viernes, 17 de abril de 2026

𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗲𝗹 𝗳𝗼𝗻𝗱𝗼 𝘆 𝗺á𝘀 𝗮𝗹𝗹á

 









«No podríamos haber tenido civilización sin la intoxicación».


   Y en China se pusieron en marcha alrededor del año 7000 a.C. dándole al pimple como si no hubiera un mañana, porque ellos no sabían que habría otro día y otro; un milenio seguiría a otro y así hasta nuestros días, con tal buena fortuna, que hemos desarrollado unos codos a prueba de raqueta (!). Somos unos tipos la mar de divertidos con un ADN al que le importa un tapón lo mal que nos vaya por el repollo (hígado para los expertos). La evolución ha hecho de nosotros un ¡hip! con pausas para otros menesteres.

Borrachos (Deusto, 2022) Edward Slingerland.

En la literatura de ficción se habla mucho de borrachos, tanto, que los géneros negro y policial han explotado la figura del detective beodo hasta el límite de generar un hastío por esos tipos y su miserable existencia, pero no así por los brebajes que invanden su anatomía, porque eso es otra historia que Slingerland desarrolla con pelos y señales a lo largo de un texto, que siendo sincero, ha provocado que me pregunte cuál es el sentido de la vida.


«Eche, amigo, más champán

Que todo mi dolor bebiendo quiero ahogar

Y si la ven, amigos, díganle

que ha sido por su amor que mi vida ya se fue».


   La respuesta musical corresponde a Los Panchos mientras que a la corteza prefrontal le toca bailar otro ritmo en el que Dionisio y Apolo andan a la gresca por ver quién de ellos se apodera de una vez de nuestros restos, que todavía calientes, se debaten entre la autodestrucción y el mayor de los aburrimientos evolutivos. Mientras tanto, una breve nota de cómo se lo tomaba Fórmula V en 1974.


«En la fiesta de Blas. En la fiesta de Blas.

Todo el mundo salía con unas 

cuantas copas de más».


   En esto de la afición por el trinqui, los humanos se han tomado su tiempo (y sus copas) hasta alcanzar la excelencia pero sin olvidar que al bicho hay que tenerlo embridado, porque de lo contrario se nos puede salir del plato y montar el pollo con esas gafas cerveceras que distorsionan todo lo que ven. Porque cuando el pico se calienta… que lo cuente Palito Ortega.


«Que chabocha la chevecha que che chube a la cabecha

Anda chava chube y chirve otro bacho de chevecha».


   Habla el autor de la confianza entre los individuos y cómo en la China antigua, la misma se alcanzaba sólo cuando quienes participaban en actos de gran relevancia social estaban completamente borrachos. Pero no hace falta ser un sinólogo de reconocido prestigio para reconocer que en estos tiempos de plandemias, fenómenos meteorológicos inexistentes y vuelos espaciales que provocan la risa, ponerse fino, sea con vino, cerveza o bebidas destiladas, allana el camino entre personas que no se conocían; de otras que parecía que eran conocidas y de aquéllas que parecían reconocerse hasta en los andares, aunque la iluminación no fuera la mejor, pero a quienes la vida separó de forma abrupta. Los Coquillos dixit.


«Borracho hasta el amanecer

Sigo el método Stanislavki de interpretación

Únicamente preciso de una botella de ron Artemi

Un enyesque de queso de Guía y, por supuesto, tu ausencia».


Este libro se presta a la reflexión, tiene datos, sorpresas, alguna que otra tontería y mucho, mucho alcohol para el que el mundo anglosajón, donde el puritanismo se pasea con aires de altivez, no está preparado porque nunca ha sabido dar sentido al espacio por antonomasia para el bebetorio, el bar…


«Bares, qué lugares tan gratos para conversar

Jefe, no se queje y sirva otra copita más

No hay como el calor del amor en un bar»


miércoles, 1 de abril de 2026

𝗦𝗶𝗻𝗳𝗼𝗻í𝗮 𝗴𝗮𝗹𝗱𝗼𝘀𝗶𝗮𝗻𝗮


 








   He leído a Pérez Galdós disfrutando de su prosa inigualable y descubriendo la profundidad de sus personajes diseccionados con la maestría del artesano que desbasta la otrora pieza deforme de donde emerge la imagen de la vida. Leo al gran maestro de las letras modernas y quedo conmocionado. Y tal vez, a partir de ahora, ‘escucharé' con más atención las sinfonías presentes en parte de su obra.

