domingo, 19 de diciembre de 2021

𝗕𝗮𝗿𝗿𝗼𝗾𝘂𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗿𝗽𝗹𝗮𝗻𝗲𝘁𝗮𝗿𝗶𝗼











Y ahora ya no se trataba de guardarropía cosmogónica.


   El tiempo apremia porque la batería ha entrado en un proceso de deterioro imposible de reparar. Ese tiempo –no sé si el de Lewis Carroll– con su inexorable adiós toma las riendas de la vida del protagonista en esta ópera prima.

Novela de Andrés Choz (1976)  José María Merino.

   Andrés decide embarcar su existencia menguante en la escritura de aquel relato largo cuya existencia dormía el sueño de los olvidados, porque es posible que la justicia poco tenga que ver con los cajones; que de tanta gaveta guardando instantes se nos llena la vida de cajas sin enigmas resueltos. Pues de la brevísima narración con la que se reencuentra Choz «podría deducirse ese optimismo ingenuo de las sinopsis que todavía no han sido forzadas a los dolores del crecimiento».

Irse en busca de un refugio en el que intentar la conclusión de la historia recuperada y situada en el universo de la ficción científica mientras en los mundos humanos se escucha el rumor de otra agonía y las dudas sobre la sucesión del reino, son asuntos que a la pobre Benilde la tienen algo preocupada. Pero si hay un tema que destaca en la novela que me ocupa, este tiene que ver con el proceso de la creación literaria –ahí está el Gordo recibiendo la información– donde se encuentra con esa impresión de haber salido de los «escollos verbales para entrar de lleno en los rompeolas de nuestra tradición literaria», añadiendo su queja ante «esa obligación cuasi moral de hacerlo todo explícito».

Y como todo llega a su fin –veremos si también al final– es posible que el escritor de la ficción se tome un instante para recordar al poeta Lucrecio: 

«Ni por más que alarguemos nuestra vida, algún tiempo robamos a la muerte. Sus víctimas seremos sin remedio…»haya conformado una creación literaria sobre cuyos cimientos se fue levantado una existencia real –o algo parecido–, que analizadas –una y otra– desde la soledad septentrional, con esa lluvia fina que no moja pero… puedan terminar confluyendo superada la visión de la humedad «nocturna sobre las brasas del escaso entusiasmo amoroso…».


viernes, 3 de diciembre de 2021

𝗟𝗶𝘁𝗲𝗿𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮 𝘆 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗰𝘁𝗮𝘁𝗶𝘃𝗮𝘀

   


   Las expectativas exigen un acto de fe, y como tal, el creyente está en la obligación de tragar sin rechistar aunque en ello le vaya la existencia mundana. En esta ocasión traslado tal estado de ánimo al hábitat literario.

Leer una primera novela y aplaudir ante el acierto del autor, –y donde digo acierto, afirmo que lo suyo es pura excelencia–, es una experiencia que llena de gloria al escritor, hace que el editor se diga «chaval, tú vales mucho» y anima al lector hasta el punto de anhelar el próximo trabajo. Ahora bien, a nadie se le escapa, salvo al tarugo, que dejar el pabellón a cierta altura obliga y mucho, tanto es así, que inmediatamente surgen preguntas del tipo ¿Qué tema abordo en la siguiente? ¿Debo repetir género? ¿Meto –entiéndase el contexto– sexo o acabo con las existencias de vísceras? Veamos cómo salgo del jardín o termino ahorcándome en un rosal, porque no se olvide que en este asunto, soy parte interesada.

No voy a entrar en mares que se dicen muertos pero cuyas mareas esconden trampas de imposible navegación. Cuando el autor decide emprender la aventura de escribir un libro -los prospectos están fuera del canon literario-lo hace sin que nadie haya exigido tamaño compromiso, ni exista clamor popular y mucho menos se vislumbre una cola de editores frente al edificio de protección oficial donde vive, gracias a que sus padres se rompieron el alma para tener un techo que protegiera las testas familiares. Si le han dicho lo contrario, haga el favor de abandonar la lectura de esta pieza ‘musical’.

Como lector que se decanta por los textos con aromas barrocos –pero no siempre–, he saboreado historias inaugurales con tal nivel de calidad, que además de aplaudir, me preguntaba cuándo tiempo habría que esperar hasta la siguiente novela. Pasaban los meses y sin novedad en el frente. ¡Ay, qué sufrimiento!

