martes, 3 de septiembre de 2024

𝗔𝗹𝗮𝗿𝗰ó𝗻, 𝗚𝗮𝗹𝗱ó𝘀, 𝗕𝗮𝘇á𝗻 (𝘆 𝗖𝗲𝗿𝘃𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀): 𝗚𝗿𝗶𝘀 𝗼𝘀𝗰𝘂𝗿𝗼 𝘆 𝗰𝗿𝗶𝗺𝗶𝗻𝗮𝗹

 








En literatura, y como si de un geógrafo se tratara, a los puntos cardinales se les conoce por el nombre de fuentes u orígenes, y hasta allí acuden los aprendices de escribidores (suicidas los más, ingenuos muchos y futuros imperfectos sólo unos pocos) con la intención de ‘beber’ (u orientarse) para calmar el ánimo, educar el espíritu o confirmar las sospechas: el suicidio como solución estética y opositar como remedio vital.

   Transcurría la segunda mitad del siglo XIX y mientras Edgar Allan Poe embelesaba a los paisanos con cuervos o gatos negros, un ‘tal’ Pedro Antonio de Alarcón hincaba su particular pica en el Flandes de un género literario, aún, tímidamente gris; la estaca se llamaba El clavo (1853) y se convertía en el primer relato de temática policial en la historia de la literatura española, afirmación con la que, tal vez, no estaría de acuerdo Claire Nicolle Robin, estudiosa de la obra de Pérez Galdós e hispanista, que en el IV Congreso Internacional Galdosiano (1990) presentó una comunicación en la que afirmaba que gracias al relato La incógnita (1889), don Benito ostentaba ese honor porque reunía «los ingredientes de la novela policíaca para plantar un problema en términos modernos: el análisis de una sociedad, de los comportamientos de ciertos individuos en determinadas situaciones, e indagación de los fundamentos profundos de la sociedad, fundamentos en que se asienta gran parte de su solidez, vigencia y posibilidad de recuperación».

   Antes de continuar, creo necesario un alto para incluir una reflexión que entiendo muy interesante, una consideración que sostiene Rosa Navarro Durán (Figueras, 1947), la que fuera catedrática de Literatura española en la Universidad de Barcelona y tras su jubilación, profesora emérita del indicado centro universitario, que afirma que «Cervantes, en sus novelas, utiliza trucos y recursos que luego serán esenciales para la novela policíaca». Así mismo, la gran experta en la obra de Miguel de Cervantes, continúa con su afirmación apuntando que el creador del Quijote también tiene personajes que son auténticos detectives, como la protagonista de La fuerza de la sangre (una de las novelas ejemplares de Cervantes), que es «una mujer estupenda que actúa como un auténtico detective e, incluso, coge una prueba para luego demostrar que lo que ella dice es cierto. Son esos trucos de novela policíaca», concluye. Interesante, ¿verdad que sí? 

Otro paso

   Y en este asunto de saber qué fue antes, es conveniente recordar a Juan Ignacio Ferreras, que en su Estudio de la novela española por entregas: 1840-1900 sitúa en las decimonónicas décadas de los años 40 y 50, la fecha de nacimiento de las novelas de crímenes españolas, deudoras, a su vez, de una serie de relatos costumbristas que habían creado afición. También opina Ferreras en torno al relato de Alarcón, del que afirma que «se aleja de la novela policíaca» porque su carga sentimental y melodramática aproxima esta obra a la tradición de las novelas de crímenes: Policías, crímenes que parecen accidentes o incidentes que aparentan otra cosa ¡Ay, Señor!, el humano ser se tropieza con los sentimientos y con los encasillamientos, que como traviesos elfos, siempre están haciendo de las suyas.

Sobre ese clavo alarconiano habla Emilia Pardo Bazán, una gran admiradora del escritor granadino a quien por El sombrero de tres picos, su obra cumbre, dio en calificar como «el rey de los cuentos españoles», alabanza realizada veintiún años después de que, al parecer se dice, se comenta o rumorea, la coruñesa diera por criticar El clavo al considerarlo una copia de la novela corta Le clou del francés Hippolyte Lucas. No obstante, quién sabe si pudo darse el caso, que no lo sé, de que ambas glorias de las letras hispanas tuvieran la posibilidad de exponer sus argumentos, vaya usted a saber, si en una tertulia o un encuentro casual más allá de los límites de la realidad conocida.

   Pero antes de llegar a Pérez Galdós; ¡anda, ya! ¿don Benito por estos lares?, (amigo Manso, no se sorprenda tanto) no puedo por menos que ralentizar mi recorrido y reconocer que pasear, página tras página por El clavo, fue una grata experiencia, tanto por la aventura como por el diseño de los personajes. Alarcón desplaza la pluma sin estridencias dibujando a un Felipe, narrador y tipo galante, que se reencuentra con su amigo, Joaquín Zarco, juez de Primera instancia, a quien el amor desgarrará su corazón en un triángulo casi perfecto que cierra el singular binomio formado por Gabriela-Blanca. La intriga está a punto de saltar por los aires, porque no se debe olvidar que hay un asesinato de por medio con pieza metálica incluida, y como dice Felipe dirigiéndose al lector, esa es una situación que «os agita ya a vosotros».

