domingo, 1 de marzo de 2026

𝗔𝗹𝗴𝘂𝗻𝗼𝘀 𝗽𝗶𝗽𝗶𝗼𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗶𝘁𝗲𝗿𝗮𝗿𝗶𝗼𝘀 𝗲𝘀𝘁𝗼𝗺𝗮𝗴𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀

Aproximación sutil al psicópata del centeno, la tontería de Scout o el mequetrefe de Lucien, frente a las virtudes del Lazarillo, Marianela y Zalacaín




 






   El consenso y la opinión mayoritaria, los expertos dicen; y el canon, convertido en una suerte de oráculo, de luz cegadora ante la que no se debe rechistar so pena de caer en el puñetero inframundo donde Hades espera, con la punta del lápiz afilado, para contabilizar las almas de lectores que no pudieron aguantar tanta mentecatez encuadernada a pesar de la opinión experta cuya única misión es hacer tragar sus gustos hasta añusgar al más valiente.

Y es este un sinvivir que imita al peor de los herpes cuya única cura pasa por ignorar su existencia, aunque siempre habrá un imbécil apostado en una esquina de borrones. Pero vayamos al meollo de esta pieza literaria, que seguro, provocará un sinfín de muecas no siempre agradables.


   ¿Qué tienen en común Lucien Fleurier, Holden Caulfield, Scout Finch, Tom Sawyer, Oliver Twist, Martín Zalacaín, Lazarillo de Tormes. Marianela y Marcelino? ¿Existe algún nexo entre Benito Pérez Galdós, Mark Twain, Goethe, J. D. Salinger, Pío Baroja, Charles Dickens, Harper Lee o Jean Paul Sartre en el desarrollo de estos pipiolos literarios?

¿Es posible que alguno de los personajes haya sido investido de propiedades ‘curativas’ por encima de sus posibilidades fruto, todo ello, de un análisis buenista (o en el caso anglosajón, wokista) cuando ni siquiera se conocía el término?

Porque, si hay una diferencia sustancial, ésta lleva un marcado signo temporal: desde el siglo XVI, picaresca mediante, pasando por el XIX, las aportaciones de Twain, Dickens y Galdós ofrecen una visión ética en las antípodas de la insufrible levedad con la que Salinger o Lee han hipnotizado a una miríada de lectores incapaces de sobreponerse a un simple resfriado.

Y no sólo ellos, porque sobre esa acera se arrastra el existencialismo sartriano y el insoportable tránsito a la madurez de Wilhem Meister, Goethe mediante, y por eso el joven teutón pregunta a su madre si hay algo de utilidad en «todo aquello que no llena rápidamente la bolsa de dinero, todo aquello que no nos procura una posesión inmediata», aparentando con esa duda una altura ética imposible de hallar.

En esta novela -Los años de aprendizaje de Wilhem Meister- calificada como la obra cumbre del género de formación o Bildungsroman, el chaval no pierde la ocasión para restregar su felicidad en el iris del lector, y así, afirma ante quien él pensaba que era una dama que perdía el seso por sus cualidades, sentirse «extraordinariamente feliz hablando del pasado, porque el mismo tiempo avisto la encantadora tierra que podemos recorrer cogidos de la mano», si bien, el pobre no observa que el sueño (culpa de un aburrimiento insoportable) ha hecho mella en el ánimo de su amada damisela. Pero él, dale que te pego con la matraca del teatro hasta que el padre decide liarlo con los negocios, asunto mundano que lo conduce por lejanas tierras con tan buena fortuna, que se tropieza con una panda de cómicos de la legua -que siendo alemanes, atesoran mensajes tremendamente profundos-. ¡Y Wilhem se vuelve a liar!

A pesar de todo, no intente huir de ese monstruo decimonónico: el romanticismo es más rápido. Ich glaub mein Schwein pfeift.


   Tras mucho tiempo dedicado a la reflexión, rodeado de dudas, emboscado por sentimientos contradictorios, al borde de abismos de certezas que únicamente eran trampantojos, a pesar de todas las dificultades, no albergo duda alguna cuando afirmo que Lucien Fleurier (La infancia de un jefe) y Oliver Twist (Las aventuras de Oliver Twist) se adelantaron en el tiempo al mostrarse como seres sensibles -mequetrefes de cristal- con un alma que no era de este mundo, convertidos en el paradigma del flojo de solemnidad por culpa, en el caso del gabacho, de un padre malvado, mientras que el pobre inglesito vino a este mundo entre la sucias paredes de un hospicio de mierda. Los padres, siempre los padres. Y antes de proseguir, confieso que aquí hay filias y unas cuantas verdades como puños (fobias, dirán otros) de un servidor cuya única misión es mostrar el horror que esconden tan ‘inocentes’ textos.

