domingo, 1 de marzo de 2026

饾棓饾椆饾棿饾槀饾椈饾椉饾榾 饾椊饾椂饾椊饾椂饾椉饾椆饾椉饾榾 饾椆饾椂饾榿饾棽饾椏饾棶饾椏饾椂饾椉饾榾 饾棽饾榾饾榿饾椉饾椇饾棶饾棿饾棶饾椈饾榿饾棽饾榾

Aproximaci贸n sutil al psic贸pata del centeno, la tonter铆a de Scout o el mequetrefe de Lucien, frente a las virtudes del Lazarillo, Marianela y Zalaca铆n




 






   El consenso y la opini贸n mayoritaria, los expertos dicen; y el canon, convertido en una suerte de or谩culo, de luz cegadora ante la que no se debe rechistar so pena de caer en el pu帽etero inframundo donde Hades espera, con la punta del l谩piz afilado, para contabilizar las almas de lectores que no pudieron aguantar tanta mentecatez encuadernada a pesar de la opini贸n experta cuya 煤nica misi贸n es hacer tragar sus gustos hasta a帽usgar al m谩s valiente.

Y es este un sinvivir que imita al peor de los herpes cuya 煤nica cura pasa por ignorar su existencia, aunque siempre habr谩 un imb茅cil apostado en una esquina de borrones. Pero vayamos al meollo de esta pieza literaria, que seguro, provocar谩 un sinf铆n de muecas no siempre agradables.


   ¿Qu茅 tienen en com煤n Lucien Fleurier, Holden Caulfield, Scout Finch, Tom Sawyer, Oliver Twist, Mart铆n Zalaca铆n, Lazarillo de Tormes. Marianela y Marcelino? ¿Existe alg煤n nexo entre Benito P茅rez Gald贸s, Mark Twain, Goethe, J. D. Salinger, P铆o Baroja, Charles Dickens, Harper Lee o Jean Paul Sartre en el desarrollo de estos pipiolos literarios?

¿Es posible que alguno de los personajes haya sido investido de propiedades ‘curativas’ por encima de sus posibilidades fruto, todo ello, de un an谩lisis buenista (o en el caso anglosaj贸n, wokista) cuando ni siquiera se conoc铆a el t茅rmino?

Porque, si hay una diferencia sustancial, 茅sta lleva un marcado signo temporal: desde el siglo XVI, picaresca mediante, pasando por el XIX, las aportaciones de Twain, Dickens y Gald贸s ofrecen una visi贸n 茅tica en las ant铆podas de la insufrible levedad con la que Salinger o Lee han hipnotizado a una mir铆ada de lectores incapaces de sobreponerse a un simple resfriado.

Y no s贸lo ellos, porque sobre esa acera se arrastra el existencialismo sartriano y el insoportable tr谩nsito a la madurez de Wilhem Meister, Goethe mediante, y por eso el joven teut贸n pregunta a su madre si hay algo de utilidad en «todo aquello que no llena r谩pidamente la bolsa de dinero, todo aquello que no nos procura una posesi贸n inmediata», aparentando con esa duda una altura 茅tica imposible de hallar.

En esta novela -Los a帽os de aprendizaje de Wilhem Meister- calificada como la obra cumbre del g茅nero de formaci贸n o Bildungsroman, el chaval no pierde la ocasi贸n para restregar su felicidad en el iris del lector, y as铆, afirma ante quien 茅l pensaba que era una dama que perd铆a el seso por sus cualidades, sentirse «extraordinariamente feliz hablando del pasado, porque el mismo tiempo avisto la encantadora tierra que podemos recorrer cogidos de la mano», si bien, el pobre no observa que el sue帽o (culpa de un aburrimiento insoportable) ha hecho mella en el 谩nimo de su amada damisela. Pero 茅l, dale que te pego con la matraca del teatro hasta que el padre decide liarlo con los negocios, asunto mundano que lo conduce por lejanas tierras con tan buena fortuna, que se tropieza con una panda de c贸micos de la legua -que siendo alemanes, atesoran mensajes tremendamente profundos-. ¡Y Wilhem se vuelve a liar!