   Cuando de una reflexión sobre los orígenes de la novela policíaca española se trata, es posible que se evite mentar al maestro Pérez Galdós, porque es verdad que no es un género que el escritor grancanario tocase con gran interés, pero no es menos cierto que la aproximación al mismo tiene su génesis en el asesinato de la calle de Fuencarral (incluiría el crimen del cura Galeote) y tal como afirma Pedro Ortiz-Armengol en Vida de Galdós, (la biografía de referencia hasta la aparición en 2020 del trabajo de Germán Gullón. Por cierto, ambos textos no son excluyentes) ese terrible suceso puso a don Benito «en la pista de la novela con misterio policíaco y psicológico» y de ahí hasta que escribe La incógnita sólo hay un paso.

   No obstante, un asunto ronda mis atribuladas neuronas cuando se entra en la senda de santificar qué es novela gris, negra o policíaca y qué no, entonces fijo mi dioptrías en el creador de los Episodios Nacionales y me pregunto ¿Cómo calificar, (respetando el consenso general sobre su estilo) ese monumento que lleva por título Misericordia?

   Sin lugar a dudas, al menos para mí, la novela negra (sí, esa que no precisa de vísceras para contar una historia) debe todo su cuerpo ideológico al movimiento realista, ¡y vive Dios! que si hay un maestro en tales lides ése no es otro que don Benito; luego, pasarán muchos años hasta la irrupción a mitad del siglo XX de una serie de escritores españoles que tocan el género como medio para representar la situación sociopolítica nacional… aunque ese es otro asunto.

Pero ¿Qué hace que La incógnita, única novela epistolar de Pérez Galdós, sea considerada como miembro de pleno derecho del género policial? Bueno, el asunto no tiene dudas para Nicolle Robin, que unos párrafos más arriba deja bien claro cual es su pensamiento; todas las del mundo (dudas, claro está) para Ferreras, pasando por un Gonzalo Sobejano que se refiere a que el título «parece alusivo a un misterio de novela policíaca».

   En esto de leer e interpretar lo leído pueden darse tantas explicaciones como agujeros tiene la capa de ozono, y aunque mientras se pasa de una página a otra, escasa pinta policial, criminal o gris oscuro puede hallar el lector, hasta tal punto que, más que una incógnita, sea el desconcierto la sensación que invade el alma, es probable que un leedor de nuestro tiempo (o eso creo) intuya que una estética familiar sobrevuela el texto: El relato galdosiano se asemeja a la cámara subjetiva cinematográfica que en este caso toma prestados los ojos de Manuel Infante, dado que toda la historia pasa por el tamiz de ese personaje (muy suyo) al que el lector podrá conceder el grado de fiabilidad que estime oportuno.

Consumida la lectura de más de la mitad de las cartas, surge esa parte de misterio, y tal como afirma uno de los personajes «la santa verdad no la encontrarás nunca si no bajas tras ella al infierno de las conciencias» y será completamente desvelada (y lo recomiendo de verdad) cuando lea Realidad (1889). Y hasta aquí puedo escribir.

Por cierto, que a Emilia Pardo Bazán le encantó tanto La incógnita, que escribe a su estimado amigo Galdós: «Me he reconocido en aquella señora [se refiere a Augusta] más amada por infiel y trapacera ¡Válgame Dios, alma mía!». Y prosigue doña Emilia añadiendo: «Puedo asegurarte que yo misma no me doy cuenta de cómo he llegado a esto».


Doña Emilia

«Usted necesita hacer cosas que presten a su vida violento interés (…)»; «no viaje usted por tierras; explore almas. No hay vida humana sin misterio (…)». Con estas palabras es difícil no sentir curiosidad por conocer a quién van dirigidas esas afirmaciones tajantes cuando descubrimos que la pluma que las ‘pintó’ estaba sujeta por una de las manos de Emilia Pardo Bazán que dada «su fascinación por el misterio, la tragedia y el crimen como motivo literario la llevaron a incursionar en la literatura de corte policial», hasta el punto de que la crítica especializada la reconoce como «la iniciadora de este género en España», según afirma Concepción Bados Ciria, doctora en Filología hispánica.

   Esa afición por el misterio hunde sus raíces en su colaboración en la revista Ilustración Artística de Barcelona donde en su columna titulada ‘La vida contemporánea’ la escritora gallega se hacía eco de los más diversos hechos crueles. En esos artículos enmarcados en motivos policiales, además de criticar la violencia que engendra la sociedad, Pardo Bazán abrió la puerta en torno a reflexionar sobre la necesidad de reformar el sistema penal, un extremo en el que coincide con Galdós quien en El crimen del cura Galeote apunta la necesidad de crear «manicomios penitenciarios».

En cuanto a que su afición por las noticias de ámbito criminal, por la realidad tal cual, por ejemplo, impidiera que Pardo Bazán no se esforzara en la elaboración de sus obras de ficción, fue un extremo que llegó a tomar carta de naturaleza, hasta tal punto, que el propio Miguel de Unamuno escribió un artículo, poco después de la muerte de la escritora, en el que afirmaba que «Muchas veces le he oído que ella no inventaba ni personajes, ni caracteres, ni situaciones, ni escenas». Como sea que esa duda rondaba antes de su óbito, Bazán la despejó señalando que para el diseño de sus tramas «prefería eximirme del realismo servil» con el fin de tener «más libertad para crear el personaje».

