jueves, 1 de octubre de 2026

𝗣𝗼𝗹𝗹𝗶𝗻𝗼 𝗮𝗹𝗮𝗱𝗼

 










Panza de burro (ida). Pajaritos preñados (vuelta).

   Seis años separan ambas criaturas. Seis años de vacío, de una orfandad insoportable. Diría que un sexenio, casi una suerte de gloriosa paz decimonónica, de cuyo sueño hemos despertado con el «chac, chac, chac» de un grupo de urracas insolentes: dolor de cabeza, malestar en los riñones, flatulencia incontrolable y un sudor que recorre el espinazo.

¡Lo ha hecho otra vez!

Y aquí estoy para compartir semejante experiencia


Pajaritos preñados (Anagrama, 2026) Andrea Abreu. 


   Cuando en 2020 y todavía me pregunto qué diantres ocurrió, posé mis ojos en el texto que al parecer inauguraba un movimiento literario con unas raíces hundidas en lo más profundo de un subconsciente del que poco se ha escrito, ignoraba que seis años más tarde caería en las páginas de la segunda parte, que siendo prima hermana de la primera (los marxistas me perdonen), supone una revuelta de tuercas alrededor de tornillos con rumbo de colisión. No sé si «la plaza en peso posó la vista sobre de (sic) la chica», pero lo que sí puedo afirmar es que sufrí un ligero síncope.

Dicen algunos que suelen afirmar con una rotundidad fuera de toda duda, que esta escritora aporta riqueza al léxico de Canarias. Vamos, que ha sacado de las profundidades abisales del Atlántico medio un vocabulario que se estaba yendo por las cañerías, olvidando que la variante del español que hablamos por estos andurriales asirocados cuenta con un corpus propio. Ítem mas. Existe un Diccionario Básico de Canarismos que agrupa las singularidades del español de Canarias. Y usted se preguntará (pregúntese) ¿Y?
Pues resulta que «parecía que le estaba garrando el cuello» o «pensar en ella desde que se alevantaba», provoca ansiedad y anima a largar (cosecha propia) un: “Cállate, que tú vives en la fase cuatro del polígano”. ¿Se entiende? Porque confundir el acervo cultural con elevar a los altares laicos del no va más un universo de carencias propias de tiempos pretéritos -me pierde el optimismo-, es algo atrevido, casi triste.

Aprovechando el contexto, entiendo que no existe mejor momento que el actual para añadir un ejemplo de cómo la Academia ha hecho suya esta ‘revolución’ que ha hecho de nuestro entorno un infierno de sudores y decibelios. El hecho biológico, también.

Resulta que dos profesoras de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, una adscrita al Departamento de Filología Hispánica y la otra, investigadora del Instituto Universitario de Análisis y Aplicaciones Textuales, elaboraron un artículo titulado “Quevedo, Bad Bunny y Rawayana conectan con las raíces a través de las letras de sus canciones”, y casi muero, en el que refiriéndose al canario, dicen:

 «Quevedo apuesta por la identidad cultural de las islas Canarias. Lo hace a través de un derroche de léxico compuesto por estructuras fraseológicas cargadas de referentes culturales que caracterizan al archipiélago canario», añadiendo que «No es necesario entender lo que se dice; basta con saber que se dice desde dentro y que para el intérprete representa una descarga emocional».

Siguen dos breves ejemplos para deleite popular que acompaño con la sospecha de por qué la universidad pública española provoca pena.

 

Mami, que me estoy volviendo loco, dale, vuelve.

A nosotro' nos aman las mujere' y nos odian sus marido' 

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Yo no me quiero ir jamá/

De la tierra 'onde nació mamá

 

   Regresamos a la novela preñada, apuntando que no son los personajes del universo Andrea quienes se explayan con tan singulares expresiones, también está el papel que desempeña la narradora que responde por el apellido Abreu. Y ahí, reconozco humildemente que anduve atrapado en una zozobra, porque supongo que ella realizó un ejercicio de espeleología ¿lingüística? que en algunos pasajes hizo de mí un lector de aspecto desaliñado, casi un vagabundo perdido entre las medianías y la costa, que como El Tiznado, «atentaba las cosas [...] como se meniaban».

Tomé una infusión de menta poleo y di por concluida la aventura.

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