Esta reseña no es un alegato feminista ni una exaltación de cualidades reservadas a las mujeres como si hablásemos de un arcano. Aquí destaca la narradora cuya prosa deslumbra y que cuán teórico personaje secundario, le come la tostada a la estrella.
No obstante, y ante la posibilidad que la autoría de las cartas que se reproducen en el libro objeto de esta reseña no sea la señalada (extremo que me importa un rábano) que sea Roca Barea quien ponga el punto y final a este asunto:
«Si Antígona no existió, mereció existir, y lo que ella cuenta es tan cierto o más que la historia oficial que se construyó luego, a la mayor gloria de Emiliano y sus partidarios».
Ingrata patria (Espasa, 2025) de Elvira Roca Barea.
Antígona de Mileto ha pasado por la existencia de un hombre nacido en el siglo XX, que ha fichado todos los días de los veinticinco años de aquesta vigésima primera centuria, y cuya perplejidad ante los acontecimientos de los que es testigo vuelve a encontrar la génesis de éstos en la Roma de hace 2126 años, gracias al empeño investigador de Elvira Roca Barea. Y aunque su intención fuera resaltar la figura de Cornelia Menor, hija de Escipión el Africano y madre de Tiberio y Cayo Sempronio Graco, desde mi punto de vista he quedado atrapado por la figura de la esclava griega, sin que ello me impida reconocer la valía de Cornelia.
Mucho se habla en literatura, sobre todo en la ficción, de la figura del narrador: que si omnisciente, impertinente o petimetre, pero cuando nos encontramos ante el testigo de hechos históricos; cuando nos hallamos frente a una mente despejada que desplegó todo su arsenal intelectual para atesorar las vivencias de una época en la historia de la República romana, es en tal punto, donde hay que despejar la testa en señal de respeto.
¿Qué hace Antígona para que la gran historia de la familias Escipión y Tiberio Sempronio Graco, de «inmortal memoria», no fueran pasto del olvido, pues encargar la redacción de los Annales Corneliae a un tal Andronio de Mileto ¡la familia!, a quien en uno de sus enfados monumentales ante la tardanza en remitir los capítulos, califica de esta manera tan ¿helena?: «Como llevas esa vida miserable de pedagogus con ínfulas, quiero decir que sé perfectamente que sólo te tratas con taberneros, gladiadores y otros griegos […] tan muertos de hambre o más que tú...».
Las sucesivas cartas que nuestra protagonista redacta describiendo el compromiso de la familia patricia con el avance y la supervivencia de Roma tiene momentos de este estilo: «Para Tiberio Sempronio Graco, esposo de Cornelia, no tenía sentido que se hicieran normas y que luego los magistrados no emplearan su tiempo en que se obedecieran», un apunte tan contemporáneo que pone los pelos de punta. Y qué decir del vástago mayor de Cornelia, Tiberio: «La retórica sin ética es un vano ornamento no sólo detestable sino peligroso».
Este intenso amén de extraordinario trabajo, (cuyo descubrimiento íntegro dejo en sus manos), de la también autora de Imperiofobia, esconde un sinfín de perlas que, en su caso, sirven para anclar a quien las descubra en sus orígenes que están en estos lares y no entre lejanas montañas y costosos viajes de descubrimiento personal, cuyo recuerdo en algunos casos se limitará a unas fotos, problemas gástricos y un inolvidable escozor, así que concluyo con este bofetón de Antígona al insoportable pedagogo: «Cuídate de la impiedad propia de tu generación, que ha dado en creer que los humanos pueden ser como dioses». Ave atque vale.
La guerra cultural existe y la Sra. Roca Barea es plenamente consciente, convirtiendose en una autentica abanderada. La prueba más patente, en la España de hoy, es la decreciente hegemonía pijoprogre y el separatismo en las fábricas de la opinión, en las aulas y en las estructuras de la cultura subvencionada. El proceso se inició en los años 70, auspiciado por el PSOE y los inventos nacionalistas, y su resultado, medio siglo después, es lo que estamos viendo: la destrucción de la propia idea de España. Pero poco a poco, y con mucho arrojo, la coyuntura está cambiando.
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