A pesar de todo, no intente huir de ese monstruo decimon贸nico: el romanticismo es m谩s r谩pido. Ich glaub mein Schwein pfeift.


   Tras mucho tiempo dedicado a la reflexi贸n, rodeado de dudas, emboscado por sentimientos contradictorios, al borde de abismos de certezas que 煤nicamente eran trampantojos, a pesar de todas las dificultades, no albergo duda alguna cuando afirmo que Lucien Fleurier (La infancia de un jefe) y Oliver Twist (Las aventuras de Oliver Twist) se adelantaron en el tiempo al mostrarse como seres sensibles -mequetrefes de cristal- con un alma que no era de este mundo, convertidos en el paradigma del flojo de solemnidad por culpa, en el caso del gabacho, de un padre malvado, mientras que el pobre inglesito vino a este mundo entre la sucias paredes de un hospicio de mierda. Los padres, siempre los padres. Y antes de proseguir, confieso que aqu铆 hay filias y unas cuantas verdades como pu帽os (fobias, dir谩n otros) de un servidor cuya 煤nica misi贸n es mostrar el horror que esconden tan ‘inocentes’ textos.

Una funeraria y un franc茅s

   En torno a Oliver se ha levantado un edificio de arrumacos, gestos de pena y exclamaciones de todo tipo: ¡Ay!, c贸mo sufre la criatura, por ejemplo. Pero qu茅 hay de verdad en todo ello, es un extremo que estoy en condiciones de mostrar y no existe mejor patr贸n a seguir que esta afirmaci贸n del alguacil Bumble: «¿Para qu茅 quieren los pobres el alma y el esp铆ritu? ¡Harto hacemos nosotros consinti茅ndoles que tengan cuerpos!».

No olvide que este pipiolo literario, contrariamente a la propaganda que ha extendido sus garras por doquier, no es m谩s que el pretexto que utiliza Dickens para mostrar el lado oscuro, tenebroso y repulsivo de la sociedad victoriana. Los personajes secundarios y el entorno que habitan son descritos con todo lujo de detalles dejando clara la importancia de la condici贸n humana. ¿Y por d贸nde anda la fr谩gil criatura?. Tras abandonar el asilo, vive su primera experiencia laboral en una funeraria con pretensiones a cargo de Sowemberry que descubre unas cualidades innatas en el reci茅n comprado (contratado) chaval, pero 茅ste no encaja con buen agrado las condiciones laborales y termina poniendo pies en polvorosa.

Llegar谩 a Londres, y por esas bromas del destino, formar谩 parte de una organizaci贸n con 谩nimo de lucro por cuenta ajena, aunque sus problemas de adaptaci贸n ocasionar谩n que el pobre ni帽o ruegue sin parar; «Api谩dese de m铆, y no me obligue a ser ladr贸n», clamar谩 a Sikes mientras Fagin tiembla por las esquinas. En definitiva, Oliver Twist es s贸lo el pretexto dickensiano, una suerte de pelele rebosante de penas para hablar del lado oscuro, que con tanta elegancia muestran algunas mentes ‘maravillosas’.

   Ahora me referir茅 a Lucien Fleurier, un joven franc茅s atrapado en un l铆o con su identidad hasta el punto de que, cuenta Sartre, «ten铆a miedo de que los mayores decidieran de repente que no era un ni帽o» y s贸lo lograba sentirse importante los primeros y terceros vienes de cada mes, porque esos d铆as «ven铆an muchas se帽oras a ver a mam谩», no obstante, guardaba serias dudas de «no ser una ni帽a» y con ese potaje mental va cumpliendo a帽os y a帽adiendo piedras en su camino, confundiendo la sexualidad o no. Porque la aparente ficci贸n y la cruda realidad de c贸mo entendieron el existencialista y Simone de Beauvoir las relaciones sexuales (si se acepta horror como animal de compa帽铆a) con menores de edad, confieren a esta novela rasgos ¿autobiogr谩ficos? De ah铆 que en un determinado momento Sartre afirme que Lucien «era demasiado sensible para ser un jefe, pero no para ser un m谩rtir» o un juguete roto.

