lunes, 2 de noviembre de 2026

𝗘𝗹 𝗽𝗮𝗿𝗾𝘂𝗲 𝗱𝗲 𝗣𝗲𝘁𝗿𝗶

 












   Para qué necesito un microscopio si esto va de literatura, y por lo tanto, ¿Qué sentido tendría un laboratorio y las placas de Petri cuando de lo que se trata es de reflexionar (qué pesado es este hombre, siempre con la matraquilla) en torno a un texto, cuya lectura recomiendo, del que muy pocos conocen su existencia, tanto si son de acá (isleños asirocados) como si son de acullá? Dicho lo cual y puesto que la obra se desarrolla en un microcosmos urbano, su análisis requiere un entorno seguro pero no aséptico.

 Catalina Park (Plaza & Janés, 1975) Orlando Hernández (1936-1997)

    Hay que recorrer los doscientos noventa metros de la calle Ripoche («quien tiene culo, tiene coche») desde el oeste, Tomás Miller, hasta desembocar en el este tras cruzar General Vives. De repente, ahí está la explanada que tantas historias atesora, envuelta en tantos tópicos, que el polvo y la paja dificultan una visión nítida de un espacio que vivió mejores tiempos -o no- y cuyo reflejo especular usó el autor. Que el resultado sea del agrado del lector es algo que no me corresponde analizar, sin embargo, considero que el escritor grancanario intentó embridar su querencia por el lugar, ¿lo consiguió?, depende, porque la descripción de algunos personajes, incluso los que aparecen fugazmente, arrastran un romanticismo excesivo.

   Pero si hay algún aspecto a destacar, éste no es otro que la libertad con la que describe cierto submundo que, medio siglo después, aún pulula por la zona con añadidos que hacen temblar al más fornido: sea gavilán o paloma. Me refiero al travestismo. Hernández narra una escena que, visto con los ojos enfermos del wokismo campante, estoy convencido que habría sido pasto de una persecución desenfrenada: «El marica de camisa verde [conocido como la Dama de Elche] muy puesta en su punto, muy señora él...». Entre la fauna humana descrita, además de los chaperos y jovenzuelos a la caza de suecas, danesas o similares de las que, tras cumplir en la cama, pudieran sacar algo más que un bonito recuerdo, está el marroquí que quería sentirse europeo.

   Andan por el texto las ganas de algunos por darse el piro a Suecia o Suiza y ganar mucho dinero, aunque la aventura concluya de vuelta y con el rabo congelado. Irrumpe una periodista cuya única exigencia profesional es que «me encarguen trabajos que no vayan del todo contra mi manera de pensar». Está el escritor enamorado, el músico enamorado y la chica que se enamora de uno de ellos, ocasionando una gran pena a uno de los enamorados, pero también uno de ellos deja esta perla: «Si se ahonda, la supuesta bondad de los ignorantes no pasa de un triste complejo de inferioridad».

Catalina Park (Las Palmas de Gran Canaria): ¿Podría describirse su latir como una suerte de bandera de frivolidades a merced de un oleaje desganado?