Sigamos pues

Las frases que abren este apartado pardobazaniano provienen de La gota de sangre (1911) que junto a Misterio (1905), La cana (1911), o Belcebú (1913), conforman una parte del bagaje criminal de una de las glorias de la literatura nacional.

No es mi intención destripar, aunque fuera tímidamente, cada uno de estos relatos que tan bien escribió la condesa y cuya lectura recomiendo, pero tampoco me resisto a dejar pasar la oportunidad de paladear algunos momentos de, por ejemplo, La gota de sangre, cuando uno de sus personajes, Ignacio Selva se descuelga con esta afirmación: «Las sombras no están en los crímenes, sino en los entendimientos. Apenas hay crimen sin rastros claros y elocuentes»Y ya que estoy en racha ofrezco esta perla de pura camaradería, cuando Ariza le suelta a su amigo Selva: «No comprendo por qué le interesa mi honor» y sin esperar demasiado recibe la respuesta: «Por espíritu de clase».

Y como sucede con casi todo en esto que han dado en llamar vida, esta pieza que ha reunido un nutrido equipo de consonantes y vocales, llenas de armonía unas veces, y otras no tanto, llega a su final, pero no será antes de recordar lo que, a modo de declaración de intenciones, dijo Emilia Pardo Bazán en 1909, dos años antes de escribir La gota de sangre: «Cuando leo en la prensa el relato de un crimen, experimento deseos de verlo todo; los sitios, los muebles, suponiendo que averiguaría mucho y encontraría la pista del criminal verdadero».



domingo, 11 de agosto de 2024

𝗘𝘀𝗰𝗮𝗹𝗼𝗳𝗿í𝗼 𝘁𝗿𝗶𝗰𝗼𝗹𝗼𝗿

 









   Frente a quienes se han proclamado guardianes de la libertad, cuya antorcha hereda el siguiente comité central, obligado éste a mantener encendido -con puño de acero- el pebetero pese a quien pese y cueste la vida y honra únicamente de los enemigos, surge un nuevo trabajo de investigación que descubre unos hechos en torno a los cuales, la izquierda patria guarda un infame silencio sepulcral… ochenta y ocho años después.

¿Cuál podría ser el asunto del que no dicen ni pío. Que parece que jamás existió y únicamente está ahí porque los fascistas no paran de dar el coñazo llorando como nenazas? ¡Las checas!

Pero…

Violencia roja antes de la Guerra Civil (ESPASA, 2024) Sergio Campos Cacho y José Antonio Martín Otín.

los autores han descubierto que esos centros del horror dieron sus primeros pasos antes de lo que muchos suponían (la madrileña checa de la calle Antillón, 4. Abril de 1936) y de esa grieta comenzó a supurar una ingente cantidad de pus -documentación- que Campos y Martín han sabido manejar con la destreza de un galeno experimentado, porque el hartazgo que generan las loas a la Segunda República es de tal dimensión que resulta ¿increíble? que aún provoque una suerte de hipnosis entre la tropa que mantiene, sin pudor alguno, que aquella época fue una especie de Arcadia (al estilo del Toledo de las tres culturas) a la que se le cortaron las alas para desgracia de nuestra historia.

   Pero si durante la lectura de Violencia roja… no salimos de un espanto para adentrarnos en otro, hay un aspecto que me ha impresionado sobremanera: La juventud de quienes fueron verdugos y víctimas. Unos jóvenes que habían «jugado de pequeños, compartido pillerías», pero que en el transcurso de la barbarie, aquellos que decidieron situarse en el lado de la libertad (FAI) se jactaban de su crueldad: «Los matemos a todos», tal y como recuerda José Moreno Villa, cuyo testimonio apunta que existía una «verdadera ansia de exterminio». Si esto no provoca un escalofrío tricolor, es posible que la sangre esté algo más que congelada, porque esa locura con tintes de psicósis izquierdista que ha empezado a cocinarse mucho tiempo atrás, nada mejor que recordar a Joseph Roth cuando en Fuga sin fin apunta que «La revolución no se hace contra la burguesía, sino contra los panaderos, contra los campesinos, contra los dueños de pequeñas verdulerías, insignificantes carnicerías y criados de hotel sin ningún poder».

   En España, las fuerzas revolucionarias habían comenzado con su estrategia de liberar al oprimido aunque para ello tuvieran que secuestrar, torturar y llenar de plomo (en las checas («fábricas del miedo») con pinta de centros culturales) a quien no estuviera por la labor.



lunes, 29 de abril de 2024

𝗧𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇, 𝗱𝗲𝗺𝗮𝘀𝗶𝗮𝗱𝗼 𝘁𝗮𝗿𝗱𝗲

 










   Malos tiempos para la lírica resultan esos que viven aquellos que deciden no seguir al abanderado; para quienes optan por el verso suelto o la prosa incisiva frente al pensamiento único barnizado con tintes de libertad. Desde hace tiempo asistimos, primero con cierta incredulidad y visto el empeño de quienes llevan adelante su proyecto demencial, aquella ha mutado en cruda realidad que como una gota malaya ha traspasado la cubierta de seguridad, alcanzando de lleno a todo el organismo que creíamos a salvo, al menos en su núcleo, de cualquier intento de entronizar a un mesías, de asentar las bases de un complejo sistema donde cualquier atisbo de razón es considerado un peligro.