Una funeraria y un francés

   En torno a Oliver se ha levantado un edificio de arrumacos, gestos de pena y exclamaciones de todo tipo: ¡Ay!, cómo sufre la criatura, por ejemplo. Pero qué hay de verdad en todo ello, es un extremo que estoy en condiciones de mostrar y no existe mejor patrón a seguir que esta afirmación del alguacil Bumble: «¿Para qué quieren los pobres el alma y el espíritu? ¡Harto hacemos nosotros consintiéndoles que tengan cuerpos!».

No olvide que este pipiolo literario, contrariamente a la propaganda que ha extendido sus garras por doquier, no es más que el pretexto que utiliza Dickens para mostrar el lado oscuro, tenebroso y repulsivo de la sociedad victoriana. Los personajes secundarios y el entorno que habitan son descritos con todo lujo de detalles dejando clara la importancia de la condición humana. ¿Y por dónde anda la frágil criatura?. Tras abandonar el asilo, vive su primera experiencia laboral en una funeraria con pretensiones a cargo de Sowemberry que descubre unas cualidades innatas en el recién comprado (contratado) chaval, pero éste no encaja con buen agrado las condiciones laborales y termina poniendo pies en polvorosa.

Llegará a Londres, y por esas bromas del destino, formará parte de una organización con ánimo de lucro por cuenta ajena, aunque sus problemas de adaptación ocasionarán que el pobre niño ruegue sin parar; «Apiádese de mí, y no me obligue a ser ladrón», clamará a Sikes mientras Fagin tiembla por las esquinas. En definitiva, Oliver Twist es sólo el pretexto dickensiano, una suerte de pelele rebosante de penas para hablar del lado oscuro, que con tanta elegancia muestran algunas mentes ‘maravillosas’.

   Ahora me referiré a Lucien Fleurier, un joven francés atrapado en un lío con su identidad hasta el punto de que, cuenta Sartre, «tenía miedo de que los mayores decidieran de repente que no era un niño» y sólo lograba sentirse importante los primeros y terceros vienes de cada mes, porque esos días «venían muchas señoras a ver a mamá», no obstante, guardaba serias dudas de «no ser una niña» y con ese potaje mental va cumpliendo años y añadiendo piedras en su camino, confundiendo la sexualidad o no. Porque la aparente ficción y la cruda realidad de cómo entendieron el existencialista y Simone de Beauvoir las relaciones sexuales (si se acepta horror como animal de compañía) con menores de edad, confieren a esta novela rasgos ¿autobiográficos? De ahí que en un determinado momento Sartre afirme que Lucien «era demasiado sensible para ser un jefe, pero no para ser un mártir» o un juguete roto.

Añádase que el personaje principal, y reconozco que llegamos a una estadio inquietante, cuando paseaba «decapitaba las plantas y las flores con su bastón», y si esta imagen no provoca en usted un instante poético digno de cualquier pensamiento sublime, detenga sus cansados ojos en lo que sigue: «Era más divertido arrancar las patas de un saltamontes porque vibraba entre los dedos».

Afortunadamente, Lucien reconoce que estuvo a un tris de perderse, mas «lo que me ha protegido ha sido mi salud moral». Mon Dieu!


De trinos y gramíneas

   Llegamos a un negociado que, seguro, me granjeará el cariño del respetable. Arribamos al puerto del dúo norteamericano formado por Holden Caulfield y Scout Finch, los personajes, el primero de El guardián entre el centeno y la segunda por partida doble de Matar a un ruiseñor y Ve y pon un centinela, obras de J.D. Salinger y Harper Lee, respectivamente. Se masca la tensión, pero vayamos por partes, como diría Jack el Destripador.

¿Es Holden un adolescente confundido, cariñoso con su hermana y ligeramente trastornado cada vez que el recuerdo de Allie se planta en su memoria y, por tanto, la historia que narra Salinger no es más que una novela para la chavalería envuelta en una atmósfera de inocencia con lapsus? ¿Acaso a lo largo de estos 75 años de vida impresa, la opinión experta ha ido deconstruyendo el texto hasta encajarlo en un ecosistema de exaltación de quienes lloran por su acné y así evitar entrar en el meollo de la cuestión y separar el grano de la paja (!)?

