jueves, 25 de agosto de 2022

𝗥𝗼𝘀𝗮𝗹í𝗮

 










   La primera parte de Don Quijote estaba llegando a su fin, cuando Cervantes, cuya aversión a la novela de caballería lo tenía comiéndose los muñones, dedica unas líneas a dar un repaso a la comedia, recordando la opinión de Marco Tulio Cicerón, quien manifestó que tal género debía ser «espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad». De repente, acudió hasta mi maltrecha cavidad cerebral el recuerdo del discurso que Pérez Galdós leyó con motivo de su ingreso en la Real Academia Española: «Imagen de la vida es la novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos...». Por si acaso, contenga las ganas de ver arder mi cuerpo en una pira excitada, que esto no es lo que parece.

Rosalía (hacia 1872) Benito Pérez Galdós.

   Las grandes casualidades existen y Alan Smith -un galdosista de pro- tuvo la fortuna, allá por 1979, de ser el descubridor de un manuscrito en el reverso de la Segunda Serie de los Episodios Nacionales, descubrimiento que se unió al que en el mismo sentido realizara otro relevante estudioso del español universal, Walter Pattison, en su caso, el reverso que atesoraba cierto número de páginas de la obra inédita fue el manuscrito de Gloria. Así y tras dedicar años de trabajo en su reconstrucción, Smith logró dar coherencia al texto que protagoniza esta pieza literaria y que Ediciones Cátedra publicó en 1984. Y aunque es una novela incompleta, «¡Voto a Briján!» que es Pérez Galdós: El maestro; y aunque exista cierto consenso (o tal vez una unanimidad que ya habría querido Estanislao Figueras), en no considerarla parte de esa familia, creo que Rosalía podría tener nexos con el conjunto de las llamadas novelas de tesis, mas para discutir mi tímida afirmación, lea el texto.

Personajes con alma cervantina

   Me adentro en las entretelas de varios personajes en cuya lista no puede faltar el autor, quien con su permanente diálogo con el lector, a pesar del malestar que eso ocasiona a un conocido premio Nobel, que agarrado a la sombra flaubertiana enumera no sé qué pecados de eterna condenación, ahí está para el disfrute del leedor. Mire usted si el papel del narrador es importante, que incluso el lector será testigo de cómo se implica, hasta el punto de mostrar su preocupación por el devenir de alguno de los personajes. Pero vayamos al meollo.

   Cuando entra en escena, de Rosalía se afirma que «era feliz aunque ella misma no lo supiera», porque dado su carácter y su educación «ella misma se había forjado un limbo» en el que habitar sin mayores pesares, hasta que la vida se empeña en alterar la existencia más insignificante ocasionando una reacción en cadena de la que ya se verá cómo diantres se sale. Si bien intenta cambiar, diría que por ahí anda la clave de bóveda de su edificio moral; a pesar de que en tal sentido sea animada por otro personaje -Horacio- (quien descarga sobre los hombros de Lía todo el peso de la rebelión mientras sopesa hacia dónde ir con su fe), la protagonista es hija de su entorno, de un tiempo histórico que sería un disparate intelectual condenar desde la comodidad (ignorancia, prejuicios y ofensas azucaradas) del siglo XXI, y digo esto porque resulta que ahora es menester entrar en tales matices y así poner freno al devastador virus de la escasa comprensión lectora.

   Toca el turno a don Juan Crisóstomo de Gibralfaro. «¿Necesitaremos decir que era carlista?», lo era, tanto «como es carnicero el león y medroso el ciervo». Me refiero al padre de dos criaturas, Rosalía y Mariano, para quien la vida es el resultado de estar ubicado entre los muros de la casa, saber que en el interior de las arcas propias se apiña una gran cantidad de monedas, aunque las apariencias hagan intuir más de lo deseado, y por último, acudir a su mentor tanto como a La Esperanza, ‘pozos’ de donde extrae los cubos rebosantes del néctar con el que hidrata cuerpo y alma.

   Como sea que presiento cierto estado de agitación en torno a lo aseverado allende el arranque de este texto, sepa que mi afirmación en torno a la esencia cervantina que se desparrama en Rosalía, aparece tras el ejemplo expuesto más arriba y se va extendiendo entre otros intervinientes, por ejemplo, cuando de describir a Don Juan se refiere, trasladando al lector hasta Alonso Quijano, diciendo: «Era en lo físico de edad poco menor que la del siglo, de carnes enjutas, cuerpo largo, muy derecho de andadura...» mientras que de los asuntos alimentarios que se estilan en la casa de Crisóstomo, Galdós vuelve al guiño hacia Don Miguel: «En la olla no cabe duda (…) que más abundaba la vaca que el carnero, aunque la carne de éste regocijaba extremadamente a nuestro héroe...». Ocurre algo similar con el pobre diablo de Cayetano Guayaquil, un indiano a quien su regreso con las alforjas repletas dejó con las vergüenzas al viento. De éste tipo se dice que atrapado por una pobreza crónica vergonzante que consumía a la familia, el bueno de Cayetano «que no se desdeñaba de manejar el arado y la hoz, cual si fueran las más gloriosas armas de la caballería andante», resolvió irse por esos mundos.