Más allá de la Selección Natural. Del lamarckismo biológico al lamarckismo social. (H Cyberpress Editorial, 2023). José María Ayaso y David Crespo.

   Antes de entrar en materia, es imprescindible que destaque el esfuerzos de estos dos escritores, de estos dos hombres, que han elaborado una hipótesis digna de tener en cuenta y que esboza «otra forma de entender la evolución de las sociedades» y donde la colaboración sea el centro de nuestro desarrollo social. Tanto Ayaso como Crespo, han ahondado, en un texto breve pero intenso, en la necesidad de pensar, de aunar fuerzas en torno a quiénes somos; de ir más allá de la anécdota que atesoran algunos sobres de azúcar. Son una rara avis a tener en cuenta.

   En el transcurso de nuestra evolución la especie humana se ha ido autoimponiendo una serie de normas -tabúes- que han ido conformando nuestra forma de ser, que han embridado (o si se prefiere, han metido en cintura la parte animal que nos caracteriza). Ha sido una empresa colosal cimentada a base de aciertos y errores: Nuestra clave para el mejor aprendizaje y así ir avanzando como especie. En tal sentido, los autores recuerdan que la «Ilustración desvinculó la evolución del ser humano de la existencia de los mitos y las creencias», para añadir seguidamente que también «promovió la tolerancia religiosa y cultural». Pero no se puede obviar que en Occidente se está expandiendo un elemento perturbador, el Islam, que hace peligrar nuestro modo de vida y cuyo fin no es otro que socavar los cimientos de todo aquello que hemos asumido como seña de identidad. Y en el caso que nos ocupa, la misma existencia de la Nación.

Y es ahí, donde a través de las páginas de Más allá..., a este lector le surgen dudas en relación a cómo revitalizar las herramientas para una colaboración, dado que en estos tiempos tan obscenos donde campan a sus anchas tribus que dictan normas en beneficio propio pero «por un bien supremo», nos encontramos al borde de ser arrastrados a una cueva sin que ni siquiera podamos acercarnos a un fuego que nos confunda, mientras el viejo griego ha mutado a un sin techo. Hablan también Ayaso y Crespo de la solidaridad y el apoyo mutuo en pos de una «mayor cohesión social y una sensación de pertenencia» y en esa línea recuerdo la reflexión del italiano Marco Marchioni, un viejo marxista y veterano en el trabajo social, que en Planificación social y organización de la comunidad (1989) hablaba de aquellos que aún mantenían «la utopía de una sociedad más justa y una sociedad diferente». Difícilmente y con cierta distancia del discurso del transalpino, cómo se podría encajar la hipótesis que se expone para la discusión cuando somos pasto de una mezcla de indolencia o sentimientos de culpa por el pasado ‘cruel’ originado en la vieja Europa. ¿Cómo encajar a quienes únicamente tienen como guía un mantra en el que ‘los otros’ son simplemente infieles. De qué manera se puede reflexionar pensando en Lamarck, Darwin o John Rawls, ante un panorama donde los de aquí aplauden, cuando no justifican, lo que hace medio siglo era pura barbarie?

   Este ensayo que firman José María Ayaso y David Crespo estructurado en treinta y seis capítulos y que huye de caer en la trampa del texto alambicado, merece todo el apoyo, porque pensar es un trabajo de alto riesgo en la ayer cuna de la razón, y hoy con toda la pinta de haberse convertido en un espantajo.




viernes, 16 de febrero de 2024

𝗖ú𝗺𝘂𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗲𝘀𝗽𝘂𝗺𝗮

 









  

   Hace tiempo intercambié unos puntos de vista con un crítico literario a la par que buen escritor, en torno a las novelas negra y policíaca a raíz de la siguiente afirmación: «Las novelas de detectives proliferan, al tiempo las novelas de calidad no llegan al público lector». Será por algún tipo de sensibilidad, será porque él no tiene un exceso de querencia por el género o tal vez fruto de mi sorda lucha por diferenciar lo negro de todos aquellos textos que se centran en los portadores de placa, pistola y botella de whisky y terminan liando, tanto a lectores poco iniciados (o no tanto) como a escritores veteranos (unos cuantos), que consideré oportuno matizar. Apunté un par de ejemplos españoles (indiscutibles) de novela negra, refiriéndome a Francisco García Pavón y su inolvidable Plinio y a Julián Ibáñez, Bellón mediante, mientras que en la lista de autores que van dejando huella incluí a quien protagoniza estas líneas.

En su reflexión, el crítico afirmaba que la calidad literaria viene «si es que existe, cuando el autor posee un estilo literario capaz de expresar las realidades anímicas o intelectuales profundas del ser humano». Coincido con su análisis pero en el negociado de las características humanas hay muchas cavernas, tantas como ‘espeleólogos’ en su búsqueda.

La última noche con Edu (M.A.R. Editor, 2024) Enrique Pérez Balsa.