Creo que Caulfield se aleja del estereotipo de adolescente con un lío de mil demonios y por contra, la intención del escritor estadounidense no fue otra que retratar las andanzas de un psicópata, ¡Si!, tal cual. En tal sentido (y una profunda sensibilidad) qué decir de Mark David Chapman, Robert John Bardo o John Hinckley Jr.: los dos primeros, asesinos de John Lennon y de la actriz Rebecca Schaeffer, respectivamente, mientras que el último lo intentó con Ronald Reagan, y que estaban enganchados a la lectura de El guardián… Y si este ejemplo de cuál es la verdad que se esconden entre las páginas no fuera suficiente, recurramos a la ficción cinematográfica Conspiración (1997), dirigida por Richard Donner, en la que Jerry Fletcher (Mel Gibson) es un taxista conspiranoico, siendo una de las claves del personaje su incapacidad para evitar comprar un ejemplar cada vez que lo ve en un escaparate.

No me cabe duda, que algún que otro lector se estará tirando de los pelos, maldiciendo su suerte y jurando en algunas de las lenguas muertas que inundan las redes, inglés o francés, para no ir más lejos, pero no es menos cierto, que vivir entre mentiras y exageraciones sólo conducen a quien así respira, a la mayor de las irrelevancias. Pero aquí no acaba mi repaso al de las gramíneas.

«Ackley siempre despierta en mí el sádico que llevo dentro», «Hasta tengo que ir al baño cuando me preocupa algo. Sólo que no voy, porque estoy demasiado preocupado para ir», «Yo creo que nunca tengo nada que me importe perder», «¿Quién quiere flores cuando ya se ha muerto?», «Yo siempre estaba esperando convertirme en un marica o algo así» y por último, J.D. Salinger en todo su esplendor: «Casi nunca se puede simplificar y unificar algo sólo porque alguien quiere».

   Y ahora nos vamos al sur estadounidense para destripar otra de las obras que tantas lágrimas ha hecho correr por las mejillas de incontables lectores sensibles: Matar a un ruiseñor con la esperanza de que el demonio no me confunda y arrastre por prados, otrora verdes, convertidos hoy en un secarral.

Con esta obra de Harper Lee nos encontramos ante una singularidad y es que su fama proviene de la versión cinematográfica con todos los problemas que ello acarrea y que lleva a confundir el texto original con los fotogramas, y muchos sabemos que eso resulta un error. Así, pensar que el Atticus Finch del cine (Gregory Peck) es un tipo comprensivo y amante defensor de los derechos humanos se cae a pedazos cuando se descubre que es un maldito cenizo, porque como se indica en Matar… «sus dos primeros clientes fueron las dos últimas personas a las que ahorcaron en la cárcel del condado de Maycomb», ¡y eso que eran de raza blanca!, así que con esos precedentes nada bueno se podía esperar.

Pero hay más. En Ven y pon un centinela -en realidad el primer borrador de Matar a un ruiseñor- Scout Finch tiene 26 años y tras vivir en Nueva York (bastión de la verdad democrática) regresa al pueblo de su infancia descubriendo que su anciano y adorado padre es un poco racista, pero sólo un poco. Tal descubrimiento casi le ocasiona un patatús del que su tía Alexandra intenta rescatarla, pero evidencia que negar la realidad empeora la existencia: «Un negro no pasaría al lado de la Mansión Radley de noche; cruzaría a la acera contraria e iría silbando mientras camina».

No, estimado lector, las novelas de Harper Lee retratan la vida y obra de una sociedad en la que «después de todo [un negro] es solamente un negro». Incluso, cuando pasean por su querido Maycomb, no pueden evitar destacar un aspecto que no harían con alguno de los suyos: «El cálido aroma agridulce de negro limpio nos recibió cuando entramos en el patio de la iglesia».

¿Entiende por dónde van los tiros de este humilde escritor (me refiero a mí)? Si la respuesta fuera positiva, recomiendo que abandone definitivamente cualquier visión buenista de estas dos novelas. Se ahorrará un sinfín de sufrimientos, decepciones y angustias varias.

Otra literatura. Otros personajes

   Si en la primera parte del artículo se ha tratado lo que califico como personajes estomagantes que gozan de una fama inmerecida: ni siquiera Harold Bloom tuvo el gusto de incluir algunas de las novelas aquí mencionadas en su canon literario universal, aunque también es cierto, que el muy yanqui ninguneó (para sorpresa de casi nadie) las grandes aportaciones realizadas en lengua española -salvo a Cervantes y Borges- y de Peter Boxall se puede afirmar lo mismo, esto no es óbice para recurrir a un adagio hijo de la ficción: «Las opiniones son como el culo, todos tenemos uno».