   Pero aunque he dicho lo escrito (!), a la personalidad de Don Juan habría que añadirle otra faceta, una que emparenta con ese momento cumbre de la Margarita Gautier retratada por Alejandro Dumas, cuando ella, pobrecica mía, cree ver una súbita recuperación de su devastadora enfermedad y los lectores con el corazón en la boca, asistimos al trágico final cuya descripción me reservo por pudor. No queda aquí el asunto, porque ausente de mi espíritu cualquier pretensión de emular a un minero, mas, cuando también esa actividad ahora está muy mal vista, golpeo con una barrena ecológica hasta desentrañar la presencia de Charito, atrapada en una suerte de empanada caballeresca, de mina improductiva, que confundiendo la ficción con esa anhelada realidad que era incapaz de sujetar, optó por convencerse que no existe mayor presente que fiar todas las expectativas a unas páginas pobladas de sandeces (como esas historias de caballeros andantes que tan mal cuerpo ponían a Miguel de Cervantes) e intentar emular las proezas escritas que ella devoraba sin tino alguno. No obstante, y como si formara parte de alguno de esos episodios de lucidez que visitaban al Caballero de la triste figura, Rosario se enorgullecía de haber leído La dama de las camelias «doce veces y media, viéndose afectada de vagos deliquios y de dulces arrobamientos durante tan grata tarea». En definitiva, la gran admiración que Galdós sentía por Cervantes se plasma en esta novela a modo de homenaje y asunción del discurso del genio alcalaíno, añadiendo una sentencia del autor grancanario a cuenta de dos pasiones que conducían al embrutecimiento: «Dormir y leer novelas españolas de las de a cuartillo de real la entrega», en este caso, como diría Armas Marcelo, dispongo de tiempo para discutir sobre eso.

A modo de conclusión

   Esta novela condensa una parte importante de los asuntos que preocupan a un Pérez Galdós que cuando la escribe tiene veintinueve años: El empleado público, la religión, el papel de la prensa y la opresión que sufre la mujer. Como podrá ver, por tres de ellos pasan los siglos sin apenas cambios significativos, a pesar de haber desaparecido el manguito del oscuro oficinista, sea ministerial, local o el jefe de una estación de ferrocarril, como también sucede con la tecnología digital en los periódicos, mientras que con respecto a la mujer, me parece que hemos avanzado tanto como para no insistir en ver trogloditas por doquier: Las españolas pueden hacer lo que deseen y no precisan de observatorios desde el que escrutar cada una de sus decisiones como si sufrieran algún tipo de minusvalía congénita. ¡Oiga!, ¿Qué pasa con la Iglesia?, pregunta un lector anónimo. Pues pasa que con ella ¿o serán ellas? hemos topado.

Refiriéndome al primer asunto, Don Benito no pierde la ocasión de ‘acariciar’ la faz de unos empleados públicos convencidos, tanto ayer como hoy, de que únicamente deben lealtad al empleador mientras que el usuario (contribuyente) no es más que un mal necesario del que sólo puede esperarse preguntas, dudas y zozobras.

Del alimento espiritual, el maestro dejó buenas muestras de lo que opinaba a lo largo de su producción literaria y en el caso de Rosalía, el honor de las dudas, quebraderos de cabeza y pesadillas varias, corresponden a Horacio Reynolds, un sacerdote protestante a quien el naufragio de un barco lo conduce a otro hundimiento cuyas vías de agua tienen que ver con el alma y el músculo cardíaco. El inglés que llega a España buscando sin haber hallado, encuentra la felicidad que se torna en angustia. Se debate entre su obligación familiar, la amenaza de vida disipada o quién sabe si una vuelta de tuerca teológica. Surge la cuestión moral de unos y otros.

Incluso Mariano, el hijo díscolo de Don Juan Crisóstomo, el cabeza hueca que se hunde en las trampas que Madrid pone a sus pies, alcanza el momento cumbre de su existencia hasta el punto que su alma «experimentó una vivísima y repentina iluminación» de esas «tan raras en la vida, que permiten ver en todo su horror» los abismos de maldad que tenemos en ella. Respirar profundamente y abrazar el arrepentimiento fue todo un descubrimiento para el causante de las penas paternas.

Se refiere Galdós a la prensa con una contundencia que deja entrever los aromas pútridos nacionales y que Henrik Ibsen, en otro contexto, reflejaría diez años después en Un enemigo del pueblo. Resulta que un tal Picio, plumilla que sobrevive entre el sablazo y un hambre casi endémica, confiesa que el periódico para el que trabaja ha dejado de enarbolar la defensa de las clases conservadoras porque esos desagradecidos les han retirado la subvención «y nosotros necesitamos vivir, de aquí que tengamos ahora que atacarlas». Así que la línea editorial pasa al ataque lanzando lemas como «Guerra al capital, guerra a la propiedad y guerra al monopolio». El diario se llama La Antorcha y en palabras de Picio, es un «periódico atroz», añadiendo que desde que han variado el rumbo «no sabe Ud. cómo ha aumentado la suscribción (sic)». Repito: la novela se escribió en torno al año 1872, no sea que algún espíritu calenturiento vea similitudes con estos tiempos que padecemos.


   Podría concluir con una sucesión de loas y fuegos de artificio, mas prefiero llegar a este humilde punto y final.




jueves, 4 de agosto de 2022

𝗘𝗹 𝗮𝗻𝘁í𝗱𝗼𝘁𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗶𝗻𝘀𝗶𝘀𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮

 

   La mala suerte me acompaña. Y aunque no creo en gafes, elfos, druidas y la madre que parió a tanto bicho jardinero, insisto en lo dicho: La mala fortuna se ha instalado en todo aquello que tiene que ver con la leyenda negra cuyo protagonismo corresponde a España desde -tal vez un poco antes- aquel siglo XVI tan ‘bajonaranjero’. Me explico… o no.