Entonces rebuscaba entre las publicaciones que avisan de las novedades –también literarias– que inundarán los anaqueles, escaparates y pasillos, y nada de nada. Preguntaba a los amigos,«Chacho, no me rayes»; sondeaba a ciertos editores de aviesa mirada, «¿Tú crees que estoy para esas chorradas?»; visitaba libreros de paso corto, «Subvenciones busco»; distribuidores con pagos pendientes, «Así no hay manera»,y en el colmo de la inocencia, interpelaba a colegas de fatigas, alguno de los cuales me respondía con un desabrido «A mí no me preguntes por ese»

Sin uñas y desanimado, me sumergía en mi nuevo proyecto literario convencido que esta vez mi trabajo sería reconocido por la gran crítica ajena a los cambalaches editoriales, y definitivamente las hordas lectoras se lanzarían de cabeza en busca de mi nueva obra. ¡Qué gilipollas!

Y así transcurrían los días, sumido en las tribulaciones creativas, embargado por múltiples emociones, paralizado por miedos ancestrales, divorciado de mi musa (o muso), soportando los gritos en el patio de vecinos y con mi familia reclamando alimentos. ¡Soy un creador!, gritaba.


Suena el teléfono… Mañana es el día.

Tras desembarazarme de todo bicho viviente, (¡hambre, tenemos hambre!) previa reserva de mesa en un bar, la casa quedó en silencio. Observé la cubierta y sonreí; miré la contraportada pero no leí los elogios. Abrí el libro y pasé por la portadilla, fachada, página de créditos, dedicatoria, lema y… llegué al inicio. Aquí hago una pausa que usted debe entender como el tiempo que me reservo para leer.

Vale, pues aunque parezca escasa, -la pausa-, imagínese todo lo contrario. ¿Estamos? Tras las diez primeras páginas mi ánimo anda desanimado. Treinta y siete páginas más tarde, o sea, la suma de lo primero y lo siguiente, más que desanimado, estoy mosqueado. Leo, aparto la vista, observo un cuchillo jamonero que ignoro por qué está ahí, y regreso a las páginas. Seis más y nada, y en ellas hay tan poco, que se me ralentiza el ritmo cardíaco. Puf… 

   Suena el teléfono. Mi familia me dice no sé qué del hambre y la falta de dinero. Hablo con el dueño del bar para ampliar el crédito. Sigo leyendo, pero antes visito el baño. Tengo flojera intestinal. Me miro al espejo, pero no, no me devuelve una imagen distorsionada, lo que me envía es un ‘hostión’ en toda regla. Abatido, vuelvo sobre mis pasos con tan mala suerte que estoy a punto de clavarme el cuchillo jamonero entre el dedo gordo del pie derecho y el otro dedo, cuyo nombre olvido frecuentemente. ¿¡Qué coño hace ese cuchillo ahí!?, pero no existe una respuesta creíble.

Estoy a mitad de lectura y parece que llevo toda la vida. Así de árida está mi existencia lectora. Así lo cuento… 

Suena el teléfono. Es mi esposa que dice no sé qué de que me puedo ir a tomar por culo; que no quiere regresar a casa y que un italiano le ha ofrecido un trabajo en el bar donde han comido. Cuelgo. Lectura en vena. De repente, noto que mi alma sangra, la vista se nubla, mi espalda se vence… una sensación de humedad recorre mi entrepierna ¡Me cago en todo!, grito, pero afortunadamente ha sido un breve escape de agüita amarilla. Sonrío como cuando era un niño, tomo otra copa de burbon y observo que el pasapuré está junto a la mesilla de noche. No quiero distraerme. Leo. 

Faltan ocho páginas y todo habrá terminado, incluso la lectura. 

Punto y final. Cierro el libro, el bloc de notas sin notas, guardo el bolígrafo que se ha muerto de asco. Observo a mi alrededor y veo que el cuchillo jamonero y el pasapuré están junto al ordenador. 

No suena el teléfono. Las expectativas duermen el sueño de los idiotas. La fe es cuestión de creencias. 