En las obras que protagonizan esta parte final, con marcado acento español, destaca un aspecto sobre el resto, y es el de la bonhomía, como queda patente en el Lazarillo de Tormes, a pesar de la mala baba del invidente: «Después de Dios, éste [el ciego] me dio la vida y, siendo ciego me adentró en el carrera de vivir».

Intercalo a Tom Sawyer porque coincide en esta línea argumental, donde el personaje creado por Mark Twain muestra esa calidad humana a la que me refiero. Al contrario de Harper Lee, su compatriota no trata a Jim con esa insufrible condescendencia por todos conocida, para Tom es simplemente Jim, aunque es cierto que será en Las aventuras de Huckleberry Finn donde tiene un papel más destacado. Sawyer posee conciencia, tanto, que puede diferenciar entre obligación y libertad: «El trabajo consiste en lo que un cuerpo está obligado a hacer, y el juego consiste en lo que un cuerpo no está obligado a hacer».

   Llega el momento para la Marianela de Pérez Galdós, una niña con unos ojos que «no tenían el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de un organismo en que ha entrado o debido entrar el juicio».

Resulta una historia de sacrificio alejada de todo artificio, porque el maestro de las letras modernas siempre rehuyó de semejante trampantojo. Sus personajes, aquellos que vivían las penas, el desamparo y hasta el más cruel de los rechazos, no corrían en pos de una historia, eran directos, sinceros, hablan al lector sin esperar nada a cambio.

Con esas ganas de no ser un sujeto indefenso y sí dueño de su vida, crea Pío Baroja a Zalacaín el aventurero, del que nadie se ocupaba, de ahí que «su abandono le obligaba a formarse sus ideas espontáneamente y a templar la osadía con la prudencia». Lucha por lo que considera justo y todas las empresas que aborda son premiadas por la fortuna, sean éstas «negocios, contrabando, amores y juegos». Habrá una traición que terminará con la vida de Martín Zalacaín.

No dejaré en el olvido la extraordinaria historia narrada por José María Sánchez Silva, Marcelino, pan y vino, una joya que hace brotar lo mejor del ser humano, un relato que encoge el corazón para quien tal órgano es algo más que un músculo. Un ejemplo de que en la brevedad puede hallarse la magia humana.

   Todo concluye, pero antes de que así sea, me permito la siguiente licencia e introduzco algunas referencias a los viajes de Charles Dickens a Estados Unidos en 1842 y de Benito Pérez Galdós a Italia, allá por el año de 1888.

Describe el autor de Historias de dos ciudades su experiencia por el sur del país (condensada bajo el título Notas de América) que había cumplido 66 años desde su independencia, y aquí cuento unas impresiones al respecto que, al menos en la primera, no dejan muy bien al literato victoriano. Refiriéndose al uso que hizo de un carruaje, cuenta que «Los caballos están asustados, los cocheros negros parlotean con ellos como otros tantos monos; y los blancos vocean como otros tantos arrieros». Y la segunda experiencia que narra transcurre en un tren: «En el vagón para negros en el que viajábamos iban una madre y sus hijos, que acababan de ser adquiridos». Aunque Dickens quedó sorprendido por cómo se estaban desarrollando las instituciones de las antiguas trece colonias, no pierde la oportunidad de lamentar la esclavitud.

   Corresponde el turno a Galdós y su estancia en Venecia que enlazo, ¡qué atrevimiento! con La muerte en Venecia de Thomas Mann. Nos cuenta el autor de los Episodios Nacionales que la otrora Serenissima es el «sueño dorado de los amantes, de los novios, principalmente cuando dejan de serlo para convertirse en esposos», y será por esos encantos que se esconden entre sus canales, que Mann sitúa a Gustav Aschenbach, -un idiota prendado por la belleza del joven, insufrible y estomagante Tadzio, y eso que al chaval, el autor lo sitúa al fondo del texto-, escritor con una «delicada complexión» que disfrutaba de una gran robustez moral (y una salud de mierda), con tal mala suerte, que su estancia veneciana coincide con la aparición del cólera, añádase a tal desastre, el siroco que deben soportar sus personajes y el insoportable olor a mierda de los canales. Pero hete aquí, que Galdós se refiere a la pureza y diafanidad del aire, «casi siempre sin nubes, con el azul intenso del cielo», añadiendo que «otra especialidad de Venecia es que allí no hay polvo». Pues sí que tuvo mala suerte el autor germano (y su atormentado Gustav). Los gondoleros tampoco se salvan en La muerte…, porque si en la novela son unos golfos de mucho cuidado, Galdós destaca de ellos que «usan un lenguaje particular, un alarido lúgubre para avisarse al doblar las esquinas».