   Resulta que insistir en el estudio de tal manifestación de ‘cariño’ hacia todo lo que significó el Imperio español para la Historia universal debe concluir de forma inmediata, porque como afirma algún que otro hispanista francés, británico ¿y vanuatuense?, el tema no da para más y tal empecinamiento sólo provoca sonrojo entre las élites europeas, tan dadas a colorear su rostro por los pecados ajenos, rebosantes ellos (las culpas ajenas) de todo el mal conocido del uno al otro confín. Mas, ¡vaya por Dios!, sucede que un grupo de historiadores persiste en su empeño por dar a conocer la tal Leyenda negra.

   Supongo, dado que a mí no me llama hispanista alguno para sacarme de mi gusto por conocer el ayer de mi Nación, el hecho de que tales seres de luz insistan en su objetivo de  continuar propagando el por qué de esas infamias contra la historia, resulta lo más próximo a esa incomodidad que ocasionan las hemorroides. Es el signo de que las cosas se están haciendo muy bien.

Hollywood contra España (Espasa, 2022) de Esteban Vicente Boisseau.

   María Elvira Roca Barea, Marcelo Gullo Omodeo y el autor que protagoniza esta pieza, se han convertido en una suerte de punta de lanza (pensé en escribir: «Han puesto su pica en el particular Flandes de las mentiras».), con la honesta intención de hacer llegar, desmenuzar en la medida de lo posible, todos los aspectos que durante siglos han intentado socavar cualquier atisbo de dignidad a la gesta española. Sé que uno de los principales obstáculos para remover tamaña losa, que no es otra que la asunción de la tergiversación por parte de muchos españoles e hispanoamericanos, goza de una excelente salud y aquí, entiendo, se está frente a una singular paradoja. Resulta que tanto esos españoles como los habitantes de las naciones americanas muestran su rechazo a la historia común porque se han empeñado en no conocerla instalados en la comodidad de una sarta de patrañas que han pasado de generación a generación emulando el orgullo de cierta mortadela.

   Que Hollywood… es un gran trabajo de investigación y recopilación de datos es un hecho innegable que debe ser destacado desde el primer momento. Vicente Boisseau ha hecho un repaso (diría que épico) a la producción cinematográfica y televisiva anglosajona donde se puede comprobar como, y en contra de lo que manifiestan esos hispanistas a los que se nota algo nerviosos, la Leyenda negra continúa gozando de una salud a prueba de quejas con la boca chica -en el mejor de los casos-. Pienso, y pido disculpas por tal atrevimiento, que la llamada de atención de tales hispanistas (¿Dónde carajo están los germanistas británicos y los alemanes anglófilos?) con el fin de pasar la página negro legendaria, está íntimamente ligada al hecho de que las tornas se están volviendo, lenta pero inexorablemente. Mientras tanto, Joseph Pérez se refugia en Los Inválidos y Henry Kamen se consuela con el «casi ganamos», tras la paliza recibida en Cartagena de Indias. Bah, pelillos a la mar.

jueves, 21 de julio de 2022

𝗟𝗶𝗯𝗿𝗲𝗿í𝗮𝘀, 𝗹𝗮 𝗻𝘂𝗲𝘃𝗮 𝗡𝘂𝗺𝗮𝗻𝗰𝗶𝗮

 

Se han inaugurado dos librerías. Estamos de enhorabuena.

   En unos pocos meses, el distrito Puerto-Canteras en Las Palmas de Gran Canaria ha pasado de ser un páramo en cuanto a esta oferta cultural ha situarse a la vanguardia de la misma, más, teniendo en cuenta que hablamos de la novena ciudad española, que como otras, fue quedando huérfana de este tipo de establecimientos y sólo unas pocas librerías han resistido los múltiples embates que con diversos nombres emularon las hazañas de un Atila de saldo.

Debemos agradecer la valentía de unos empresarios que se han establecido a este lado del Atlántico para ofrecer más alternativas a todos aquellos que amamos la literatura y que además ejercemos el oficio de escritor. Tener al alcance de un paseo varios locales donde poder adquirir el texto buscado es una de esas experiencias tan gratas que no existe razón alguna para no aplaudir.

   Pero estando de enhorabuena, no es menos cierto que la importancia de estas infraestructuras se hace necesaria como el respirar, es más importante que en tiempos pasados, observando cómo intenta erigirse en faro de la verdad la ola de puritanismo y censura a cargo de una tropa de inquisidores que portan estandartes en los que exigen libertad y respeto siempre y cuando tal demanda concuerde con sus postulados. Y es que resulta la mar de sangriento asistir a esos aquelarres en cuya escenificación los pecadores son aquellos que no atienden los postulados de estos nuevos ‘libertadores’ y de los que se exige una adhesión inquebrantable o de lo contrario serán pasto de las llamas purificadoras que este antiguo régimen (siempre el mismo pero con aires ‘renovados’) proclama el advenimiento de una nueva era.

   No obstante, y a pesar de la tristeza que supone, la desolación es aún mayor cuando se conoce a los acólitos, muchos de ellos hasta ayer puntas de lanza del respeto por las ideas ajenas y hoy voceros de esta barbarie que bajo nombres tan sutiles como cultura de la cancelación, inclusividad, corrección política o memoria histórica, suben a púlpitos desde los que ensalzan esta nueva época de sombras. Eso sí, en algunos casos, he sido testigo de los esfuerzos que hacen porque no se les note que todo es puro teatro; he visto cómo sudan cada una de las palabras que lanzan al viento por miedo a que el subconsciente les juegue una mala pasada, he visto su cara mostrando un rictus incompatible con el mensaje, casi emulando al Winston Smith orwelliano, mas de ellos es la responsabilidad de sus actos. Que no mendiguen empatía tras la puerta o en el silencio de la noche.