De repente, pienso en el escritor y su ópera prima que reposa en el anaquel y hacia allí dirijo una mirada, diría que lánguida, fatigada.


martes, 30 de noviembre de 2021

𝗟𝗶𝘁𝗲𝗿𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮 𝘆 𝗺𝗲𝘁𝗲𝗼𝗿𝗼𝗹𝗼𝗴í𝗮









   Leer por placer y no por obligación. Declaración de principios. Nada por aquí, y aún menos, por allá. Se escoge una novela por azar o ‘necesidad’ y las páginas comienzan a mostrar su vida; arrebatadora en unas ocasiones, de baja intensidad en otras; con una decoración acorde a los tiempos que corren o rebosante de cierto minimalismo. Elijo un texto y mis ojos recorren caminos sin importar el estado del firme, porque lo destacable debe ser el trayecto, cada una de las etapas… Me tienta la digresión; estoy al borde de irme hacia otro lado pero embrido adecuadamente. Llega el control –aparentemente–.

Me pierden los preámbulos. Avisado queda

   He tenido la suerte de asistir a varias jornadas sobre la enseñanza de la Lengua y la Literatura en Canarias, unos días intensos que sirvieron para aclarar algún que otro concepto, descubrir varias sorpresas (alguna no muy agradable) y reflexionar, sobre todo esto último, porque andamos faltos de ese tiempo necesario para asimilar lo escrito y casi todo lo que oímos. Por cierto, y con el fin de evitar cierta zozobra entre algún que otro lector, aclaro que una de esas sorpresas poco edificantes tuvo que ver con la escasa participación de profesores, mas no quisiera pensar que existió una relación directa por el motivo de que el evento se celebrara un viernes en horario de tarde y el sábado por la mañana. Imagino que el cansancio laboral jugó sus cartas.

Entremos en materia sin anestesia

   Recuerdo que algunos de los allí presentes, como profesores y gentes apegadas a las Letras, mostraron una gran preocupación por el estado de salud del aprendizaje de la asignatura de Lengua y Literatura española. Hago un alto para apuntar que muchos de los asistentes reclamamos la sustitución del término castellana por española, por ser la denominación ajustada a la realidad, si bien, todos deberíamos saber que la realidad es un trampantojo envuelto en un saco de amarga ironía. Hecha la parada, regreso.

La mencionada inquietud aumentó varios enteros cuando uno de los docentes participantes refirió que algunos colegas (y no sólo profesores peninsulares con un grave despiste emocional: los iletrados no tienen frontera) de Enseñanza infantil estaban empeñados en introducir la Segunda persona del plural –vosotros– entre esos pequeños alumnos, demostrando con ello unos prejuicios rebosantes de ignorancia con respecto al uso que hacemos los canarios del pronombre sujeto para expresar la segunda persona –ustedes–. Son esos seres, unos adalides del cambio de la norma porque sí, porque ellos entienden que mantener tales usos condena a las futuras generaciones al abismo del Sur apolillado; de ese espacio geográfico y mental que según su parecer, está condenado al arrastre de gruesas cadenas de consonantes y vocales sin gracia, en lugar de las zetas sonoras y las ces pronunciadas como Dios manda. De lo que se trata es de no imponer el uso, so pena de retirada de paguitas y otras ayudas, de ese español que tales lumbreras entienden como el summum de lo culto (o de la jerga por la que salivan los hijos de las estrellas verdes). No animo a que se organicen comandos de lingüistas –en comisión de servicios debidamente reglamentada– con las pupilas hinchadas en sangre buscando al malhablado, que tras ser  identificado, es conducido hasta cierta instalación oficial para ser sometido a una cura de desintoxicación a base de proyectar todos los episodios de aquel gran programa –un excelente espacio divulgativo– conducido por Fernando Sánchez Dragó que se emitía desde la Biblioteca Nacional. No se asuste… 

Y aclaro, que es presente de indicativo

   No existe mayor riqueza en el uso, tanto escrito como hablado de la Lengua española, que las variantes del idioma existentes a lo largo y ancho de la geografía nacional: andaluces, murcianos, castellanos de arriba y abajo… y entre ellos, claro está, se encuentran los canarios. Ay, los canarismos, que en muchas ocasiones son las víctimas de un virus portador de una cepa rebelde, con mala leche y una legión de seguidores: los vulgarismos. Un aspecto que hace estragos gracias a la televisión autonómica que visto, mas pareciera una república independiente defensora incondicional de un léxico propio ‘der’ y por ‘er’ pueblo; ajena a cualquier escrutinio y sorda ante critica alguna. Como paradigma de lo dicho ronda por su alta definición algún que otro programa, que según sus creadores, se «fundamenta en unos guiones de humor blanco…». Ahí está la clave…