   Es la tercera novela del escritor madrileño. Es otro retrato del ecosistema miserable que nos ha tocado en suerte vivir, pero sobre todo soportar, hasta que las fuerzas se despidan y dejen vidas y haciendas flotando en un charco de mierda. En este caso, el narrador y protagonista sin rival no es otro que Ramos -un hijo de puta- cuya actividad profesional se desarrolla en eso que llaman periodismo del corazón porque bautizarlo como redactor de sentinas sería un insulto al músculo cardíaco. ‘Pepe depósito’ es arte y parte en unas historias, porque la existencia nada tiene que ver con un encefalograma plano, que aúnan la amistad etílica y una poco disimulada oda a la cerveza, la añoranza por el amor, la maldita soledad a la que estamos abonados desde el principio y una suerte de lucha ante la barbarie, porque habría que ser un gran hijo de puta para no sentir el correr de la sangre por las venas… y el tabique nasal, brazo y mano.

   Confiesa Ramos en una aparente pausa, que quiso ser escritor y durante un tiempo vivió el espejismo asociado, devorando a los clásicos y «empapándome de esas grandes historias», hasta el punto de valerse de la pluma para «expresar algo más que frases insidiosas arropadas por adjetivos rimbombantes para llenar la galerada». Porque si hay una característica que destaca en este personaje salido de la ironía, mala leche y un fino sentido del humor de Enrique Pérez Balsa, quien encomienda su alma a Chester Himes, no es otra que su lenguaje pomposo, no sólo cuando ejerce de narrador, sino también cuando le toca los bemoles al que tiene al lado sin reparar en gastos, esto es, en las tundas que recibe de gentes con un grave problema de comprensión (la lectora, también). De ahí que alguien le reproche su lluvia de «sinónimos rebuscados».

   Hay más, pero hasta aquí llego, porque es usted a quien corresponde la lectura de esta novela, mas no me resisto a dejar constancia de una reflexión de Ramos que muestra quién es: «El hígado es la víscera que tengo más voluminosa, si buscaba el corazón, me temo que lo perdí hace años».


martes, 13 de junio de 2023

𝗟𝗮𝘀 '𝗯𝗿𝘂𝗷𝗮𝘀' 𝗱𝘂𝗲𝗿𝗺𝗲𝗻 𝗲𝗻 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼𝘀

 









   Una parte de la historiografía española soporta una suerte de proceso infeccioso cuya prolongación en el tiempo ha pasado de ser una alteración transitoria a transformarse en un sinvivir histórico.

En tal sentido, esos historiadores encantados de conocerse, vienen sosteniendo que España es una anomalía en el contexto de las naciones europeas (respiro profundamente), como si el viejo continente pudiera entenderse sin la cuna de Cervantes o que esta vieja nación no lo es tanto porque surgió en el siglo XVIII, imagino que en un parto sin epidural mientras alguien recitaba unos fragmentos de Annabel Lee y que si España es lo que es, lo es gracias a la opresión de otras ‘naciones’ que han tenido la mala fortuna de estar empadronadas en la Península ibérica. Mas, vayamos al objeto de este texto, que no es otro que reflexionar en torno al uso de la superchería como arma de...

Las brujas y el inquisidor (Espasa, 2023) de Elvira Roca Barea.

control social, que no es otra cosa todo aquello relacionado con los miedos ancestrales de los que nos hemos desprendido a base de lágrimas, sudor y sangre. No obstante, aún permanecen en nuestro subconsciente algunos restos en estado de hibernación esperando la llegada de los estímulos adecuados -desde 2020 estamos ‘disfrutando’ de tal ancestral estrategia-. O tal vez sea imposible porque somos hombres del siglo XXI y lloramos sin temor ni vergüenza. Y tragamos a palo seco.

   Acostumbrado a la Roca Barea del ensayo, esta novela histórica se podría entender como una suerte de guía pedagógica en torno a la superchería y su importancia en la toma de decisiones políticas, en cómo debe actuar el príncipe que desea emprender nuevas campañas para expandir su poder. Pero sobre todo, la ensayista malagueña se embarca en la justa reivindicación de la figura del inquisidor Alonso de Salazar y Frías. Porque lo que subyace en las más de quinientas páginas no es otra cosa que un trabajo de pico y pala que pretende aniquilar la leyenda negra que contamina gran parte de la historiografía española ocasionando, aún, situaciones que hacen sonrojar hasta al más bronceado de aquellos que conservan el pudor. Si no de qué forma nadie en su sano juicio puede ignorar que nuestras antiguas élites conserven el dudoso honor de haber reclamado la invasión de su nación -con cientos de miles de muertos- como vía insoslayable para alcanzar la regeneración. ¿En qué otra nación del Viejo Continente hay constancia de tal bajada de pantalones éticos?

En definitiva, Las brujas… es una buena ocasión para adentrarse en los entresijos de una época convulsa a través de una reflexión experta y documentada sin que por ello la arquitectura ficcional sufra menoscabo alguno.



miércoles, 10 de mayo de 2023

𝗣é𝗿𝗲𝘇 𝗚𝗮𝗹𝗱ó𝘀 𝗻𝗼 𝗻𝗲𝗰𝗲𝘀𝗶𝘁𝗮 𝗲𝘀𝗮 𝗮𝗴𝗲𝗻𝗱𝗮

 







Hoy se cumplen 180 años del nacimiento de Benito Pérez Galdós y me voy a permitir el lujo de reflexionar en torno a un proceso infeccioso que pudre todo lo que toca a pesar de que los promotores de tal ponzoña afirmen, sin rubor alguno, que su intención no es otra que abrir horizontes de igualdad, belleza y amor sin límites.