A帽谩dase que el personaje principal, y reconozco que llegamos a una estadio inquietante, cuando paseaba «decapitaba las plantas y las flores con su bast贸n», y si esta imagen no provoca en usted un instante po茅tico digno de cualquier pensamiento sublime, detenga sus cansados ojos en lo que sigue: «Era m谩s divertido arrancar las patas de un saltamontes porque vibraba entre los dedos».

Afortunadamente, Lucien reconoce que estuvo a un tris de perderse, mas «lo que me ha protegido ha sido mi salud moral». Mon Dieu!


De trinos y gram铆neas

   Llegamos a un negociado que, seguro, me granjear谩 el cari帽o del respetable. Arribamos al puerto del d煤o norteamericano formado por Holden Caulfield y Scout Finch, los personajes, el primero de El guardi谩n entre el centeno y la segunda por partida doble de Matar a un ruise帽or y Ve y pon un centinela, obras de J.D. Salinger y Harper Lee, respectivamente. Se masca la tensi贸n, pero vayamos por partes, como dir铆a Jack el Destripador.

¿Es Holden un adolescente confundido, cari帽oso con su hermana y ligeramente trastornado cada vez que el recuerdo de Allie se planta en su memoria y, por tanto, la historia que narra Salinger no es m谩s que una novela para la chavaler铆a envuelta en una atm贸sfera de inocencia con lapsus? ¿Acaso a lo largo de estos 75 a帽os de vida impresa, la opini贸n experta ha ido deconstruyendo el texto hasta encajarlo en un ecosistema de exaltaci贸n de quienes lloran por su acn茅 y as铆 evitar entrar en el meollo de la cuesti贸n y separar el grano de la paja (!)?

Creo que Caulfield se aleja del estereotipo de adolescente con un l铆o de mil demonios y por contra, la intenci贸n del escritor estadounidense no fue otra que retratar las andanzas de un psic贸pata, ¡Si!, tal cual. En tal sentido (y una profunda sensibilidad) qu茅 decir de Mark David Chapman, Robert John Bardo o John Hinckley Jr.: los dos primeros, asesinos de John Lennon y de la actriz Rebecca Schaeffer, respectivamente, mientras que el 煤ltimo lo intent贸 con Ronald Reagan, y que estaban enganchados a la lectura de El guardi谩n… Y si este ejemplo de cu谩l es la verdad que se esconden entre las p谩ginas no fuera suficiente, recurramos a la ficci贸n cinematogr谩fica Conspiraci贸n (1997), dirigida por Richard Donner, en la que Jerry Fletcher (Mel Gibson) es un taxista conspiranoico, siendo una de las claves del personaje su incapacidad para evitar comprar un ejemplar cada vez que lo ve en un escaparate.

No me cabe duda, que alg煤n que otro lector se estar谩 tirando de los pelos, maldiciendo su suerte y jurando en algunas de las lenguas muertas que inundan las redes, ingl茅s o franc茅s, para no ir m谩s lejos, pero no es menos cierto, que vivir entre mentiras y exageraciones s贸lo conducen a quien as铆 respira, a la mayor de las irrelevancias. Pero aqu铆 no acaba mi repaso al de las gram铆neas.

«Ackley siempre despierta en m铆 el s谩dico que llevo dentro», «Hasta tengo que ir al ba帽o cuando me preocupa algo. S贸lo que no voy, porque estoy demasiado preocupado para ir», «Yo creo que nunca tengo nada que me importe perder», «¿Qui茅n quiere flores cuando ya se ha muerto?», «Yo siempre estaba esperando convertirme en un marica o algo as铆» y por 煤ltimo, J.D. Salinger en todo su esplendor: «Casi nunca se puede simplificar y unificar algo s贸lo porque alguien quiere».

   Y ahora nos vamos al sur estadounidense para destripar otra de las obras que tantas l谩grimas ha hecho correr por las mejillas de incontables lectores sensibles: Matar a un ruise帽or con la esperanza de que el demonio no me confunda y arrastre por prados, otrora verdes, convertidos hoy en un secarral.