En múltiples ocasiones –las jornadas señaladas– se levantaron voces pidiendo al Gobierno regional que suspendiera la emisión del dichoso espacio, una propuesta televisiva donde se dan cita gran parte de los tópicos más rancios y cutres que puedan oírse, reducto digital en el que se masacra el idioma común para mayor gloria de la nada con el beneplácito oficial. Algunos gritarán ¡censura!, otros pedirán cordura.

   Un sinvivir que no acaba aquí y que trae reminiscencias ingratas (no afirmo que en Canarias se cojee de esa extremidad), miserables y algo más, porque no se puede llamar de otra manera la justificación con la que golpean aquellos gobernantes regionales en cuyo espacio geográfico existen lenguas vernáculas además del idioma común: el español. Sostienen esos cerebros ‘privilegiados’ para esquivar su obligación de la enseñanza en la lengua de Cervantes y Galdós, que los alumnos hispanohablantes llegan a su etapa académica sabiendo comunicarse en tal idioma, por lo que ellos –la sufrida administración regional– está en la obligación moral y ¡legal! de volcar todos sus esfuerzos en la promoción del idioma regional, so pena de una irremisible desaparición, entrando aquí en el espacio reservado a la fe.

Con un argumento tramposo resumido en las líneas anteriores sólo cabe responder de la siguiente manera. Que ese alumno incorporado a la enseñanza sepa hablar y escribir –con las carencias que hacen sangrar los ojos y llorar a los oídos– no resulta efectivo para la adquisición de los rudimentos precisos y exhaustivos que proporciona el conocimiento reglado, haciendo necesario e imperativo, su derecho a recibir la formación e información de la lengua común y mayoritaria desde la perspectiva académica. Debe poseer las herramientas del español normalizado como de la variante regional, enriqueciendo así todo su bagaje cultural. Y con un propósito meramente informativo (que no exhaustivo), me remitiré a varios ejemplos adoptados por la variante canaria. En primer lugar tenemos Alongar, un canarismo que en su primera acepción dice: Echar hacia delante el tronco y la cabeza, apartándolos bastante de su posición vertical (Diccionario Básico de Canarios-DBC). A modo de curiosidad, se trata de una voz muy frecuente en el español medieval que ha permanecido en el habla de las Islas. Mas si el alumno usa esta palabra también deberá conocer que existe Asomar, como sucede con Cachimba [Pipa], Tolete [Tonto] o Sorimba [Turbación del ánimo; Lluvia menuda]. Pero abundando en el tema, sería imperdonable dejar atrás la influencia del inglés en el léxico de este asirocado archipiélago, y en ese apartado tenemos unos cuantos ejemplos que recoge el ya mencionado DBC (Academia Canaria de la Lengua). Comenzamos por Naife [KnifeCuchillo o navaja grande. Tifar [ThiefRobarFonil [FunnelEmbudo, y por último esta palabra de gran calado marítimo, Cambullón [Can buy onTráfico de mercancías que consiste en cambiar o vender distintos productos en los barcos atracados o fondeados en los puertos, especialmente a los tripulantes de los buques extranjeros, rozando incluso la ilegalidad. El padre era pescador, pero también se dedicó al cambullón, que le daba más dineroTeniendo en cuenta los ejemplos descritos y tal como apunto más arriba, el vocabulario del alumno se enriquecerá, la visión del mundo añadirá otro compañero de viaje. Hay que sumar calidad y no propagar el virus de la mediocridad.

Ignoro si este es el momento idóneo para hablar del trabajo de los profesores de Lengua española atrapados desde tiempo inmemorial en la obligación de ejecutar la programación a desarrollar cada curso, pero tengo la impresión que desde tiempo inmemorial se pretende reconvertirlos (sin la mala suerte del pobre de Gregor Samsa) en gestores administrativos de contenidos, frustrando al docente con ganas y aliviando al licenciado indolente. No obstante, hay esperanza –o debemos tener esperanza– porque de lo contrario, el destino nos conducirá a todos en dirección a las sentinas de la historia.

