lunes, 8 de junio de 2026

𝗦𝗮𝗹𝗮𝗺𝗮𝗻𝗰𝗮 𝘆 𝗽𝘂𝗻𝘁𝗼

 










   Presenciamos atónitos, casi desde tiempo inmemorial, al despliegue de un ‘conocimiento’ diluido en una maraña de complejos y vergüenzas sin fundamento que sustenta una corriente de opinión con dos caras. La primera sería aquélla cuyos adalides, simplemente, se niegan a asumir cualquier análisis que ponga en peligro una visión del mundo circundante que emana de fuentes, que según ellos, gozan de total credibilidad, y por tanto, manipulan y desprecian hasta la extenuación el discurso de quienes entienden que abrir las puertas y ventanas de la Historia es el mejor antídoto contra la ignorancia y el desprecio.

En referencia a los otros, que parecen detentar la mayoría de un cuerpo social inane, contemplamos su desplazamiento por el solar nacional abjurando de todo lo que no concorde con el discurso de sus mesías, y respondiendo que a ellos nadie los engaña. Eso sí, esta cara de la moneda destaca por un aspecto que congela la sangre: Detestan lo propio porque se niegan el conocimiento.

La Escuela de Salamanca (SEKOTIA, 2025) José Carlos Martín de la Hoz y León M. Gómez Rivas.

   Un aspecto fundamental que transmite esta obra radica en que quienes cimentaron la que se dio en llamar la Escuela de Salamanca fue la «renovación teológica, filosófica, económica y jurídica». ¿Y cómo lo hicieron?, pues regresando a las «fuentes de la revelación cristiana: Sagrada Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento», acudiendo sin intermediarios a las enseñanzas de santo Tomás, adaptando y aplicando su discurso a los «problemas doctrinales de su tiempo». Corre el siglo XVI y quienes están al frente de este realidad llevan por nombre Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano y Diego de Covarrubias, entre otros tantos que se adelantarán, no sólo a su tiempo, sino, y es ahí donde creo que se halla la clave de bóveda para un hombre del siglo XXI, y es que ellos dan respuesta a un compromiso moral con esta pregunta: ¿Qué habría sido de Occidente, teniendo en cuenta por los derroteros que transita actualmente, si la razón hubiera optado por seguir la senda de la autocomplacencia?

Huyendo de un comentario exhaustivo, porque los descubrimientos corresponden al lector, me referiré a tres aspectos que señalan Martín de la Hoz y Gómez Rivas y que tienen que ver con la creación de universidades en América, la querencia por el buenismo de Bartolomé de Las Casas y la defensa de los pobres que efectúa Domingo de Soto. En el primer caso destaca cómo la evangelización se involucra directamente cuando de esos centros de enseñanza se trata, pues quienes diseñan su implantación tienen como referencia ineludible a Francisco de Vitoria y por ende la institución académica salmantina. Pero hay más, los autores mencionan al obispo de Guatemala, Francisco Marroquín, que en una misiva dirigida a Felipe II, solicita al monarca «discípulos de la Escuela de Salamanca […] para que se hagan cargo de la institución que vendrá, y en la que hoy día sigue habiendo una representación de un aula» y de la figura de Francisco de Vitoria impartiendo clase. Añado algo más que resulta pertinente viendo estos tiempos de delirios precolombinos, así, se relata que de Vitoria era partidario de la inculturación y por tanto entendía que en las universidades americanas las clases debían impartirse en «las lenguas más comunes de América, pues se trataba de llegar al corazón y a la cabeza de los naturales».

   Ahora me referiré a Bernardo de Las Casas, encomendero un día, arrepentido después (de sabios es…) y algo tozudo en cuanto a cómo debía desarrollarse la evangelización, -que según él. debía ser pacífica-, hasta el punto que aplicó esa estrategia tras fundar «una misión en la actual Venezuela, donde había llevado a unas cuantas familias de Castilla que terminaron» siendo masacradas por los indios. Y en tercer lugar regreso a Bernardo de Soto y el análisis que lleva a efecto cuando se refiere a los menesterosos en Deliberación en la causa de los pobres (1545) donde aborda el «intento de algunas autoridades por limitar los movimientos del pueblo» y no sé porqué me vienen a la memoria ciertos episodios acaecidos no hace tanto tiempo, pero en fin, continuemos con el tema. Apuntan Martín de la Hoz y Gómez Rivas que fueron, tanto las cortes de Valladolid como las de Madrid, quienes solicitaron al rey que «prohibiese a los pobres salir de sus tierras para proveer sus necesidades», pero la respuesta de Carlos I fue que los que «pudiesen trabajar fuesen prohibidos mendigar […] y que los verdaderamente pobres, fuesen en sus obispados proveídos y procurados».

Por último, destaco cómo en el capítulo tercero de Deliberación… de Soto argumenta en relación a los haraganes, que es perniciosa la ociosidad y que «debe ser castigada, tanto por la ley divina como por la ley natural...», porque como decía Platón: «la ociosidad es la pestilencia de los mortales».

   Llegado el momento de la despedida, dejo constancia de una discrepancia en torno a una de las conclusiones con la que los autores cierran su interesante trabajo. Se refieren a cómo los «salmantinos se enfrentaron a los problemas de la pobreza y la emigración como también está sucediendo en la actualidad», y engarzan ese comentario con, entiendo, un optimismo desmedido, elucubrando que si Francisco de Vitoria anduviera por estos andurriales del tercer milenio estaría «cómodo en nuestra Unión Europea, liderando la construcción de una sociedad con raíces cristianas y abierta a todas las culturas». No parece que el discurrir de la obra europea vaya por tales derroteros, por tanto, de Vitoria tendría difícil que se respetara «esa cultural milenaria, que es la civilización occidental, viva desde hace más de dos mil años».

   Mientras recuerdo mis paseos por el claustro del salmantino Colegio Mayor Arzobispo Fonseca con el espíritu relajado y el alma en tránsito, no queda otra que zanjar esta pieza donde acaso he olvidado señalar aspectos relevantes, trascendentales o cruciales cuya génesis está localizada en la Escuela de Salamanca, pero no es menos cierto que leer despejará las dudas.