   

   Instalados en la soberbia de su verdad universal y convencidos de que ignorar sus postulados es signo de reacción, de ese fascismo que últimamente les impide conciliar el sueño húmedo de su hegemonía, no están dejando títere con cabeza. Andan enfrascados en una vorágine en la que incluyen a todo cristo, barnizando la estrategia con palabras tan tiernas como: integración, acogida, respeto, igualdad… Pero ¿Qué sentido tiene la Casa Museo Pérez Galdós?

   Una institución tan importante debe cuidar los fondos documentales, mimar el legado del escritor, difundir la obra y permitir el acceso de investigadores, escritores y de todas aquellas personas que muestren su interés en ahondar en la obra del insigne literato. La Casa está obligada a poner todos los medios para que los aspectos enunciados se lleven a cabo, siempre, dentro de sus posibilidades, pero lo que no puede ni debe hacer es proyectar en el universo galdosiano elementos ajenos al mismo so pretexto de una actualización de la visión del escritor universal. No puede ni debe encajar el discurso literario y vital en el interior de una caja ideológica porque los gestores se identifiquen con ella.

   Evidentemente, la literatura como el resto de expresiones artísticas, no habita en una campana de cristal, puesto que el creador respiraba y sangraba por sus particulares heridas en el periodo histórico que le tocó en suerte, pero eso es una realidad inmutable, anclada en la época por la que transitó y no una grieta en el espacio-tiempo por donde colar idearios extemporáneos.

   Decía, que la actividad literaria no dispone de antivirus que la proteja de supuestas impurezas porque es una obra humana. Ahora bien, mancillar el legado galdosiano, (me subo a un púlpito no sea que me acusen de padecer un déficit democrático) con una ‘agenda’ que nadie ha votado, es un burdo intento de manchar una institución que únicamente debe ser el faro de la obra de Benito Pérez Galdós. Así, y aunque resulte increíble, si quienes gestionan la Casa Museo comulgan con las ruedas de molino del archiconocido rosco de colores, pueden disfrutar de sus encantos en la intimidad de su hogar y no proyectar sus filias -y fobias, si las tuvieran- entre las paredes del caserón de la Calle Cano.

Hoy se cumplen 180 años del nacimiento de Don Benito Pérez Galdós. Celebremos el recuerdo de un escritor universal y de su obra literaria que goza de una salud envidiable, a pesar de los pesares.



jueves, 23 de marzo de 2023

𝗜𝗻𝗳𝗿𝗮𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶𝘁𝗲𝗿𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮 𝗵𝗲𝗱𝗼𝗻𝗶𝘀𝘁𝗮

 








   Cada año se celebra un número indeterminado de reuniones en las que, según afirman sus organizadores con rictus alegre y cartelería de vivos colores, discutir sobre la vitalidad de la literatura es el fin último que hace de esos conciliábulos el epicentro del todo libresco.

Afirman sin miedo escénico conocido, que el evento cuyo respaldo oficial -dinero del contribuyente como sempiterna columna vertebral-, supone una bocanada de aire fresco en el panorama cultural de la urbe agraciada y por tanto, gracias a ello el colectivo y por extensión toda, pero toda la sociedad civil (los estamentos eclesiásticos y militar van a su aire), se beneficia de lo que durante las ‘intensas’ jornadas de charlas, debates, presentaciones y encuentros a la sombra de un abeto, se hable (discutir, cuestionar o poner en duda el statu quo, está mal visto) de lo guapo que somos porque sí. Puede deducirse sin temor alguno que el hedonismo, (tal vez hasta un remedo de onanismo), conforma una suerte de clave de bóveda de esta ruina de edificios ‘culturales’.

Tiempos horrendos

Llega el momento de la temida conjugación...

   Pero como lo dicho hasta ahora resulta una exposición árida y corro el peligro de que algún lector pueda sentirse ofendidito, tanto, que se vería en la necesidad de justificar la censura -cancelación según la moda-, paso a describir el significado del título cuyo protagonismo comparten los escritores y organizadores.

En primer lugar me referiré al sufrido creador, que tras finalizar su obra y que la misma haya encontrado el reconocimiento editorial, se ve inmerso en la ardua tarea de promocionar su criatura. En este caso se comprende que el susodicho se extienda hasta la extenuación alabando el texto propio, exaltando los ajenos (sembrar empatía entre el gremio) rece y guiñe ambos ojos ante los expertos de reconocido escepticismo. ¿Y cómo logra el autor que los organizadores se fijen en él? Pues es muy sencillo. Los festivales literarios cuentan con un nutrido grupo de sabuesos cuya única misión consiste en no dejar un lomo sin mirar, una librería sin asediar y editoriales sin visitar, y si tal estrategia no funciona porque el tiempo pasa y no recibe una llamada de teléfono ni para ofrecerle la última cosecha de Ribera de Duero, no queda más remedio que activar la fase de ruegos, súplicas y el archiconocido: ¡Por favor, por favor!, que he publicado un novelón… ¡Invítame a tu festival! Y en esa frenética estrategia va dejando el trasero expuesto a las inclemencias habituales, casi siempre con la sospecha que el compadreo es el rey. Teniendo en cuenta que los eventos (no importa el presupuesto) disponen de una nutrida nómina de escritores, éstos -tras asegurar que lo suyo no pase desapercibido- dedican horas, días, semanas, meses y años bisiestos, leyendo todo lo que cae en sus manos. Y claro, como todo resulta demasiado, comienzan a cribar muy a su pesar: «Esta sí, esta tal vez; de esta mejor ni hablar. ¡Anda!, pero qué maravilla de texto, contexto y…». Y la lista de invitados va tomando forma.