Por último, un detalle para los amantes de las curiosidades: Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen y La muerte en Venecia están separadas por treinta años.




martes, 25 de noviembre de 2025

𝗚𝗿𝗮𝗰𝗶𝗮𝘀 𝗮 𝗘𝘀𝗽𝗮ñ𝗮, 𝗘𝘂𝗿𝗼𝗽𝗮

 











 Si el título de este comentario provoca algún salpullido, quien esto escribe no solicitará ningún tipo de perdón, ni siquiera reclamará una miaja de árnica, y no será por soberbia, y sí porque el hartazgo ante las infamias de las que ha sido víctima desde tiempos inmemoriales todo lo relacionado con la historia de España, tanto intramuros como allende los mismos, es de tal calibre que ya no hay lugar para el silencio o para ofrecer la otra mejilla.

Y si de un ejemplo reciente se trata, ninguno tan patético como aquella campaña, allá por los años ochenta del siglo XX, en la que nos vendieron las bondades de la entonces Comunidad Económica Europea y el mantra asociado: España se integra en Europa, cuando lo que, poco tiempo después se descubrió no era otra cosa que ‘Uropa’, un engendro que en absoluto tiene que ver con el Viejo continente, porque difícilmente esta vieja nación iba a integrase en una zona geográfica, cultural y espiritual que nada habría sido sin la crucial intervención y compromiso en pos de su supervivencia.

LEPANTO. Cuando España salvó a Europa (ESPASA, 2025) de Marcelo Gullo.

   Una constante se repite a lo largo de la historia española: la traición que sus élites han llevado a cabo en el solar patrio cuyo objetivo ha sido la propia destrucción en beneficio del invasor (y las migajas para los felones), como ejemplo, ninguno mejor que la referencia al conde visigodo Julián que allá por el año 711 «facilitó los barcos de los que el musulmán [Táriq ibn Ziyad] carecía» para cruzar el Estrecho de Gibraltar y dar comienzo a la invasión musulmana de la Península ibérica. Once siglos después, los ‘inolvidables’ afrancesados babeaban frente a la invasión napoleónica. Si observamos el panorama actual ¿qué afirmación podría ser la adecuada?

   El texto que nos ocupa, escrito con un estilo que huye del párrafo pomposo, aporta datos y desbroza un poco más la hasta ayer tupida vegetación de medias verdades y envidias propias y ajenas, que ocultas tras la maraña negrolegendaria, aún continúa siendo un lastre para que el común de los españoles descubra de dónde vienen y cómo se ha llegado hasta aquí. Porque si la monarquía hispana no hubiese dado el paso decisivo para liderar la Liga Santa y por tanto la batalla de Lepanto, no habría España, ergo tampoco Europa. Sin Felipe II y Juan de Austria, nada de esto sería.

Cuando reflexiono sobre un libro, tengo por costumbre no desvelar ningún aspecto importante, a veces, ni siquiera aquél que pudiera calificarse como un asunto baladí, y en coherencia con lo dicho, concluyo no sin antes dedicar unas líneas a un tema que me interesa por razones obvias: Canarias. ¿Se detecta una contradicción? Ruego encarecidamente a quienes se apelliden coherencia, tengan a bien ocupar las butacas instaladas al efecto.

   Lo que sigue, únicamente pretende matizar la afirmación del autor cuando en la página 108 dice que la armada otomana «devastó las Islas Canarias», si bien los datos que me han facilitado desde el Archivo Histórico Municipal de Teguise (Lanzarote), cuya gran parte del legado documental fue pasto de las llamas por culpa de esos ataques, como los que obran en el Archivo General de Simancas, hacen referencia a dos incursiones en la Villa lanzaroteña acaecidas en los años 1571 y 1586, siendo ésta isla y el municipio señalado, quienes padecieron el saqueo y el secuestro de numerosos prisioneros (1586). ¿Por qué Lanzarote? Los ataques del turco tienen una relación directa con el hecho de que fuera la primera isla que avistaban las naves otomanas. Por su parte, Betancuria (Fuerteventura) en 1593 también fue presa de la barbarie turca, por tanto no se puede hablar de una devastación general, teniendo en cuenta que lo intentaron con las islas de realengo: Gran Canaria, Tenerife y La Palma, pero sin fortuna. Es cierto que el Archipiélago canario padeció continuos ataques corsarios y piratas, pero en lo que respecta a las fuerzas representantes de la Sublime Puerta, sus incursiones en Canarias tuvieron un ámbito de actuación limitado.