   Efectivamente, ahora los palmenses, grancanarios y visitantes, podemos disfrutar de dos nuevas librerías en el Puerto que visto el panorama, se han convertido en una suerte de Numancia desde la que resistir el intento por borrar, anular, quemar... todo aquello que los nuevos oráculos entienden que no casa con sus postulados. Son esas librerías otros tantos océanos en los que poder navegar y nadar mientras la nueva fe opta por chapotear en infectos charcos.


martes, 5 de julio de 2022

Conífera trinidad

   A pesar de su empeño en demostrar que no es un detective y sí alguien que rebusca «en los papeles viejos», añadiendo, por si quedara alguna duda, que él no es más «que un lector atrapado en el tiempo...», lo cierto es que Teo Álvarez del Pino no tiene pinta de investigador privado. Dicho lo cual, surge una pregunta: ¿Cómo es un tipo de ese estilo en estos tiempos tan delicados, sutiles y rebosantes de doctores en burricie? Reconozco que tal verdad no me ha sido revelada.

Las joyas de Pino (Canopus Editores, 2022) Rubén Naranjo Rodríguez.

   Por esos caprichos del destino, esta novela cayó en mis manos tras finalizar la presentación en la Villa de Teror (Gran Canaria) de uno de mis últimos trabajos literarios, cuya trama principal tiene que ver con el asunto impreso en las páginas de la tercera novela del escritor grancanario. ¿Y qué trama es?, se preguntará usted, pues sepa que las páginas de este libro plantean una hipótesis en torno al robo de las joyas de la Virgen del Pino, acontecimiento acaecido el 17 de enero de 1975. Una conjetura expuesta desde la libertad y -amén de originalidad- que ofrece la ficción. 

   Con ese estilo narrativo que llamó mi atención, tal y como señalo en la reseña que titulé El ferroviario, Teo se ve envuelto en una trepidante investigación -entiéndase el contexto- que hará las delicias del lector más exigente. Y no digo más… ¡Es broma!

   Que por las páginas se paseen doña Pino, Pino, la Virgen del Pino y Teo Álvarez del Pino (junto con su Amor), debe alertar de que si algo está por saberse, tal acceso a los arcanos de cómo pudo gestarse el robo aquella noche huérfana en la Villa mariana de la extinta compañía de Unelco, dejará sin aliento al más intrépido de los leedores.

   Por cierto, en un determinado instante, en Las joyas… nos sumergimos en una novela dentro de otra, con una transición (olvide por un momento 1978) sin sobresaltos. Hay aquí como en Aromas de crimen, descripciones para el recuerdo de quienes peinamos canas, tomamos infusiones en determinadas cafeterías universitarias, cantamos ¿ay… qué Le pasa ar nota?, prometimos fidelidades a conceptos y hasta nos fuimos de romería sin hacer ascos ni a la iconografía, sus cantos, miradas y cantinas a medio cerrar. Lea.

lunes, 16 de mayo de 2022

𝗦𝗼𝗳𝗼𝗻𝗶𝘀𝗯𝗮 𝘆 𝗲𝗹 𝗯𝗮𝗹𝗰ó𝗻

   Cuando alguien navegue entre las aguas del desasosiego literario y pregunte qué libro debe leer para reencontrarse con los textos, sin lugar a dudas recomendaré Ficción perpetua, una recopilación de reflexiones, un ensayo en toda regla sobre el hecho impreso en páginas, obra del escritor cuyo reciente trabajo ocupa este espacio.

La novela posible (Alfaguara, 2022) José María Merino.

   El autor de Novela de Andrés Choz (1976) se convierte en uno de los protagonistas de esta nueva propuesta literaria usando para ello lo que se denomina autoficción en un texto al que le acompañan los pesares de una bibliotecaria atormentada por su relación sentimental con un ególatra y el descubrimiento maravilloso, al menos en mi caso, de Sofonisba Anguissola, una pintora que estuvo vinculada a la corte de Felipe II. De tal forma, esta obra se divide en tres partes, una de las cuales, como he apuntado, narra los miedos, angustias y críticas expresadas por José María Merino durante el encierro al que fuimos sometidos todos los españoles en los primeros meses de 2020 (declarado inconstitucional mucho tiempo después).

   Pero si hay algo que realmente ha llamado mi atención durante la lectura, eso no ha sido otra cosa que el apartado dedicado a la pintora italiana, que gracias al empeño de su padre, claro está, y a las grandes cualidades de la mencionada, la convirtió en una de las artistas «más notables de la historia del Arte de la segunda mitad del siglo XVI», según reza en el texto de celebración del Bicentenario del Museo del Prado, a pesar de los impedimentos frutos de la época que le tocó vivir y que hacían imposible que los cuadros pintados por una mujer pudieran venderse, aunque sí regalarse.

Como digo, esa es la parte más interesante de la novela del académico español donde recuerda que la autoría de «casi todos los cuadros que pintó sería olvidada (…) y se atribuiría a Sánchez Coello, a Pantoja de la Cruz» o al mismísimo Greco. No puedo decir lo mismo del placer por la lectura cuando toca conocer sus reflexiones en torno a eso que los gobiernos dieron en llamar pandemia, donde esparce su postura ideológica en defensa del Gobierno actual. En tal sentido, Merino critica el «repique hojalatero» que pretendía recordar que los aplausos balconeros tapaban otras vergüenzas, además el también Premio Nacional de las Letras Españolas 2021 menciona que esos que dan por aporrear cacerolas «Son pocos, y en todas sus terracitas luce la bandera nacional». Entiendo que pueda opinar lo que le plazca (obviedad), pero creo que tales píldoras empobrecen el resultado de su novela.