Ahora corresponde el turno a las cabezas pensantes.

En cuanto al diseño ‘arquitectónico’, el mismo se apuntala mientras saborean las mieles de la edición precedente, aumenta la intensidad a unos meses vista del siguiente y alcanza la velocidad de crucero antes de que pudiera suceder un evento adverso, generando estados de ansiedad poco recomendables para espíritus mansos. En definitiva, hecho realidad el repaso de ‘chapa y pintura’, lanzan al orbe que el engranaje del que tan orgullosos se sienten tiene como misión postrarse al servicio de un único objetivo: La literatura. Eso sí, sus nalgas sufren unas tensiones que únicamente alivia la confirmación de que los cuartos del contribuyente (vía impuestos) llegan a tiempo, porque jamás se debe olvidar el tortuoso camino que recorre el dinero hasta que desembarca donde debe. Oiga, ¿La empresa privada suelta euros aunque sea en especie?, se pregunta alguien. En algunas ocasiones, sí, en otras, no tanto, luego está el no y finalmente un crudo ¡Ni loco! Claro, dirá otro alguien, poco se puede esperar de los representantes del Capitalismo (qué tiempos tan horrendos vivimos) cuyo único interés es obtener beneficios (y creo que también crean empleo y nutren con sus impuestos al sector público, añado temerariamente) y entienden que la cultura sólo es el fútbol y lo que sea. Como puede ver, doy cabida a todas las sensibilidades o como antiguamente era conocido: Promuevo la libertad de expresión.

La eclosión

   Me tomo un instante para recapitular y conjurar el riesgo de asumir postulados que, líbreme Dios, nunca han sido plato de gusto para un servidor que, siendo también un escritor de reconocido prestigio amén de ser aplaudido por mi labor como humilde crítico literario, sustenta su pasión literaria sobre el respeto al otro a pesar de que él -el otro desconocido [homenaje a la Segunda Guerra Mundial]- haya demostrado siempre que puede, que él sólo empatiza con los suyos y que los otros son unas gentes que generan desconfianza cultural, política, climática y hasta sentimental. Coño, creo que me explico manteniendo el necesario equilibrio y una sutil equidistancia. Continúo.

De forma, que si todo lo anterior se desarrolla como es debido y cada uno cumple con su cometido, cabe esperar al acto de inauguración y la paulatina llegada de los invitados que desde unos días antes habrán sembrado sus perfiles en la redes sociales de agradecimientos por lo generoso que han sido en contar con su presencia: Foto, etiqueta, foto, etiqueta. Foto en el aeropuerto o estación de ferrocarril, etiqueta. Treinta me gusta, catorce retuiteos y otra foto. Todo es luz y color. Encuentros en el hotel, bar, restaurante. Fotos en la calle, avenida, travesía o vía pecuaria. Mesa redonda. Abrazos entre viejos conocidos. Libros en posición vertical para que se vea que aquí se viene a lo que se viene: Literatura. Compromiso social. El maestro de ceremonias, luces, acción y la deseada eclosión. Alcanzada la simbiosis entre el organizador y el autor. ¿Falta alguien más? ¿Hablamos de la asistencia de público?

Creo que esa pregunta tiene una respuesta pero no sé si es la que usted piensa cuando observa cientos de fotografías con unos encuadres tan cerrados que no entra ni la botella de agua, desconozco si es la que desearía la organización, o es aquella que añora el autor (un asunto que importa un pimiento a consagrados, con o sin seudónimo) o esa otra que espera ver reflejada en el postrero dossier la autoridad competente y paganini cuyas ocupaciones son tantas, que con una rueda de prensa y varias menciones en Internet y televisión, saliva adecuadamente. No obstante, la participación ciudadana es importante pero tal vez escasamente contingente (!).


¿Cuál ha sido la respuesta social?

El reencuentro con fulano y mengano ha sido inolvidable.

Claro, sí, pero ¿ha ido gente, has vendido y firmado hasta en la escayola?

―…

¿Hola, sigues ahí?

   No obstante, y a pesar de todo lo expuesto, no encontrará aquí prueba alguna sobre la que sustentar sospecha alguna de ambición desmedida, ego fuera de control u orfandad festivalera, porque comprendo que los gustos son como aquellos jardines ingleses tan elogiados, y por tanto, quien paga elige. De acuerdo, el ejemplo no es el mejor pero no tenía otro. Naturalmente, me aterra comprobar la lejana (por no decir otra cosa) querencia que siente el autor olvidado...

Hombre, si no le gusta como está, organice un festival a su gusto.