Beethoven y Galdós. Vidas paralelas (VERBUM, 2025) de Marta Vela.

Confieso mi sorpresa cuando tuve conocimiento de la existencia del trabajo realizado por Marta Vela, cuyo proceso de investigación queda patente en las casi doscientas páginas, porque siendo consciente de la querencia de don Benito por la música no había reparado en las, nunca mejor dicho, claves que salpican las páginas del insigne literato universal, Pero claro, la autora es pianista, profesora universitaria y musicóloga, y yo…

   Es justo reconocer que Vela despliega su saber pedagógico a lo largo y ancho de la obra; ofrece las claves para que los neófitos puedan apreciar el engarce entre la historia (literatura) y la elección musical de Galdós; no es menos cierto que para los duchos en la materia que atesoran las partituras que salpican el ensayo, la lectura ofrece otra perspectiva. Como ejemplo de lo dicho, Vela afirma que Pérez Galdós teorizó en torno a la asociación entre la música y narración, «inspirado en la tensión psicológica de la obra beethoveniana», recordando un pasaje de Electra «La buena música es como una espuela de las ideas perezosas que no fluyen fácilmente; es también el gancho que saca las que están muy agarradas en el fondo del magín»Y esa concordancia simbólica entre literatura y música, alcanzará, afirma la autora, «una de sus cimas en el texto teatral Amor y ciencia, donde Galdós presentaba sobre las tablas un pasaje de la Novena Sinfonía» del compositor germano.

   Siendo fiel a la costumbre de este espacio literario en torno a mostrar algunos aspectos de la obra protagonista del momento y dejar que sea el lector, si así lo decide, quien descubra la totalidad, llega el instante de la despedida, pero eso será cuando corresponda (!). De momento, me referiré al alegato final de Marta Vela al referirse al compromiso de Pérez Galdós con una educación universal en «favor del conjunto de la sociedad, desde las clases acomodadas hasta los colectivos más vulnerables», sin que pueda obviarse la importancia de su denuncia por el papel al que se veían sometidas las mujeres, mujeres cuyo protagonismo en la obra galdosiana, como sabe cualquiera que haya prestado atención a la producción del maestro, no tiene nada de anecdótico. Afirma la también directora de orquesta, que tras el acceso universal a la educación «logrado al fin en buena parte de las sociedades occidentales durante la segunda mitad del siglo XX», nos hallamos ante una paradoja sangrante que se materializa, según Vela, «con la actual renuncia a los valores ilustrados por buena parte de un espectro político rojo y feroz, que arroja de la mujer la triste imagen de un ser inferior».

   Aunque puedan llamarme de todo menos bonito, aprovecho uno de los apuntes finales del ensayo: «[Beethoven y Galdós], pródigos en discretos amoríos, eternos solteros...», y en el caso del escritor grancanario, los personajes femeninos que nos ofrece su producción literaria destacan sobremanera. Y así, me permito señalar contra la corriente establecida, -salpicada de tópicos, meñiques en pie de guerra e impertinencias varias, y porque creo que es de justicia-, el nombre de dos mujeres que marcaron la existencia de Benito Pérez Galdós más allá de cualquier duda: doña Lorenza Cobián González, madre del único hijo, María Pérez Galdós Cobián.

Tal fue la impronta de Lorenza, que reproduzco este comentario: «A mí no se me escapa que fue mi bisabuela los ojos y oídos de mi bisabuelo en Madrid y muchos de sus personajes nacieron de la boca de mi bisabuela». ¿Y quién puede afirmar de esta forma tan contundente la importancia capital de tal dama? Es muy fácil, se trata de Luis Verde Muntan, bisnieto de Lorenza y Pérez Galdós.

En torno a la otra gran señora, ésta fue Teodosia Gandarias Landete y no creo que sea una nota disonante caída en desgracia desde un pentagrama. A ella se refiere uno de los grandes estudiosos de la obra galdosiana, Germán Gullón (1945-2025) quien en la mejor biografía publicada hasta ahora, Galdós, maestro de las letras modernas dice de ella que «esta mujer sensata, instruida, equilibrada, le ayudaría a vadear los años finales de su vida», y también que él compartió con Teodosia sus trabajos literarios, según narra Gullón, «ella colaboró en Casandra, en Pedro Minio, en Alceste, en Amadeo I, en Cánovas y en El caballero encantado».

La ‘partitura’ literaria y los pentagramas está ahí para deleite general: Don Benito y Herr Ludwig, eternos.