   Concluyo con un recordatorio galdosiano, que sirve como justo bálsamo tras el patético intento de Vargas Llosa, y donde Merino vuelve a declarar su admiración por Don Benito Pérez Galdós, «para mí uno de los más grandes novelistas del siglo XIX, no inferior a Balzac, Victor Hugo, Flaubert, Dickens, Tólstoi, Dostoievsky…» y critica el desprecio del que el genio de los Episodios Nacionales fue pasto por parte de Valle-Inclán o esos otros con una postura «antigaldosiana» como Juan Benet o Francisco Umbral.

En definitiva, José María Merino nos acerca con su estilo la figura de Sofonisba y deja las ganas de saber más sobre la gran artista. Quizá esté pendiente leer esa novela posible.


jueves, 12 de mayo de 2022

𝗠𝗶𝗿𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝗗𝗲𝗹𝗶𝗰𝗮𝗱𝗼

   Dicen que es la novela portadora de una perspectiva feminista y femenina, que rompe moldes… Afirman expertos en el tema, que las páginas resultan un dechado de eficiencia en estos que los mismos expertos en el mismo tema no terminan de aclarar: Novela policíaca o novela negra, (en todo caso hay algo de novela procedimental, pero en grado ínfimo). Y no, el matiz no es baladí, mas no haré de tal asunto una cuestión de principios: ¡Dios me libre!

La presidenta (Alfaguara, 2022). Alicia Giménez Bartlett.

Una mujer que antaño tuvo mucho poder aparece muerta en la habitación de un hotel lujoso. Tras cundir el pánico entre las fuerzas oscuras que habitan esos palacios desde donde se dictan las normas, los dioses del Olimpo policial toman las riendas y ordenan cosas para evitar que el asunto salpique a esas otras mentes pensantes que se elevan sobre todos nosotros… para bien de ellos. 

Por un momento, casi tuve la tentación de gritar ¡Rita Barberá!, pero siguiendo la advertencia de que cualquier parecido no se corresponde…, recuperé la senda del sentido común y me preocupé por una tal Vita Castellá, que como usted puede comprobar apenas tiene semejanzas fonéticas con el personaje real. 

   Y aparece Valencia, la corrupción y el partido todopoderoso. También hacen acto de presencia dos personajes que se estrenan en esto de la ficción policial —las Miralles—, porque a pesar de la insistencia de que esta novela es hija del género negro, nada hay de cierto en ello, dejando bien claro que una parte de la crítica literaria permanece anclada en una confusión de la que yo no me veo con fuerzas para liberarla.

   Como sea que Petra Delicado se ha tomado un descanso o pudiera estar en proceso de jubilación, todo dependerá de la acogida que tenga esta obra, no me queda otra que referirme a esas incorporaciones fruto de la imaginación de Giménez Bartlett y que desde mi punto de vista no aportan nada nuevo al panorama general de ese género que tanto lío genera (!) entre los famosos expertos. Es cierto, todo hay que decirlo, que la trama está correctamente diseñada para ser bien recibida por aquellos que únicamente tienen ojos para detectar el mal entre una parte del espectro ideológico nacional mientras la pandemia de deterioro cognitivo hace estragos para todo lo demás que pudiera estar relacionado con otros asuntos del mismo o superior calibre que la historia de La presidenta. Es probable que alguien pueda mostrar su disgusto ante lo dicho, pues sepa que si algo está marcando el camino de la novela negra o la policíaca española no es otro que el sesgo ideológico, de forma que otros temas, cientos o miles, están esperando que autores de calidad o mediopensionistas, que haberlos haylos, pudieran aparcar (santa ingenuidad la mía) su pertinaz sequía para acceder a otros palacios —por ejemplo, Andalucía, Vascongadas, Castilla La Mancha, Asturias— y ventilar sus vergüenzas. No obstante, y visto que la vida es breve, aprovecho la ocasión para recordar algunas cosillas del texto:

«En España la gente es bastante intolerante…». «No se trata de una derecha europea y civilizada, son lo peor de lo peor: juerga con putas, borracheras, comilonas, tirar el dinero que no es suyo por la ventana». ¿A que resulta la mar de divertido?

Esas nuevas estrellas que pudieran ser las hermanas Miralles, inspectoras del Cuerpo Nacional de Policía, investigan contra viento y marea, comen cuando pueden (el asunto gastronómico), se enfadan entre ellas; visitan a los padres, respiran los aromas de la primavera en la capital del Turia. Una llora por su amargo pasado amoroso, la otra, salta porque la vida hay que disfrutarla. Investigan hasta que todo acaba. 

Y cuando el final está al caer, llegarán a preguntarse por el significado de la palabra «martingala», reconociendo que no tienen ni idea, y ahí es posible que estemos ante una declaración fundacional de los nuevos tiempos que recorren el asunto negrocriminal.

sábado, 7 de mayo de 2022

𝗘𝗹 𝗮𝗺𝗶𝗴𝗼 𝗠𝗮𝗿𝗶𝗼, 𝘃𝗲𝗶𝗻𝘁𝗶𝗼𝗰𝗵𝗼 𝗿𝗲𝘀𝗲ñ𝗮𝘀 𝘆 (𝗰𝗮𝘀𝗶) 𝘂𝗻 𝗮𝘂𝗱𝗶𝗼𝗲𝗻𝘀𝗮𝘆𝗼

 

   








   No me gusta coleccionar sellos de correos, y además, estoy preocupado por el futuro inmediato, ése que resulta ser el presente pero con un par de minutos de ventaja. Hasta aquí esta pequeña confesión hecha para agradar a un viejo amigo por cuya amistad sería capaz de volver a leer Los perros del paraíso, aunque el asunto que impulsa este texto tiene que ver con…

La mirada quieta (de Pérez Galdós) (Alfaguara, 2022). Mario Vargas Llosa.