...

   Comencé recordando que cada año la geografía española es testigo de un renacer literario, curiosamente, en una nación donde se publican más libros que lectores tiene -afirman expertos, todólogos renacentistas, feriantes y críticos de reconocido prestigio como de dudosa apariencia-. Dicen los que saben (porque hay más gente que sabe), no sé qué en torno a reflexionar sobre, desde, de y según, que un exceso es siempre algo más de lo deseable, casi como la preocupación expresada por un nutricionista ante el comportamiento desesperado de un cliente díscolo.


Edelmiro, no me joda. Otra vez dándole a la panceta sin meditar.


Conclusiones con interrogante a ambos lados

   Sin bala en la recámara del arma poética pero orgulloso de aportar mi grano de arena en este desierto del discurso hegemónico. Sin intención alguna de poner en duda la buena voluntad de todos aquellos que transitan este universo de sintaxis, onomatopeyas y puntos suspensivos. Enamorado hasta las trancas de la página en blanco y los accesos febriles, no me queda más remedio que dar por finalizada esta pieza musical con una expresión facial de hondo calado sentimental y varias preguntas que atormentan (capítulo 12 de mi próxima novela distópica) mi espíritu y que pido sean debidamente consideradas por si hubiera la oportunidad de asistir a un congreso o jornada literaria donde pudiera intercambiar puntos de vista, tanto con esos lindos colegas como con el público que jamás pierde una ocasión de gozar entre páginas que destilan cariño y compasión.

Leer atentamente

¿Por qué ese desprecio en no ahondar en otros discursos literarios arrinconados, o cuando no directamente ignorados, porque no encajan en los parámetros del engendro de lo políticamente correcto?

¿Qué sentido tiene, qué riqueza supone reunir a quienes coinciden hasta en las comas cuando hablan de cualquier asunto, cerrando así la posibilidad de que se conozcan discursos ajenos al grupo? ¿Si el presupuesto sale de todos los bolsillos, por qué no participan voces discordantes?

¿De qué sirve el género histórico, el epistolar, la ficción científica, la novela negra o el canto gregoriano, si hay una resistencia, unas orejeras ideológicas que perpetúan el discurso hegemónico?

Y sobre todo, ¿Por qué se acaba la batería del portátil?


miércoles, 8 de febrero de 2023

𝗖𝗮𝗿𝘁𝗼𝗴𝗿𝗮𝗳í𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻 𝗮𝗹𝗺𝗮

   Las Palmas de Gran Canaria es un mar encerrado en el ‘océano’ de Gran Canaria, una isla anclada en algún lugar del Atlántico que guarda entre sus pliegues a esa urbe de nombre tan largo y que tantos líos continúa provocando entre extraños, y lo más triste, también entre sus moradores a pesar que desde el Boletín Oficial del Estado de 17 de septiembre de 1940 se intentara poner orden. Pero claro, cuando no sabes cómo te llamas, el resto de las catástrofes llegan por una simple inercia.

   Quien haya paseado de la mano de Domingo José Navarro (1803-1896) ha disfrutado de la detallada descripción que conforman sus recuerdos decimonónicos palmenses en el libro de memorias Recuerdos de un noventón (1895) descubriendo cómo era la ciudad que en los albores del siglo XIX estaba amodorrada por el olvido y la desidia, sufriendo los embates del mar como aquellas piedras que luchan por no abandonar el calor que ofrece la costa. Y es por esa época donde se asienta la narración objeto de esta pieza.

El teatro en medio del océano (Destino, 2022), de Francisco Juan Quevedo.

   Entre 1867 y 1921 transcurren las historias que pueblan las páginas de la octava creación literaria del autor (finalista del Premio Nadal 2022), teniendo la construcción del Teatro Nuevo (que primero será bautizado como Tirso de Molina para acabar llevando el nombre del inmenso Benito Pérez Galdós) como telón de fondo de una novela que no sólo cartografía la ciudad, si no que elabora el mapa interior de Feliciano Silva, alias El Guirre, aquel niño, ese adolescente y este adulto que conforman un trío sin solución de continuidad que irá creciendo a la par que esa urbe macaronésica. Un personaje que cultiva su interior por gusto y por necesidad (don Nicanor mediante); un hombre cuya alma se estremecerá al escuchar arias de ópera con ese sentimiento que también desbordaba el pecho de algunas criaturas de Mario Puzo. La novela tiene otro guiño, en este caso relacionado con el realismo mágico: «Y miró hacia arriba y no vio ningún ave, nadie supo dónde se fueron al calcinarse sus dueños». Tanto uno como otro, sazonan adecuadamente a un texto de lectura y ritmo con oficio, que guía al lector propio como ajeno, por aquellas calles polvorientas de los inicios hasta detenerse, que no concluir, en las vías que fueron modificando la geografía urbana y humana de los palmenses y de Las Palmas de Gran Canaria.

   Conocer de dónde venimos o en el peor de los casos, que el origen suene de algo, puede ser el antídoto para entender hasta dónde se ha llegado, porque la realidad, por mucho empeño que se le ponga, jamás será desbordada por la ficción. Es la sangre que recorre nuestras venas la que hace factible la creación de los afluentes (la imaginación). Nunca fue tan necesario saber cómo nos llamamos.