Vayamos al meollo. La cátedra la sienta otro

Si hasta ahora me he centrado en aspectos formales –vaya con el escritor– las siguientes líneas tienen como protagonista una ciencia que vista de golpe y porrazo no parece maridar con la literatura. Me refiero a la meteorología. Y afinando un poco más, centraré mi opinión en un fenómeno meteorológico muy conocido por todos los canarios: la panza de burro.

De candente actualidad desde hace unos meses, la susodicha barriga no es otra cosa que un mar de nubes bajas por cortesía de los vientos alisios que impiden nuestro fallecimiento por una insolación subtropical de no menearse. Pero también existe otro motivo para tratar de lo que sigue, acorde con la finalidad de El lector, tal y como reza en la cabecera de esta publicación digital: Análisis y divulgación literaria.

Leída con cautela y pasando cada una de sus páginas con el respeto que merece una obra literaria, porque como afirmó Pérez Galdós“Imagen de la vida es la Novela”, sea del gusto o no del leedor, debo reconocer que la experiencia no ha resultado placentera. Creo que esta propuesta en la que se describen las angustias y deseos vitales de ella –y su bulimia– y la narradora, de dos niñas que se pierden por los riscos de su pueblo. Que descubren el deseo; viven con sendas familias al borde de la desesperación vital en un entorno cerrado y con esas nubes bajas que impiden el paso del sol, pero sobre todo, por lo que algunos han entendido como una original apuesta por el lenguaje, resulta un ejemplo de a qué nos referimos cuando hablamos del totum revolutum, de un potaje en el que se transita del canarismo –enriquecedor del idioma común– a la bofetada de los ingentes vulgarismos que pueblan las páginas de la novela, como si tal solución fuera el bálsamo que todo lo cura, que tanta risa provoca. Resulta que la lectura tiene muchas similitudes con lo que se da en llamar un producto de laboratorio, –en este caso, emparentado con el exotismo léxico– que, consciente o no, ancla al ideario común una imagen de Canarias atestada de tópicos. Supone un punto de encuentro en el que se congregan los lugares comunes, el folclorismo más rancio. Y ahí están los personajes principales. Dos criaturas escolarizadas, que leído lo leído, debería provocar una reflexión en torno a qué está pasando en el sistema público de Enseñanza, (transferido a la comunidad autónoma de marras, Constitución mediante) cuando en pleno siglo XXI (y no importa que el hábitat sea rural, urbano o entrambos) tenemos estos resultados (líbreme el Altísimo de generalizar).

Evidentemente, y dado los tiempos que corren, rebosantes de inspectores, observadores y mediadores que luchan por ocupar el espacio del inquisidor más tonto, se hace necesario aclarar que la opinión aquí vertida no pretende ser un aldabonazo en las conciencias ni una luz roja de peligro para salvaguardar esencias espirituales; que de casa hay que venir llorado y con el libro de texto sin subrayar. No obstante, llegados hasta esta orilla, sólo me cabe recordar que la panza de burro es un fenómeno meteorológico que puede ser fuente para la creación literaria como lo es el sonido que emite un silbato en la lejanía de una antigua estación de ferrocarril. O vaya usted a saber.


lunes, 14 de agosto de 2017

𝗔𝗹 𝗼𝘁𝗿𝗼 𝗹𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝗻𝗰𝘂𝗮𝗱𝗲𝗿𝗻𝗮𝗱𝗼



   Cuando yo (el otro yo) era pequeño en tamaño y corto en la edad, me agarraba a una de las manos de mi padre –o un señor de características similares– y emprendía un viaje que concluía junto al estanque de los patos, previo paso por un exuberante puesto de riquísimas porquerías que mi estómago, aún virgen de vicios, recogía con inocente jolgorio. Luego tocaba el regreso a casa donde esperaba el resto de la familia: Era un domingo.

Cuando yo (el otro…) fui cumpliendo años y perdiendo la costumbre de agarrarme a cualquiera de las manos de mi padre -ya sabemos lo valiente que nos volvemos con el paso del tiempo- y opté (optó) por reconvertirse en un gilipollas a finales de los años setenta, muy pocos hubieran apostado por su futuro como ‘sexador’ de textos. El pobre no tenía la menor idea de dónde coño se metía.