   Todo comienzo es una incógnita o eso creen algunos seres, incluido yo, pero ocurre que tras la lectura de unas cuantas líneas del nuevo libro, surgió en mi interior literario un estado de agitación que identifiqué rápidamente cuando recordé el vídeo con motivo de la ceremonia de apertura del curso 2020-2021 de las Reales Academias del Instituto de España. En tal solemne acto, celebrado el 7 de octubre de 2020, Vargas Llosa dio una conferencia titulada En favor de Pérez Galdós, así que puse en marcha el reproductor de vídeo y junto al flamante ejemplar recién salido de la imprenta, mis ojos se deslizaron por la blanca superficie en armoniosa cadencia envuelta por la voz del autor arequipeño. Efectivamente, una parte del texto que sirve de introducción a la novela (págs. 13-23) es prácticamente el mismo que usó en la mencionada ceremonia, mientras que el grueso de su lección inaugural –dedicada a los Episodios Nacionales (págs. 299-334) supone la última parte de las tres en las que se divide este escrito que el también autor de Conversación en La Catedral afirma que es un ensayo sobre la obra de Benito Pérez Galdós, eso sí, reconoce que le faltan los artículos de prensa que «constituyen una inmensa tarea –voy avanzando en ella, poco a poco–» (pág. 15). No obstante lo dicho, el académico apunta que hasta la llegada de aquello que los gobiernos dieron en llamar pandemia junto con los famosos e inconstitucionales estados de alarma (al menos en España) –todo eso lo afirmo yo–, él «desconocía el conjunto de su obra. Dieciocho meses después estaba terminando», tan colosal empresa. Y esto último resulta una confesión sorprendente viniendo de un literato de la talla de Vargas Llosa, aunque tal vez no tanto, y únicamente sea la constatación de que en este gremio como en los demás, hay quienes ignoran las luces cercanas y caen rendidos ante los brillos externos.

De los amigos me guarde Dios…

   Me permito la osadía de volver a recordar el título de la conferencia de octubre de 2020, En favor de Pérez Galdós, porque si hay una constante en las más de trescientas páginas del libro, que él se empeña en calificar como un ensayo, en nada se parece a una defensa hacia la obra de Don Benito, a pesar de que el premio Nobel vaya dejando constancia en varias páginas de su admiración por el escritor grancanario. 

Pero esta no es la principal queja que pudiera hacerse al trabajo, sino el hecho de esperar un texto original y hallar la transcripción, –un refrito con un ligero engorde–, de esa reflexión junto con varias reseñas que desde mi punto de vista no aportan elementos cualitativos que supongan el descubrimiento de matices en la obra galdosiana y mucho menos, si como insiste el autor, lo leído es un ensayo, no se encuentran tesis con unos razonamientos que pudieran servir como base para un debate sustancioso. Y dijo: «Tenía muchas ganas de leer a Pérez Galdós de principio a fin» (pág. 15).

Ahora me detendré en el negociado de las biografías donde el autor de La tía Julia y el escribidor señala que el trabajo de Yolanda Arencibia (que leí en su momento), Galdós, una biografía (Tusquets, 2020), es «de lejos, la mejor (y la más abultada) biografía que se conoce de él» (pág. 16).

En este asunto como en otros que nos rodean, soportamos, queremos o simplemente hacemos como si no existieran: opiniones, estados de ánimo o chascarrillos, siendo el hábitat de la famosa viña donde hay de todo: Sí, también queda espacio para las filias y las fobias.

Mas si como el caso que nos ocupa, el estudioso quería ponerse al día en torno a la vida y milagros de Pérez Galdós, provoca asombro que se le pasara por alto: Galdós. Maestro de las letras modernas (Ediciones Valnera, 2020) que firma Germán Gullón y que más que una biografía –que aquí huye del estilo empalagoso que únicamente tiene cabida en una hagiografía, decisión que se agradece sobremanera–, encontramos un trabajo que resulta, esta sí, una pieza ensayística que reconforta. Tal vez fue un olvido motivado por el sobrepeso de otros textos.