   El descubrimiento de cómo se desarrollan los procesos históricos es un viaje apasionante, sea la travesía en una galera, nao, carabela o sujetando un libro, LEPANTO. Cuando España salvó a Europa es una inmejorable oportunidad de hacerlo realidad.


sábado, 27 de septiembre de 2025

𝗜𝗻𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗼 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲

 












   Entre el sistema que se ha propuesto aniquilar cualquier vestigio de vida inteligente en Occidente y un servidor, hay algo muy personal, tanto, que ante la barbarie fomentada por las élites sólo queda aplicar una suerte de defensa numantina adaptada a estos tiempos infames. Una estrategia que pasa por desterrar cualquier atisbo de prestar la otra mejilla, abrirse (¡qué horror!) al diálogo o acudir a un mediador, que por un jornal posmoderno alcanzará un acuerdo sobre cómo deseamos ser esclavizados y enterrados. En definitiva, ha llegado el momento de convertir la intransigencia en nuestra seña de identidad, y aunque no sea muy optimista en cuanto al resultado de la rebelión, conformarse con respirar es la antesala de la muerte.

Arraigo (CEU Ediciones, 2025) de Carlos Marín-Blázquez.

   «Lo que se resiste a alterar su esencia, aquello que se obstina en apartarse del torbellino de transformaciones que es a la postre la verdadera sustancia de la que se alimenta nuestra época, se expone a quedar contaminado por un aire de ignominiosa anacronía».

El tsunami de inmundicia moral que arrasó nuestras costas occidentales dejó a su paso un insoportable hedor cuya limpieza nos está costando la vida, pero la reflexión tan certera que expone el también autor de Fragmentos y Contramundo, supone una imprescindible bocanada de aire fresco; una suerte de rearme intelectual frente al actual estado de cosas, ante la degradación de nuestro hábitat impulsado por las famosas élites, siempre tan preocupadas en aliviar de sus pesares -incluso de la vida misma- al menesteroso.

   Por entrar en materia y huyendo de destripar el contenido de la obra, Marín-Blázquez pone atención, entre otros asuntos, en lo que algunos pensadores han dado en llamar desglobalización, que no sería otra cosa que una pérdida de ese embrujo por ser una especie de homo errante, un ser que busca el goce sin importar la hora o el día de la semana, pues eso «ha perdido buena parte de su fuerza de seducción». No obstante, me permito discrepar levemente en torno a su afirmación de que aún es pronto para evaluar de qué manera el terrorismo internacional o la pandemia [plandemia, según un servidor] son responsables de la decadencia en todo lo relacionado con globalización 2030. Creo que transcurridos cinco años desde la barbarie de 2020, ha quedado meridianamente claro que su éxito en indiscutible tras la asunción por una parte importante de la sociedad occidental (China es la punta de lanza) del miedo y el control social implícitos en todas las medidas impuestas desde entonces, cuyo primer ensayo general se remonta al año 2009 con aquello que dieron en llamar la gripe A. Y si bien la trampa quedó al descubierto antes de tiempo, no cabe duda que los responsables extrajeron las debidas enseñanzas.

¿Pero esto no era una reseña literaria?, se preguntará usted. No se preocupe, en este blog se habla de literatura siguiendo con toda humildad el pensamiento de Pérez Galdós:

«Imagen de la vida es la Novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción...».

Carlos Marín-Blázquez ha elaborado un ensayo riguroso, imprescindible en estos tiempos de anorexia intelectual, un trabajo necesario para entender por dónde nos vienen los idus… para evitar la sumisión y equiparnos con la necesaria dosis de rabia.


miércoles, 6 de agosto de 2025

¿𝗣𝗼𝗿 𝗾𝘂é?