Con esta obra de Harper Lee nos encontramos ante una singularidad y es que su fama proviene de la versi贸n cinematogr谩fica con todos los problemas que ello acarrea y que lleva a confundir el texto original con los fotogramas, y muchos sabemos que eso resulta un error. As铆, pensar que el Atticus Finch del cine (Gregory Peck) es un tipo comprensivo y amante defensor de los derechos humanos se cae a pedazos cuando se descubre que es un maldito cenizo, porque como se indica en Matar… «sus dos primeros clientes fueron las dos 煤ltimas personas a las que ahorcaron en la c谩rcel del condado de Maycomb», ¡y eso que eran de raza blanca!, as铆 que con esos precedentes nada bueno se pod铆a esperar.

Pero hay m谩s. En Ven y pon un centinela -en realidad el primer borrador de Matar a un ruise帽or- Scout Finch tiene 26 a帽os y tras vivir en Nueva York (basti贸n de la verdad democr谩tica) regresa al pueblo de su infancia descubriendo que su anciano y adorado padre es un poco racista, pero s贸lo un poco. Tal descubrimiento casi le ocasiona un patat煤s del que su t铆a Alexandra intenta rescatarla, pero evidencia que negar la realidad empeora la existencia: «Un negro no pasar铆a al lado de la Mansi贸n Radley de noche; cruzar铆a a la acera contraria e ir铆a silbando mientras camina».

No, estimado lector, las novelas de Harper Lee retratan la vida y obra de una sociedad en la que «despu茅s de todo [un negro] es solamente un negro». Incluso, cuando pasean por su querido Maycomb, no pueden evitar destacar un aspecto que no har铆an con alguno de los suyos: «El c谩lido aroma agridulce de negro limpio nos recibi贸 cuando entramos en el patio de la iglesia».

¿Entiende por d贸nde van los tiros de este humilde escritor (me refiero a m铆)? Si la respuesta fuera positiva, recomiendo que abandone definitivamente cualquier visi贸n buenista de estas dos novelas. Se ahorrar谩 un sinf铆n de sufrimientos, decepciones y angustias varias.

Otra literatura. Otros personajes

   Si en la primera parte del art铆culo se ha tratado lo que califico como personajes estomagantes que gozan de una fama inmerecida: ni siquiera Harold Bloom tuvo el gusto de incluir algunas de las novelas aqu铆 mencionadas en su canon literario universal, aunque tambi茅n es cierto, que el muy yanqui ningune贸 (para sorpresa de casi nadie) las grandes aportaciones realizadas en lengua espa帽ola -salvo a Cervantes y Borges- y de Peter Boxall se puede afirmar lo mismo, esto no es 贸bice para recurrir a un adagio hijo de la ficci贸n: «Las opiniones son como el culo, todos tenemos uno».

En las obras que protagonizan esta parte final, con marcado acento espa帽ol, destaca un aspecto sobre el resto, y es el de la bonhom铆a, como queda patente en el Lazarillo de Tormes, a pesar de la mala baba del invidente: «Despu茅s de Dios, 茅ste [el ciego] me dio la vida y, siendo ciego me adentr贸 en el carrera de vivir».

Intercalo a Tom Sawyer porque coincide en esta l铆nea argumental, donde el personaje creado por Mark Twain muestra esa calidad humana a la que me refiero. Al contrario de Harper Lee, su compatriota no trata a Jim con esa insufrible condescendencia por todos conocida, para Tom es simplemente Jim, aunque es cierto que ser谩 en Las aventuras de Huckleberry Finn donde tiene un papel m谩s destacado. Sawyer posee conciencia, tanto, que puede diferenciar entre obligaci贸n y libertad: «El trabajo consiste en lo que un cuerpo est谩 obligado a hacer, y el juego consiste en lo que un cuerpo no est谩 obligado a hacer».

   Llega el momento para la Marianela de P茅rez Gald贸s, una ni帽a con unos ojos que «no ten铆an el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de un organismo en que ha entrado o debido entrar el juicio».

