenza, que reproduzco este comentario: «A mí no se me escapa que fue mi bisabuela los ojos y oídos de mi bisabuelo en Madrid y muchos de sus personajes nacieron de la boca de mi bisabuela». ¿Y quién puede afirmar de esta forma tan contundente la importancia capital de tal dama? Es muy fácil, se trata de Luis Verde Muntan, bisnieto de Lorenza y Pérez Galdós.

En torno a la otra gran señora, ésta fue Teodosia Gandarias Landete y no creo que sea una nota disonante caída en desgracia desde un pentagrama. A ella se refiere uno de los grandes estudiosos de la obra galdosiana, Germán Gullón (1945-2025) quien en la mejor biografía publicada hasta ahora, Galdós, maestro de las letras modernas dice de ella que «esta mujer sensata, instruida, equilibrada, le ayudaría a vadear los años finales de su vida», y también que él compartió con Teodosia sus trabajos literarios, según narra Gullón, «ella colaboró en Casandra, en Pedro Minio, en Alceste, en Amadeo I, en Cánovas y en El caballero encantado».

La ‘partitura’ literaria y los pentagramas está ahí para deleite general: Don Benito y Herr Ludwig, eternos.


lunes, 16 de marzo de 2026

𝗔𝗻𝘁í𝗴𝗼𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘅𝗶𝘁

 










   Esta reseña no es un alegato feminista ni una exaltación de cualidades reservadas a las mujeres como si hablásemos de un arcano. Aquí destaca la narradora cuya prosa deslumbra y que cuán teórico personaje secundario, le come la tostada a la estrella.

No obstante, y ante la posibilidad que la autoría de las cartas que se reproducen en el libro objeto de esta reseña no sea la señalada (extremo que me importa un rábano) que sea Roca Barea quien ponga el punto y final a este asunto:

«Si Antígona no existió, mereció existir, y lo que ella cuenta es tan cierto o más que la historia oficial que se construyó luego, a la mayor gloria de Emiliano y sus partidarios».

Ingrata patria (Espasa, 2025) de Elvira Roca Barea.

   Antígona de Mileto ha pasado por la existencia de un hombre nacido en el siglo XX, que ha fichado todos los días de los veinticinco años de aquesta vigésima primera centuria, y cuya perplejidad ante los acontecimientos de los que es testigo vuelve a encontrar la génesis de éstos en la Roma de hace 2126 años, gracias al empeño investigador de Elvira Roca Barea. Y aunque su intención fuera resaltar la figura de Cornelia Menor, hija de Escipión el Africano y madre de Tiberio y Cayo Sempronio Graco, desde mi punto de vista he quedado atrapado por la figura de la esclava griega, sin que ello me impida reconocer la valía de Cornelia.

Mucho se habla en literatura, sobre todo en la ficción, de la figura del narrador: que si omnisciente, impertinente o petimetre, pero cuando nos encontramos ante el testigo de hechos históricos; cuando nos hallamos frente a una mente despejada que desplegó todo su arsenal intelectual para atesorar las vivencias de una época en la historia de la República romana, es en tal punto, donde hay que despejar la testa en señal de respeto.

¿Qué hace Antígona para que la gran historia de la familias Escipión y Tiberio Sempronio Graco, de «inmortal memoria», no fueran pasto del olvido, pues encargar la redacción de los Annales Corneliae a un tal Andronio de Mileto ¡la familia!, a quien en uno de sus enfados monumentales ante la tardanza en remitir los capítulos, califica de esta manera tan ¿helena?: «Como llevas esa vida miserable de pedagogus con ínfulas, quiero decir que sé perfectamente que sólo te tratas con taberneros, gladiadores y otros griegos […] tan muertos de hambre o más que tú...».

   Las sucesivas cartas que nuestra protagonista redacta describiendo el compromiso de la familia patricia con el avance y la supervivencia de Roma tiene momentos de este estilo: «Para Tiberio Sempronio Graco, esposo de Cornelia, no tenía sentido que se hicieran normas y que luego los magistrados no emplearan su tiempo en que se obedecieran», un apunte tan contemporáneo que pone los pelos de punta. Y qué decir del vástago mayor de Cornelia, Tiberio: «La retórica sin ética es un vano ornamento no sólo detestable sino peligroso».

   Este intenso amén de extraordinario trabajo, (cuyo descubrimiento íntegro dejo en sus manos), de la también autora de Imperiofobia, esconde un sinfín de perlas que, en su caso, sirven para anclar a quien las descubra en sus orígenes que están en estos lares y no entre lejanas montañas y costosos viajes de descubrimiento personal, cuyo recuerdo en algunos casos se limitará a unas fotos, problemas gástricos y un inolvidable escozor, así que concluyo con este bofetón de Antígona al insoportable pedagogo: «Cuídate de la impiedad propia de tu generación, que ha dado en creer que los humanos pueden ser como dioses». Ave atque vale.