Denostar a las gallinas acus谩ndolas de llevar una vida licenciosa es como si se afirmara que algunas mujeres, por no cortarse un pelo en sus relaciones con hombres, resultan unos seres que merecen todo lo malo que les pase. Sin embargo, cuando se habla de los hombres, parece que llevar la bragueta a media asta es la constataci贸n de su estado natural. Pues ni lo uno ni lo otro, aunque si nos ponemos estupendos ¿ser铆a causa de reproche social defender la pervivencia de los pendones, mujeres de moral distra铆da y hombres, que sin ser gallegos, ignoramos si van o vienen?
Dicho lo anterior, empezamos con un refr谩n que viene al pelo pubiano: «Puta la madre, puta la hija y puta la manta que las cobija».
Burdeles, picaderos y lupanares (Almuzara, 2026) Javier Rioyo.
La novela objeto de esta pieza es un texto trufado con cierto aroma derrotista, con ese pu帽etero s铆ndrome noventayochista y dir铆a que apunta maneras negrolegendarias que tanto gustan a quienes, incluso afirman sin cortarse un pelo, que la Edad Media es un agujero tenebroso y de peor calidad que el de algunas se帽oritas de apertura r谩pida y cobro inmediato. Pero esto es s贸lo una opini贸n.
Adentr谩ndose en las entretelas, el autor recuerda que fueron los fenicios quienes introdujeron en el nonato solar patrio uno de los oficios m谩s antiguos de la humanidad (seguro que hay otro, pero a煤n no existe constancia documental) que no es otro que la prostituci贸n. Luego, la «organizamos con los griegos y la refinamos con los romanos». Hasta en esto, Espa帽a puede vanagloriarse de haber sido un crisol. Por cierto, que hablando de la ciudad de las siete colinas, Rioyo menciona a Julio C茅sar, que al parecer fue un putero y enamoradizo en ambas direcciones: «Quisiera ser el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos».
Es Burdeles, picaderos y lupanares, sobre todo, un recorrido por la historia del puter铆o en la urbe matritense. Madrid como un polo de atracci贸n para todo lo relacionado con las artes amatorias, que dicho as铆 resulta algo rom谩ntico pero traspasando el umbral de la manceb铆a, el color rosa se marchita.
Desde los Austria hasta los Borbones, se narra esa afici贸n por darle salida al asunto coital pero sin que la leg铆tima o el leg铆timo, que aqu铆 la igualdad andaba dando sus primeros pasos, sea el protagonista, de esta forma se consolidan los vicios privados y las p煤blicas virtudes.
Con una prosa de calidad, todo sea dicho, y un sentido del humor que tambi茅n, el autor traslada al lector por esas calles oscuras y luego con alumbrado p煤blico que en algunos casos son «barrancos del g茅nero femenino», expresi贸n quevedesca mediante. Cela tiene su espacio en este universo distra铆do del que da buena cuenta en V铆speras, festividad y octava de San Camilo del a帽o 1936 en Madrid prologado por Francisco Umbral. En ella, el hombre que d茅cadas m谩s tarde asegurar铆a poseer la cualidad de absorber litro y medio de agua por v铆a anal, describe un variopinto mosaico de costumbres con tono sat铆rico. Apunta Rioyo, que un joven Camilo «conoci贸 a la ‘Hebrea’», una se帽ora que en las noches sabatinas se trajinaba a treinta hombres. En fin.
La zona negrolegendaria anda por doquier porque se desprecia a la Ilustraci贸n, las luces y a los liberales; porque aquellos espa帽oles eran cabezotas y malencarados. Llegar谩n otros tiempos, incluso la Rep煤blica segundona, pero no se detiene en demasi茅 sobre los excesos puteros del universo tricolor, mas quiero suponer que habr谩 oportunidades literarias para cubrir ese hueco.
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