 











   Si fuera un tipo de lágrima fácil y cimientos de plastilina viviría feliz dando por cierto que el determinismo, el fatalismo o el capricho de los dioses, son las únicas herramientas válidas para entender por qué en España ha enraizado ese odio hacia la propia existencia nacional; por qué son legión aquellos que detestan hasta el paroxismo cualquier referencia histórica que no dudan en calificar como un engendro, invento o simple ensoñación fruto de mentes putrefactas. Tal es así, que creo que estamos ante un caso único en todo Occidente. Y a pesar de las dosis de optimismo que puedan insuflarse, la situación ¿fratricida? no hace más que empeorar (me permito un guiño unamuniano) «entre los hunos y los hotros». Por cierto, lo que viene a continuación no es algo que ocurriera hace ochenta y nueve años: De casta le viene al galgo.

FRANCO (La esfera de los libros, 2025) de Stanley G. Payne y Jesús Palacios.

   Efectivamente, esta biografía que vio la luz en 2014 (con cinco ediciones), aprovecha que se cumple el medio siglo de la muerte del dictador para ofrecer una reedición con nuevo prólogo, que en palabras de Jesús Palacios es un «ensayo histórico político sobre los cincuenta años sin Franco pero con más Franco que nunca», un trabajo excelente de dos historiadores que se adentran en las entretelas de una época sin ese apasionamiento woke (acomplejado e iletrado, valga la redundancia) que destruye todo lo que toca. A lo largo de sus más de seiscientas páginas del texto principal no se atisba mácula alguna de hagiografía, y sí un compromiso ético con los hechos históricos, con la figura del general ferrolano. Resulta inaudito que en el panorama literario español se dé tal circunstancia, y por eso es menester destacarla, porque quien tenga la costumbre de leer los comentarios que se publican en este espacio digital sabe que está en un ecosistema alejado del trampantojo. Y si, el adverbio que abre este párrafo corrobora las afirmaciones de la editorial y de otros expertos. Por último, me permito un aviso: en contra de la norma general, -destacar partes del texto- en esta ocasión he decidido hacer un cambio sustancial -algún entrecomillado aparecerá- apoyándome en la obra. Espero no haber errado el tiro.

Algunos antecedentes

   Durante la lectura emergió la desazón, el desánimo y hasta diría que una suerte de devastación anímica, porque no se puede calificar de otra forma estar asistiendo a la repetición de uno de los periodos históricos más terribles desarrollados en suelo español, porque si observamos los años treinta y los últimos cincuenta ¿No se notan elementos comunes, idénticos. Un calco trágico?

Una de las virtudes que atesora este libro, tal vez la clave de bóveda en forma de arcano, es que muestra un cuerpo -la Nación- abierto en canal mostrando en toda su crudeza un cáncer que se ha extendido cual metástasis; y es de general conocimiento que llegados a este diagnóstico sólo queda contar los días que restan hasta el óbito. ¿Exagero? Comprobemoss si tal debilidad ha hecho presa en quien esto escribe, y para ello nada mejor que retroceder en el tiempo: Veremos con qué impulso regresamos al presente.

   Cuando hace cinco siglos Guillermo de Orange y aquellos díscolos habitantes de la Península itálica, entre otros, pusieron en marcha la maquinaria propagandista que Julián Juderías, allá por 1914, dio en bautizar como leyenda negra, aunque se olvida con facilidad que fue Emilia Pardo Bazán en 1899 el primer intelectual español que empleó ese término, ni el mayor de los optimistas pudo imaginar que tal maquinaria de falsedades iba a gozar de tan buena salud, sobre todo si una parte de los adoradores de tal cantidad de patrañas resultan haber nacido en la tierra que tanto odio les despierta. Cabe la posibilidad, ante la ausencia de un psiquiatra de cabecera, que tales defensores sólo busquen redimir su inexistente porcentaje de responsabilidad histórica, mas si buscamos qué español puso de su parte para dar carnaza, no cabe duda que la presencia de fray Bartolomé de las Casas es de obligado cumplimiento,

Ahora, dando un salto temporal, nada mejor que poner la mirada en la España de principios del XIX por la que pululan unas élites que babean ante la luminosidad revolucionaria francesa de la que únicamente esperan la señal para saltar como infantes en busca de un sapo, hallándonos ante una singularidad histórica que no de otra manera se puede llamar (bueno, sí, pero contengo las ganas) el ansia porque su patria fuera invadida y pisoteada por la bota del genio corso. Entonces surge una pregunta ¿Existe otro ejemplo entre las naciones de nuestro entorno donde sus próceres desearan ser pasto de un ejército invasor? Busco y no encuentro.