Resulta una historia de sacrificio alejada de todo artificio, porque el maestro de las letras modernas siempre rehuy贸 de semejante trampantojo. Sus personajes, aquellos que viv铆an las penas, el desamparo y hasta el m谩s cruel de los rechazos, no corr铆an en pos de una historia, eran directos, sinceros, hablan al lector sin esperar nada a cambio.

Con esas ganas de no ser un sujeto indefenso y s铆 due帽o de su vida, crea P铆o Baroja a Zalaca铆n el aventurero, del que nadie se ocupaba, de ah铆 que «su abandono le obligaba a formarse sus ideas espont谩neamente y a templar la osad铆a con la prudencia». Lucha por lo que considera justo y todas las empresas que aborda son premiadas por la fortuna, sean 茅stas «negocios, contrabando, amores y juegos». Habr谩 una traici贸n que terminar谩 con la vida de Mart铆n Zalaca铆n.

No dejar茅 en el olvido la extraordinaria historia narrada por Jos茅 Mar铆a S谩nchez Silva, Marcelino, pan y vino, una joya que hace brotar lo mejor del ser humano, un relato que encoge el coraz贸n para quien tal 贸rgano es algo m谩s que un m煤sculo. Un ejemplo de que en la brevedad puede hallarse la magia humana.

   Todo concluye, pero antes de que as铆 sea, me permito la siguiente licencia e introduzco algunas referencias a los viajes de Charles Dickens a Estados Unidos en 1842 y de Benito P茅rez Gald贸s a Italia, all谩 por el a帽o de 1888.

Describe el autor de Historias de dos ciudades su experiencia por el sur del pa铆s (condensada bajo el t铆tulo Notas de Am茅rica) que hab铆a cumplido 66 a帽os desde su independencia, y aqu铆 cuento unas impresiones al respecto que, al menos en la primera, no dejan muy bien al literato victoriano. Refiri茅ndose al uso que hizo de un carruaje, cuenta que «Los caballos est谩n asustados, los cocheros negros parlotean con ellos como otros tantos monos; y los blancos vocean como otros tantos arrieros». Y la segunda experiencia que narra transcurre en un tren: «En el vag贸n para negros en el que viaj谩bamos iban una madre y sus hijos, que acababan de ser adquiridos». Aunque Dickens qued贸 sorprendido por c贸mo se estaban desarrollando las instituciones de las antiguas trece colonias, no pierde la oportunidad de lamentar la esclavitud.

   Corresponde el turno a Gald贸s y su estancia en Venecia que enlazo, ¡qu茅 atrevimiento! con La muerte en Venecia de Thomas Mann. Nos cuenta el autor de los Episodios Nacionales que la otrora Serenissima es el «sue帽o dorado de los amantes, de los novios, principalmente cuando dejan de serlo para convertirse en esposos», y ser谩 por esos encantos que se esconden entre sus canales, que Mann sit煤a a Gustav Aschenbach, -un idiota prendado por la belleza del joven, insufrible y estomagante Tadzio, y eso que al chaval, el autor lo sit煤a al fondo del texto-, escritor con una «delicada complexi贸n» que disfrutaba de una gran robustez moral (y una salud de mierda), con tal mala suerte, que su estancia veneciana coincide con la aparici贸n del c贸lera, a帽谩dase a tal desastre, el siroco que deben soportar sus personajes y el insoportable olor a mierda de los canales. Pero hete aqu铆, que Gald贸s se refiere a la pureza y diafanidad del aire, «casi siempre sin nubes, con el azul intenso del cielo», a帽adiendo que «otra especialidad de Venecia es que all铆 no hay polvo». Pues s铆 que tuvo mala suerte el autor germano (y su atormentado Gustav). Los gondoleros tampoco se salvan en La muerte…, porque si en la novela son unos golfos de mucho cuidado, Gald贸s destaca de ellos que «usan un lenguaje particular, un alarido l煤gubre para avisarse al doblar las esquinas».

Por 煤ltimo, un detalle para los amantes de las curiosidades: Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen y La muerte en Venecia est谩n separadas por treinta a帽os.




No hay comentarios:

Publicar un comentario