Y cuando la edad se lo permitió (o me lo pude permitir, que nunca se sabrá) sin apenas tiempo para entender qué se traía entre manos esa señora, -aquel verano-, con el pobre de Hoffman, nuestro protagonista descubrió qué significaba la palabra amor: Una patada en el mismísimo centro de todos los equilibrios que las emociones puedan soportar.
Confieso que al escribir esta historia estuve tentado de utilizarme como referente autobiográfico (u objeto del deseo) y de esa forma evitar el esfuerzo intelectual a todas luces innecesario que me habría llevado por el camino de la creación de un personaje; tal vez lleno de virtudes y posiblemente más atormentado de lo deseable en estos tiempos. Y no, no me estoy liando.

   Cuando tuve la edad necesaria para olvidarme de todos aquellos que siempre debieron importarme un carajo y había acumulado una experiencia laboral envidiable, no tuve duda alguna de que el final estaba próximo. Cuando disfrutaba al otro lado de la encuadernación como un niño con un chupa chups sabor naranja, me tuve que sentar precipitadamente en la primera silla a mano, miré (miró) hacia todos lados y comprobó cuán solo estaba; mas para abandonar este mundo nunca se dijo que fuera imprescindible contar con público.
Cuando mueres ¿qué más se puede pedir?


miércoles, 9 de agosto de 2017

𝗩𝗲𝗿𝗯𝗼𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗻𝗼 𝗺𝗼𝗿𝗶𝗿

   



   Elogiar a un desconocido por haber sido testigo de cómo otros babeaban a su paso, debería preocupar a los amigos, familiares y terapeutas conocidos.
Aplaudir hasta perder la sensibilidad en las manos porque leíste que estar cerca del poderoso puede ayudarte a progresar socialmente, es otro síntoma que tus allegados no deberían pasar por alto.

Decidir que el suicidio es la opción más acertada porque un día te aconsejaron ver un documental en televisión sobre la autoafirmación, es de un ser humano con luces sin bohemia.
Rendir las armas en una guerra no declarada, ante enemigos que desconocían tu existencia y en ausencia de testigos ignorantes de su papel, es el epílogo que nadie querrá leer.


viernes, 28 de julio de 2017

𝗨𝗻𝗮 𝗲𝘅𝗶𝘀𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮

   



   Nunca he sido partidario de compartir ni siquiera el ir y venir de las páginas de mi vida; de igual forma que no entendería la obligación de socializar el noble arte de respirar; o prolongar la vida de una estilográfica para dar gusto al vendedor y así confirmar que la suya ha sido la mejor trazadora de vocales y consonantes que ha pasado entre mis dedos.
Y así estoy, moderadamente orgulloso de mi existencia; y aquí estoy, en esta góndola desde la que observo los embates del mar, las caricias con las que la mar premia este instante de mi vida mientras leo, mientras escribo [y tal vez describo] las idas y venidas de esas páginas de aquel libro que me recuerda lo aislado que se puede estar, no en una isla, y sí en un islote, por muy grande que parezcan [el islote o la isla].
Así que, mientras la góndola protege mi vida, en tanto mi vida se tambalea como cualquier existencia que se precie, ignoro recuerdos, abrazo presentes y saludo ¿por qué no? al distante que en su góndola cuenta el paso de su vida, golpe de aspa tras golpe de aspa.


domingo, 23 de julio de 2017

𝗘𝗹 𝗹𝗮𝗯𝗲𝗿𝗶𝗻𝘁𝗼 𝗱𝗲 𝘂𝗻 𝗶𝗻𝘀𝗲𝗻𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲

   


Su aproximación a la papelera fue digna candidata --o incuestionable ganadora-- de una tesis sobre la arrogancia.


Tras una breve pausa, acompañada de un sutil movimiento de muñeca, dejó caer dentro del recipiente el que instantes antes fuera el envoltorio de unas grageas para la tos. La dama hizo un breve apunte al estilo de los que Mahler concluyó; vamos, cual si fuera uno de sus lieder y quienes desde el patio de butacas fuimos privilegiados espectadores, nos miramos durante unos instantes y sin emitir sonido alguno concluimos que aquel momento debía ser borrado de nuestros tristes cerebros, porque no todo lo que aparenta interés conviene que ocupe el mínimo espacio sinóptico.