   Regreso a FRANCO sin olvidar los motivos expuestos más arriba y que tanto pesimismo producen. En el transcurso de la Guerra Civil y ante las críticas de alemanes e italianos que consideraban que las operaciones militares eran muy lentas, el Caudillo explicó «las peculiaridades propias de la revolucionaria» contienda española, donde no sólo había un ejército en el frente de batalla, «sino también una considerable población enemiga». Y esa parte de españoles (creo que todos no) asumió la misión de exterminar al enemigo porque la República únicamente podía ser de izquierdas…

Tampoco puedo olvidar porque forma parte indisociable de esta reflexión, las corruptelas que se dan en el seno de la administración franquista, y aunque vender el alma por treinta monedas no es patrimonio de nadie, es cierto que dejarse alquilar por gobiernos extranjeros es de una gravedad indiscutible: Fuera en las años 50 o en 2025. ¿Cómo entender que Solís Ruiz, ministro del Movimiento, fuera quien «supervisaba las inversiones del rey marroquí [Hassan II] en España?». ¿Resulta familiar? ¿Cuántos políticos actuales con despacho oficial, trabajan para otros países. Son traidores?

¿De qué sirvió el sacrificio de una generación para convertir a España en una potencia industrial de primer orden si tras la aprobación de la Constitución faltó tiempo para iniciar el desmantelamiento de todo el tejido industrial siguiendo los dictados de la entonces Comunidad Económica Europea con Adolfo Suárez como alumno aplicado? Luego ocuparía el puesto de ‘administrador’ y liquidador esa organización que todos conocen.

¿Por qué tantos españoles odian a España. Por qué se odian?





miércoles, 9 de julio de 2025

𝗘𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗲𝗻𝗴𝗮 𝘃𝗮𝗹𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗲 𝘀𝗶𝗴𝗮

 










   No se puede olvidar aquello que se desconoce, y en el caso que nos ocupa -España-, existe una propensión a detestar el conocimiento sobre la propia historia, tanto, que quienes así se conducen no dudan en estigmatizar los intentos en sentido contrario. Y en ese marasmo de medias verdades cuando no de mentiras obscenas, una parte del universo literario también ha caído en semejante fosa, algo que no sucede en el caso que protagoniza estas líneas.

La conquista española olvidada (Crítica, 2025) de Manuel Trillo.

   Adentrarse en las entretelas de hechos históricos, y España va sobrada, es un placer para los sentidos, más aún, cuando quien escribe ha diseñado la narración de una forma tan amena que la lectura sustentada en una abundante recopilación de información, fruto de un arduo trabajo, ha hecho que la experiencia tenga semejanzas con una novela de aventuras, haciendo que recordara al niño que afortunadamente jamás ha rendido sus naves. En fin.

   Si hubiera que destacar un aspecto en torno a cómo se plantean los gobernantes españoles la gestión de la Luisiana durante cuatro décadas (con lo que el Imperio hispano sienta sus reales en Norteamérica) tras la cesión de ésta a Carlos III por parte de su primo Luis XV, sería que resulta un «caso excepcional» entre las posesiones en el continente americano hasta el punto que el único territorio donde la monarquía hispánica gobierna, «en lugar de a una población indígena, lo hace sobre otros europeos» asentados previamente y a quienes se les respeta sus normas y costumbres.

   En todo el recorrido histórico que efectúa Manuel Trillo, queda meridianamente claro que la irrupción hispana en esa zona tiene que hacer encajes de bolillos entre las peticiones de ayuda económica y militar del non nato Estados Unidos frente al enemigo británico y los temores a un contagio entre los territorios imperiales, un aspecto en el que Londres se había puesto manos a la obra, Tupac Amaru, entre otros. Así se debe entender las reticencias de Madrid a reconocer la independencia de las trece colonias. No obstante, el apoyo español a los revolucionarios de las barras y estrellas se materializa… con pies de plomo. En el transcurso de los años ocurrirán otros hechos que irán minando la fortaleza hispana, año 1800, y como si de una gota malaya se tratara, irá ocupando, muy a su pesar, el pupitre de la irrelevancia. Todavía habrán de pasar unas cuantas décadas.

Podría continuar pero...

   Soy de la opinión que la reseña literaria es hija de cada cual, podrá ser larga, corta o mediopensionista, si bien resulta una herramienta útil como aproximación a la obra de la que trata, aunque creo que está fuera de toda duda que no hay mejor análisis que el realizado por el lector.