Flaubert de mis entretelas

   Y ahora, no veo mejor oportunidad que la de adentrarse en otro de los asuntos que Vargas Llosa no perdona a Galdós: la figura del narrador. ¡Dios mío!, vaya perreta que se ha pillado. «Su gran defecto como escritor fue (…) no haber entendido que el primer personaje que se inventa un novelista, lo sepa o no, es el narrador…» (pág.22) –dejo el enlace a un artículo publicado en 2021 en el que se explaya al respecto Gustave Faubert, el verdadero creador de la novela moderna-, pero como no quiero ser tachado de mala persona, aporto otra visión en torno a la figura del narrador, en este caso de Jorge Edwards La invención del narradorY tal pecado, supongo que venial, ha estado fuera de nuestras entendederas hasta tal punto que, ignorantes del tsunami, hemos disfrutado de los textos galdosianos sin reparar que esa ausencia nos hurtaba otros recovecos; que íbamos acumulando carencias que harían de nuestra existencia literaria un infierno. Tal vez esté confundido, pero he leído y disfrutado de los textos escritos por mi paisano sin caer en la melancolía preflaubertiana, consciente de quién era el narrador, fuera Tito Liviano o Gabriel Araceli y absorbiendo las diversas atmósferas creadas por uno de los mayores novelistas que ha dado la historia. Digo esto porque a través de las páginas redactadas por el amigo Mario, me fue invadiendo la impresión de que iban supurando cierto menosprecio y a veces detecté, tal vez por error y no por chovinismo, lo que asemeja el comportamiento de un perdonavidas: «Si todas las novelas tuvieran los méritos de ésta [La desheredada], Pérez Galdós hubiera sido uno de los grandes escritores del siglo XIX» (pág. 64). ¡Cáspita! Pues será que el conocimiento de su obra se ha limitado a las fronteras españolas porque la comprensión de todo lo que narró estaba únicamente alcance de los españoles y por tanto, si nos adherimos a la aseveración ‘vargallosista’, deberíamos preguntarnos cómo encajar la existencia de los Congresos internacionales de estudios galdosianos, cuya génesis se remonta a 1977 (la última edición fue en 2017) y que según dicen los organizadores: «Estas reuniones suponen, además de un encuentro entre diversos enfoques de la investigación galdosiana, una apertura de vías de trabajo y un estímulo para la renovación generacional del hispanismo en torno a uno de los escritores españoles más estudiados y conocidos internacionalmente» y doy fe que hay galdosianos a lo largo y ancho de este mundo cruel. Hay más. En su lista de cosas que Don Benito pasó por alto, el novelista de Pantaleón y las visitadoras detecta «Uno de los defectos más evidentes de Pérez Galdós, que aparece tanto en los Episodios Nacionales como en sus novelas: sucumbir a las grandes palabras, a la hinchazón exagerada del lenguaje…» (pág. 58).

Debo suponer que tal contundente afirmación está íntimamente unida al hecho de que para «escribir este ensayo lhe leído [Fortunata y Jacinta] ya por tercera vez…». (pág. 87)una historia que, reconoce, lo atrapó una vez más, bien es cierto que tal ‘abrazo’ no ha tenido los efectos balsámicos en el resto del «ensayo» donde creo detectar –nunca he dicho que yo sea un tipo perfecto– ciertos aromas hermanados con la… 

Leyenda negra y otros asuntos

   No creo decir un disparate si afirmo que la literatura, y el género es lo de menos, no puede ser vendida como una expresión artística pura y por tanto, alejada de los avatares de quienes la inventamos (el hombre), disfrutamos y hasta osadamente, como en mi caso, practicamos. Sea la ficción o el más sesudo de los textos históricos, quien escribe se deja partes de su vida en cada una de las líneas, contamina, si se quiere así, todo el relato, ahora bien, asumida esta evidencia, dependerá de cada cual saber diferenciar (y hasta dosificar) las filias y los odios, y que ninguno de ellos predomine en el discurso; que los hechos ciertos sean expuestos tal cual y no hurtados deliberadamente para que todo lo demás encaje en la idea preconcebida. 

   Bueno, pues llego hasta aquí por culpa (!) de algunos momentos, por ejemplo, cuando Vargas Llosa afirma que las cuatro novelas protagonizadas por Torquemada retratan la decadencia de España «luego de haber sido un gran imperio», fue retrocediendo hasta convertirse «en uno de los países menos prósperos del Viejo Continente», pero olvida que siendo la historia de este vieja nación de una gran complejidad, en esa decadencia tuvo un papel destacado la llegada de la casa Borbón con la alargada sombra de Luis XIV, cuyo ‘sol’ cegó definitivamente cualquier atisbo de mejora, así mismo, desconozco si es un ‘creyente’ de todo aquello que rodea a la leyenda negra y aún más, creo que en su crítica olvida el papelón de las élites españolas del momento, cuyo entrenamiento durante el siglo XVIII alcanzará la cumbre de la ignominia tras la invasión napoleónica. No obstante, para saber de este tema nadie mejor que la profesora María Elvira Roca Barea (Imperiofobia (2016) Fracasología (2019)dicho lo cual, no quiero dejar pasar la oportunidad, ya que he mencionado a los franceses, para recordar que en ningún momento don Mario usa el término Hispanoamérica o hispanoamericano, decantándose el autor por el invento gabacho de Latinoamérica: «Nosotros, los latinoamericanos» (pág. 68), de ahí que mis dudas hayan hecho que lo lo mencione por sus apellidos, el nombre o el título de algunas novelas, (algo absolutamente normal) porque ignoro si llamarlo latinoperuano antes que hispanoperuano, sería lo políticamente correcto. De antemano, pido disculpas por lo que sea.

Feminismo, y según quién sea, será doña

   Dicen los que saben de esto, no importa la materia, que no hay peor análisis de los hechos que sacarlos de su contexto, arrancarlos del entorno y traerlos hasta nuestros días para, desde el púlpito digital, vapulear los modos y maneras de una época de la que nos separan unos modestos doscientos años (y pico). Así, sorprende otra vez que el arequipeño se despache afirmando que lo «extraordinario» de las páginas de Tormento (1884) «es el antifeminismo», y añadiendo por si alguien de estos tiempos gritara ¡Cancelación de Galdós! o un ¡Arderéis como en 1808!, que en «aquella época los valores morales afectaban con mucha más fuerza a las mujeres». Claro, cómo he podido ser tan duro de mollera y no entender que la intención del escritor tiene un propósito exclusivamente pedagógico y que criticar comportamientos del XIX sólo es un guiño sin maldad. Continúo.