                                          

lunes, 15 de mayo de 2017

𝗟𝗮 𝘁𝗶𝗿𝗮𝗻í𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗱𝗼𝗿: 𝗕𝗿𝗲𝘃𝗲 𝗲𝗻𝘀𝗮𝘆𝗼 𝗲𝗻 𝗻𝗲𝗴𝗿𝗼



   Me llamo Ernesto de Overdrojgen y estoy apurando los últimos días de mi existencia. Nadie podrá decir que fui una mala persona pero jamás escucharán que de boca humana salga un simple halago. Cuando muera, no solo el polvo cubrirá mi ataúd, una espesa capa de olvido se posará sobre la memoria. La mía es, simplemente, la muerte definitiva. Mas, antes de tan aciago día quiero dejar constancia de una idea por la que daría la vida, aunque mil vidas costara.
Los humanos somos una especie algo compleja —sostener lo contrario tiene buena prensa entre las hordas binarias— aunque no tanto si repasamos algunos momentos de nuestra ¿larga, intensa y llena de matices? existencia en esta bola. Me atrevo a decir que en esos episodios, las amebas e incluso las repulsivas cucarachas, nos han superado en la toma de decisiones; han demostrado una envidiosa capacidad de análisis y una pasmosa facilidad para decantarse por las decisiones adecuadas según el contexto. Mientras tanto, y en situaciones parecidas, los hombres han optado por la lágrima fácil y la búsqueda de una deidad que tuviese todas las respuestas a dudas que ni siquiera sabíamos que existieran: Los dioses, aún menos (me refiero a las dudas).
Pero este modesto introito no tiene otra justificación que la de servir de punzante introducción al tema sobre el que gravitan mis pensamientos en estos últimos tiempos, exactamente desde aquel año en el que en España hizo acto de presencia en plazas, parques, ensanches y circunvalaciones el movimiento de la gente; pero no de unos cualquieras, aquella época primaveral sirvió para expandir la semilla (abejas obreras de los quinientos euros mediante) que tras el proceso de germinación facilitó que los otrora capullos terminaran por eclosionar en coloridas flores en un hábitat la mar de divergente.
¿Y por qué estoy haciendo esta reflexión? porque un día encontré en una librería de viejo un minúsculo libro de algo más de doscientas páginas escrito, según me dijo un experto, en un Latín rudimentario. Aquel conjunto de palabras sostenía como columna vertebral la tesis según la cual el avance social sólo es factible siempre que se haya vivido bajo la más cruel de las tiranías, porque de lo contrario los hombres “nos dejamos mecer por el sopor de la vagancia” y añadía que ese era el “camino para dejar las puertas abiertas al mal que se enquistará en nuestras almas por siempre.” y concluía afirmando: “Ignorantia autem odium, et nos cace sumus.”


   Algo confundido y por qué no confesarlo, también con una sonrisa de lado a lado, me perdí por frondosas alamedas meditando sobre lo que había leído cuando al pasar junto a un templo mi ojos se fijaron en una pared donde rezaba: “La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo.” Cuando estaba buscando el sentido exacto al texto oí un grito que provenía del interior del templo, alarmado, me dirigí hasta allí ignorando —pobre imbécil— que esa decisión iba a cambiar mi vida.

Entiendo, a pesar de los reproches que me dispensó toda mi familia, que la tiranía fomenta, sin duda, la cohesión social entre los grupos que históricamente han mantenido enfrentamientos cuyos objetivos eran, por un lado, materializar la mejora de sus condiciones de vida, desde la mera supervivencia hasta consolidación de todo el corpus de derechos y obligaciones; mientras que la batalla del grupo dominante ha pivotado alrededor de no perder excesivamente o ceder lo justo dentro de un orden ––ahora lo llamarían posicionamiento estético––. Pero esa convergencia de intereses no es menos importante si nos referimos a los iguales, que por diversas razones se fueron organizando en subgrupos dizque por un plato de lentejas, o tal vez por un techo de hojalata. Vamos, que se ahondaron las contradicciones a mayor ‘gloria’ del comprador y éxtasis del vendedor.
Pero qué mejor forma de entender mi planteamiento que ilustrando lo dicho anteriormente… pero aviso que cualquier parecido con la realidad a lo peor no es pura coincidencia. No obstante, aunque muchos ejemplos salpican los anaqueles de la historia ruego cierto margen de comprensión occidental.
Imaginemos una nación próspera —pero sin pasarse— gobernada de forma alternativa por dos organizaciones políticas preocupadas por el bien común de unos pocos aunque la mayoría tuviera la percepción —alucinación colectiva— de todo lo contrario. Pues bien, esa nación prosigue su devenir histórico y sentimental mientras que en los cimientos, unos pocos que formaban parte de la estructura, hartos de esperar su turno, aprecian grietas y ¡oh diosa de la Fortuna! ven la luz: Llegó el momento de la emancipación, se acabarán las injusticias porque los que estaban bajo el yugo de los poderosos se transformarán en la bota que los aplastarán y allí surge el sátrapa de sonrisa embaucadora rodeado de un número limitado de cortesanos (hijos de puta en estado puro). Es posible que hasta el propio Darwin derramara unas lágrimas, preguntándose de qué sirvieron las fatigas en el Beagle.
Alcanzado el gran objetivo liberador y entronizado el líder, lo demás llegó por pura inercia, desde los múltiples comités para la defensa de esto, lo otro y lo de más allá, hasta el primer discurso septembrino en ese organismo supranacional validador de obviedades en cuya fachada acristalada se reflejan las aguas del East River.

   Hasta llegar a la puerta del templo los gritos se habían repetido en dos ocasiones y parece que el único que se había enterado era yo si consideramos que tanto un grupo de neozelandeses en viaje cultural como otro de alumnos del cercano seminario estaban enfrascados en un intercambio de insultos dignos de una sociedad moderna. Pero cuando alguien se compromete ¿qué importa el entorno?
A mitad de camino entre la pila bautismal y el altar pude ver lo que al principio me pareció un cuerpo tendido, pero al acercarme mi corazón se encogió: entre un gran charco de sangre una mujer sangraba por el cuello mientras protegía entre sus brazos a un bebé decapitado. Y estos horrores ocurren, y hay que contarlos sin medias tintas porque yo he mirado a la muerte una y cien veces; porque me ha rozado, robado y porque la muy ramera siempre está amenazando.

   De vueltas a mi ensayo y refiriéndome al asentamiento del proceso revolucionario, no puedo dejar de señalar que tanto el líder supremo como su grupo van aumentando la presión sobre los oligarcas que extrañados por semejante desatino (¿para eso financiaron a esos palurdos?) descubren, que de perdidos al río, no hay mejor pose que subirse al carromato —sobrios— y enarbolar la enseña patria que hasta ese instante era objeto decorativo. Sus hijos, nietos o hermanos con edad de merecer se enfundan pantalones vaqueros, camisetas de un blanco virginal y gritan ¡Libertad! Y se juntan con parte del pueblo; y se enfrentan a parte del pueblo y se reconvierten en sujetos que sudan glamour mientras ofrecen ruedas de prensa. Y el mundo los observa y se establecen los bandos; de las filias y las fobias no se escapan ni las vías pecuarias que van desde las islas Aleutianas hasta Ontario y desde las Malvinas pasando por Gibraltar hasta hacer parada y fonda en alguna plaza Mayor.

Del otro lado del tablero están los tiranos, que hace tiempo que incineraron sus caretas y de estupor andan: bien, gracias; reclaman la solidaridad internacional, pero esos déspotas desconocen que están incubando el virus que ralentizará, que acabará con su proyecto. No saben que han hecho las veces de catalizador entre los grupos dominante y el de servicios varios. Pero esa confluencia no es otra cosa que una alucinación cuyos efectos pasarán al día siguiente de enterrar los restos del paraíso, porque no hay mejor ocasión para unir voluntades que vivir entre tiranos: La democracia alcanza todo su sentido.

Los restos de guantes de látex y gasas además de la cinta policial que delimita la zona junto a la presencia de varias personas, conforman el decorado del templo. Y envolviendo la escena hay tanto silencio, que me atrevo a confirmar que se parece mucho al que percibía un minuto antes de que introdujesen mi cadáver en una bolsa de plástico.