   En la conferencia a la que me he referido en varias ocasiones hizo mención a las mujeres más importantes en la existencia de Benito María (de los Dolores Pérez Galdós) y que «sus biógrafos han detectado que tuvo tres amantes duraderas y, al parecer, muchas otras transeúntes» (pág. 21). Sé que vamos regular, pero si hablamos, que sea de todo. Así que el académico Vargas Llosa empieza a enumerar a las señoras comenzando por Lorenza Cobián González, «asturiana humilde y analfabeta» a quien «enseñó a escribir y leer». Luego cita a «doña Emilia Pardo Bazán» e informa al lector de que la gallega fue en su vida privada «un diablillo lujurioso», eso sí, también comunica al potencial leedor que la susodicha fue una escritora «púdica y militante cultural feminista». Por último, se refiere a Concepción Morell Nicolau (Concepción Ruth Morell, según indica Germán Gullón en la biografía arriba mencionada) de relación turbulenta. ¿Ha notado algún detalle digno de mención?, pues se lo digo yo. Parece que además de pecar de cierto prejuicio de clase, visto que hurta el tratamiento de doña a dos de las tres señoras, parte de ese párrafo es deudor de la peor literatura cotilla más que de un supuesto ensayo literario.

Y antes de que se me pudiera olvidar por causas ambientales y como colofón a este apartado, que quede constancia de la existencia de Teodosia Gandarias Landete (1863-1919) cuya relación duró unos doce años y que cortó la muerte de ella con unos días de diferencia antes del fallecimiento del gran maestro, una mujer que Gullón describe como «sensata, instruida, equilibrada» y que le «ayudaría a vadear los años finales de su vida» (Galdós. Maestro de las letras modernas, Pág. 439)

La conclusión

   La experiencia no ha sido grata por dos razones {tal vez alguna más). En primer lugar porque me ha sorprendido la pobreza en la redacción que sugiere una escritura poseída por la precipitación o cierta desgana acorde, posiblemente, con su opinión sobre el personaje. Y la segunda de las razones tiene que ver con algo parecido a la utilización de los lugares comunes donde convive cierta mala leche en torno a la obra de Galdós y adonde acuden quienes persiguen reafirmar su prejuicios. Pero además, este texto en el apartado dedicado a las novelas ni siquiera abarca la totalidad de la producción, supongo que ha sido porque no le gustaron o porque ignora su existencia. Que en este artículo haya pasado por alto el apartado dedicado al teatro no se debe a olvido alguno y sí al hecho de que Vargas Llosa se repite como el ajo en torno a sus puntos de vista que deja bien claros unas páginas antes. En cuanto a lo que opina sobre los Episodios Nacionales, puede leer la novela o escuchar el vídeo. Finalizo con las últimas píldoras que dedica Mario Vargas Llosa a Don Benito:

«No era un hombre de ideas sino de ficciones, y a la del pensar prefería la de inventar y contar historias» (pág. 335) y recuerda que en sus memorias afirmaba «Es que lo imaginario me deleita más que lo real» y en uno de los apuntes finales, el hispanoperuano dice que la obsesión de Galdós «con los problemas y la historia de España, a la vez que da lumbre a su prestigio, señala una cierta estrechez e incluso síntomas de provincianismo» (pág. 346). De ahí, deduzco, que la legión de galdosianos que pueblan la Tierra deben ser el fruto de una anomalía digna de un estudio genético. En fin.

Ignoro si alguien parado en la avenida Tacna anda preguntándose en qué momento se había jodido el Perú, mas lo que si tengo meridianamente claro es que «Imagen de la vida es la Novela y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de la raza…». (Benito Pérez Galdós).


martes, 29 de marzo de 2022

Grilletes con la verdad

Marcó una época, un estilo en la gestión de los asuntos espirituales como en esa forma de ver las debilidades de la carne. Fueron treinta años al frente de la Diócesis de Canarias, tres décadas que dieron para mucho y otros tantos disgustos repartidos entre pecadores, creyentes y mediopensionistas. Se llamaba Antonio Pildáin Zapiáin (1890-1973) y más allá de cerrar la Catedral de Santa Ana para evitar la entrada de Franco, desesperarse ante la presencia de cuerpos tostándose bajo el sol o de tener cierta antipatía –Electra tuvo la 'culpa'– a Pérez Galdós, el obispo también hizo otras cosas, sintió y sufrió.

A orillas del Guiniguada (Mercurio Editorial, 2021), de Juan José Mendoza.

Este texto, que obtuvo el accésit del Premio Internacional de Novela Benito Pérez Galdós 2020, hace un recorrido por la vida y obra –los milagros pertenecen a otro negociado– de un hombre que llegó a Gran Canaria cuando aún resonaba el fragor de la Guerra Civil. 

No es una hagiografía pero tiene todos los aromas que desprende una biografía, mas no resulta del todo lo segundo aunque de serlo, según el canon, no habría nada que objetar, al fin y a la postre, el cura natural de Lezo fue un hombre que merece otros puntos de vista en cuanto a su quehaceres.

Con la voz de Rafael Vera, quien fuera su secretario hasta el último suspiro de la existencia del obispo, el lector se adentra en la existencia, querencias y angustias de este prelado, quien ante la perspectiva de una condena a muerte se preguntaba: «¿Es el talión lo que devolverá a este país la espiritualidad que ha estado a punto de perderse?».

Gracias al buen hacer de Juan José Mendoza, el relato transcurre con una exquisita coherencia, lejos de las fobias y con las filias en su justa medida, porque el personaje es tan intenso que sin el temple necesario se corre el riesgo de perder el control del relato. Es A orillas de… una lectura que a muchos sorprenderá y a otros confirmará en su opinión, así que como decía el obispo: «El consuelo es la pomada para aliviar el escozor de lo irremediable».